La luz del amanecer irrumpió en la habitación. Daniel fue el primero en emerger del sueño. No se movió; el peso de Sofía sobre su pecho era la sensación más real y perturbadora que había experimentado en años.
Ella estaba completamente aferrada a él, con una pierna entredicha entre las suyas y el rostro escondido en la curva de su cuello. Sus dedos, de forma inconsciente, apretaban la tela de la camiseta de Daniel como si tuviera miedo de que se escapara.
Daniel la observó en silencio. Sin la máscara de frialdad y la mirada afilada, Sofía parecía casi vulnerable. Sus pestañas descansaban suaves sobre sus mejillas y sus labios estaban ligeramente entreabiertos. Por un momento, el hombre implacable se permitió disfrutar de esa calma, de ese armisticio privado en medio de una guerra de mentiras.
Sofía empezó a removerse. Sus ojos se abrieron lentamente, desenfocados, hasta que la realidad la golpeó de frente. Al sentir el calor del cuerpo de Daniel y su propio agarre posesivo, se quedó helada. Daniel, rápido de reflejos, cerró los ojos y relajó los músculos, fingiendo un sueño profundo.
Ella se quedó allí, inmóvil, observándolo durante unos segundos que parecieron eternos.
Su mirada recorrió la mandíbula de él y la forma en que su pecho subía y bajaba con una calma exasperante. Finalmente, soltó un bufido de frustración y se separó de golpe, sintiendo el vacío del aire frío.
—¡Despierta, Daniel! —exclamó ella, tomando la almohada y golpeándolo en el pecho con una mezcla de vergüenza y falsa irritación.
Daniel "despertó" con un gruñido fingido, estirándose como un depredador que acaba de despertar de una siesta. Sin embargo, al estirarse, las sábanas se deslizaron. Sofía, que iba a lanzarle otra reprimenda, se quedó muda. Sus ojos bajaron involuntariamente hacia sus pantalones de pijama de algodón fino. La evidencia de su excitación matutina era imposible de ignorar.
Un silencio pesado y bochornoso inundó el cuarto. Sofía sintió que la cara le ardía.
—Vaya... parece que alguien ha tenido una mañana muy activa —dijo ella, intentando sonar sarcástica, aunque su voz tembló.
Daniel no se cubrió. Se incorporó sobre los codos, fijando su mirada oscura en la de ella con una intensidad peligrosa.
—Es una reacción biológica, De la Vega. Pasa cuando duermes pegado a una mujer deseable —respondió él con voz ronca—. Y te daré una advertencia: si no dejas de mirarme así y no te quedas quieta, voy a tener que usarte para calmarla. Y te aseguro que no será una "actuación".
Sofía abrió la boca, pero no salió ningún sonido. El descaro de Daniel y la promesa implícita en sus palabras la dejaron sin aliento. Sin decir una palabra más, se levantó de un salto y salió corriendo hacia el baño, encerrándose con el corazón martilleando contra sus costillas.
Media hora después, tras una ducha fría que apenas sirvió de algo, ambos bajaron al comedor. El aroma a café recién hecho y pan tostado inundaba la planta baja. Lucía, la hermana menor de Sofía, estaba allí, radiante y llena de energía. En cuanto vio a Sofía, soltó un grito que hizo vibrar las tazas.
—¡Sofía! ¡Por fin! —se lanzó a sus brazos, apretándola con fuerza—. Pensé que el trabajo te iba a impedir venir a mi boda. ¡No te lo hubiera perdonado!
—No me la perdería por nada, Lu —dijo Sofía, sonriendo con sinceridad mientras se separaba—. Mira, él es Daniel. Mi... prometido.
Lucía se giró hacia Daniel, escaneándolo de arriba abajo con una sonrisa pícara.
—Vaya, hermana... sabía que tenías buen ojo para los negocios, pero no sabía que tenías gustos tan buenos para los hombres. Mucho gusto, Daniel. Gracias por cuidar de mi hermana mayor.
Daniel le estrechó la mano con una galantería impecable.
—El placer es mío, Lucía. Y créeme, cuidarla es un trabajo de tiempo completo, pero muy gratificante.
Andrés, el futuro cuñado de Sofía, entró riendo y le dio una palmada en la espalda a su novia.
—No le hagas caso, Daniel, Lucía es una exagerada. Sofía, qué bueno verte. Sabes, ya le había hablado de ti a mi primo, el que vive en Madrid... —empezó Tomás con un tono de broma—, pero parece que me ganaron de mano.
Daniel no perdió un segundo. Dio un paso hacia Sofía, rodeó su cintura con su brazo y la atrajo hacia él con una posesividad que no dejó lugar a dudas.
—Llegas tarde. —dijo Daniel con una sonrisa lobuna pero firme—. Esta mujer ya está comprometida hasta los tuétanos. No hay espacio para primos ni para nadie más.
La familia se rió, encantada con la escena de celos juguetona. Pasaron al comedor para desayunar, pero la curiosidad de Lucía no se apagaba. Durante la comida, mientras pasaban las mermeladas y el zumo, la hermana de Sofía no dejaba de observarlos con los ojos entrecerrados.
—Sabes, Sofía... hay algo que no me cuadra —soltó Lucía de pronto, dejando el tenedor—. Te conozco. Siempre has sido de hielo con los hombres. Me cuesta creer que de la noche a la mañana estés así con alguien. Siento que... no sé, que están fingiendo un poco para no quedar mal en la boda.
La mesa se quedó en silencio. El corazón de Sofía dio un vuelco. Iba a protestar, pero Daniel fue más rápido.
—¿Crees que fingimos, Lucía? —preguntó Daniel, dejando su taza de café con una calma aterradora.
Se giró hacia Sofía. Antes de que ella pudiera reaccionar, Daniel la tomó por el mentón, obligándola a mirarlo. No fue un beso de "ensayo", ni un roce casto para la familia. Fue un asalto. Sus labios se estrellaron contra los de ella con un hambre que llevaba acumulada toda la noche.
Sofía se quedó rígida un segundo, pero cuando sintió la lengua de Daniel buscando la suya, su resistencia se desmoronó. Sus lenguas se encontraron en una danza desesperada, caliente y real.
Daniel la besaba como si quisiera marcarla, como si quisiera que cada persona en esa habitación supiera que ella le pertenecía, farsa o no. El beso se prolongó, desafiando las normas de etiqueta en una mesa familiar, hasta que el aire empezó a faltarles.