Prometidos por navidad

Capitulo 8

La oscuridad de la habitación no trajo la paz, sino una agudeza sensorial insoportable. Sofía estaba rígida, con los ojos abiertos de par en par, mirando hacia la pared donde las sombras de los árboles danzaban bajo la luz de la luna. Nunca antes su cama de la infancia se había sentido tan pequeña, ni el mundo tan reducido a los escasos centímetros que la separaban de Daniel.

Él estaba detrás de ella, una presencia masiva y ardiente. Aunque intentaban no tocarse, el espacio dictaba sus propias reglas. Con cada respiración de Daniel, Sofía sentía el roce del vello de sus brazos contra su espalda desnuda. El calor que emanaba de él era como un imán, una invitación silenciosa a dejar de luchar y hundirse en su firmeza.

Sofía cerró los ojos con fuerza, tratando de invocar imágenes de hojas de cálculo o reuniones de juntas, pero su mente la traicionaba. Solo podía pensar en la mano de Daniel, que descansaba a milímetros de su cintura, y en el recuerdo del beso en el despacho que aún le quemaba los labios. Se movió ligeramente, intentando ganar un centímetro hacia el borde del colchón, pero la cama crujió de forma delatadora.

—Si te alejas más, te vas a caer —susurró la voz de Daniel en la oscuridad. Era una voz ronca, cargada de una tensión que él ya no se molestaba en ocultar.

—Estoy bien —mintió ella en un hilo de voz.

—No lo estás. Estás tan tensa que pareces de cristal. Relájate, Sofía.
No voy a morderte si no me dejas.

Daniel tampoco estaba mejor. El autocontrol que tanto le gustaba ostentar se estaba desmoronando. Tener a Sofía así, oliendo a vainilla y a esa esencia limpia que era solo suya, era una tortura que él mismo había provocado. Podía ver la curva de su cuello, la línea delicada de sus hombros bajo el tirante del pijama, y el deseo lo golpeaba con una fuerza física que le dificultaba respirar. Su mano, traicionera, se movió por puro instinto, rozando apenas la cadera de ella.

Sofía soltó un jadeo ahogado. El contacto, aunque mínimo, envió una descarga eléctrica directo a su vientre. Se giró sobre el colchón, quedando frente a él, un error táctico que solo empeoró las cosas. Ahora estaban cara a cara, sus rodillas entrelazadas, sus respiraciones mezclándose en el poco aire que quedaba entre ellos.

—Daniel, para... —pidió ella, aunque no hizo ningún ademán de apartarse.

—¿Parar qué, Sofía? —Él alargó la mano y le acarició la mejilla con el pulgar, descendiendo por la mandíbula hasta su cuello, donde el pulso de ella galopaba—. ¿Parar de fingir? ¿O parar de desear que esto no fuera una mentira?

—Esto es un trato —insistió ella, aunque su voz flaqueó cuando los dedos de Daniel se cerraron suavemente sobre su nuca, atrayéndola un poco más—. No podemos mezclar las cosas. Si lo hacemos, perderemos el control.

—Yo ya lo perdí hace mucho tiempo —confesó él, acercando su frente a la de ella—. Lo perdí en Chicago, viéndote bajo esos focos. Y lo estoy perdiendo ahora mismo, en esta cama ridícula, queriendo mandarlo todo al diablo solo por saber si sabes tan bien como recuerdo.

Sofía no respondió con palabras. Sus manos, impulsadas por una necesidad que ya no podía contener, subieron por los brazos de Daniel hasta aferrarse a sus hombros. El roce de su piel, la dureza de sus músculos bajo sus dedos, la hacían sentir viva de una manera que su carrera profesional nunca había logrado. Se acercaron más, centímetro a centímetro, en una agonía de anticipación que hacía que el aire vibrara.

Daniel hundió la cara en el hueco del cuello de ella, inspirando profundamente. Sus labios rozaron la piel sensible detrás de su oreja, y Sofía arqueó la espalda, soltando un suspiro que fue mitad súplica y mitad rendición. El deseo era una marea alta que amenazaba con ahogarlos a ambos, una urgencia que les quemaba la sangre y convertía la estrechez de la cama en un nido de sensaciones desbordadas.

Durante horas, la lucha continuó. Se buscaron y se rechazaron en una danza de caricias prohibidas y susurros entrecortados. Cada vez que él la tocaba, ella encontraba una nueva forma de perder el aliento; cada vez que ella se presionaba contra él, Daniel tenía que cerrar los puños para no tomarla allí mismo, rompiendo todas las promesas de caballerosidad.

Finalmente, el agotamiento físico y emocional empezó a ganar la partida a la excitación. La adrenalina bajó, dejando paso a una vulnerabilidad que ninguno de los dos permitía mostrar a plena luz del día.

Daniel pasó un brazo por debajo de la cabeza de Sofía y el otro la rodeó por la cintura, pegándola firmemente a su pecho. Esta vez, ella no protestó. Se acomodó en el hueco de su hombro, apoyando la mano sobre el corazón de Daniel, que aún latía con fuerza.

—Solo por esta noche —murmuró ella, ya con los ojos pesados.

—Solo por esta noche —repitió él, aunque ambos sabían que era otra mentira más.

En la quietud de la madrugada, rodeados por el silencio del campo, los dos rivales finalmente se durmieron. Estaban entrelazados de tal forma que era difícil decir dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Por primera vez en años, el "hombre de hielo" y la "reina guerrera" no estaban peleando por el poder; simplemente estaban allí, refugiados el uno en el otro, mientras el anillo de diamantes en el dedo de Sofía brillaba suavemente, como una promesa de lo que estaba por venir.




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