Prometidos por navidad

Capitulo 10

El jardín de los De la Vega era un hervidero de actividad. Entre camiones que descargaban arreglos de hortensias y operarios montando una carpa blanca, Sofía parecía haber recuperado su papel de directora de orquesta. Daniel la observaba desde el porche, fascinado por cómo su capacidad de mando se suavizaba en ese entorno.

Ya no era la mujer de hielo de la oficina; era una mujer que, aunque daba órdenes, se detenía a acomodar el cabello de su hermana o a reírse de alguna ocurrencia del florista.

—Es un espectáculo, ¿verdad? —La voz de Alberto, el padre de Sofía, sacó a Daniel de sus pensamientos.

El hombre mayor estaba apoyado en la barandilla, limpiando sus gafas con un pañuelo. Tenía el mismo aire imponente que su hija, pero sus ojos estaban cansados, cargados de esa sabiduría que solo dan los años y el haber visto mucho.

—Lo es —respondió Daniel con sinceridad—. Tiene una energía inagotable.

Alberto soltó un suspiro y le hizo un gesto a Daniel para que lo acompañara hacia la zona del invernadero, lejos del ruido de los martillazos. Se sentaron en un par de sillas de mimbre bajo la sombra de un roble centenario. Durante unos minutos, el silencio reinó, hasta que el canto de los pájaros los animó a hablar.

—Sofía siempre ha sido así —empezó Alberto, mirando hacia donde su hija mayor discutía la posición de las mesas—. Desde que era pequeña, sintió que debía ser el pilar de esta familia. Cuando los negocios fueron mal hace años, ella no lloró; se encerró en su cuarto a estudiar economía. Cuando su madre enfermó, ella se encargó de la casa y de Lucía. Se obligó a ser fuerte, Daniel. Se obligó a ser de hierro porque pensó que si ella se quebraba, todos nos derrumbaríamos.

Daniel escuchaba con una atención inusitada. Había pasado un año analizando a Sofía como una competidora, pero nunca se había detenido a pensar en el origen de esa armadura.

—A veces, esa fuerza es una soledad muy amarga —continuó el padre, clavando sus ojos claros en Daniel—. Me preocupa. Me preocupa que haya construido muros tan altos que nadie pueda saltarlos. Su madre y yo no queremos que sea la mejor empresaria del país, Daniel. Solo queremos saber que, cuando llegue a casa y se quite los zapatos, habrá alguien allí para preguntarle cómo le fue. Alguien que la vea sin la máscara. No queremos que se quede sola en su vida de adulta por haber tenido que ser adulta demasiado pronto.
Alberto se inclinó hacia delante, y su tono se volvió más serio, más protector.
—Dime una cosa, hijo. Y sé honesto. ¿Eres tú ese alguien? Porque si esto es solo un romance de paso, prefiero que la dejes ahora. Sofía no sabe amar a medias; ella lo da todo o no da nada.

Daniel sintió un nudo extraño en la garganta. El peso de la farsa empezó a quemarle en el pecho. Por primera vez, no se sentía como el cazador triunfante, sino como un intruso en un santuario. Pero al mismo tiempo, las palabras del viejo Alberto confirmaron lo que él ya sospechaba: su obsesión por Sofía no era solo competitiva. Era una necesidad de ser el único capaz de sostenerla.

—No soy un hombre de medias tintas, Alberto —respondió Daniel, y esta vez no era el "personaje" de prometido el que hablaba—. Mi rivalidad con ella empezó porque era la única persona que me desafiaba. Pero estar aquí... verla con ustedes... —hizo una pausa, buscando las palabras—. No voy a dejar que se quede sola. Me encargaré de que sepa que no tiene que ser fuerte todo el tiempo.

Alberto lo observó durante un largo rato, buscando cualquier rastro de mentira. Finalmente, asintió y le puso una mano en el hombro, un gesto de aceptación que a Daniel le dolió más que cualquier insulto.

—Más te vale, muchacho. Porque si la haces sufrir, no habrá contrato ni empresa que te salve de mí.

Daniel regresó hacia la casa principal mientras el sol empezaba a bajar. Al doblar la esquina del jardín, se detuvo en seco.

Sofía estaba sentada en el césped con Lucía. Ambas tenían las cabezas juntas, revisando lo que parecía ser el álbum de fotos familiar. Sofía soltó una carcajada limpia, sonora y vibrante, una que Daniel nunca le había escuchado en la ciudad. Se echó hacia atrás, dejando que su cabello cayera por su espalda, con los ojos brillando de una forma que dejó a Daniel sin aliento.

En ese momento, la admiración que sentía por ella se transformó en algo mucho más profundo y peligroso. Verla así, despojada de su traje de poder, rodeada del amor de una familia que solo deseaba su felicidad, hizo que el corazón de Daniel diera un vuelco definitivo.

Ya no le importaba la cuenta de Aries. No le importaba ganar la farsa. Lo que sentía era una necesidad primitiva de proteger esa risa, de ser el motivo de ese brillo en sus ojos. No era solo deseo; era un amor que se había estado gestando en las sombras de la rivalidad y que ahora, bajo el cielo del pueblo, florecía con una fuerza que lo aterraba.

Ella levantó la vista y lo vio. Su sonrisa no desapareció, pero cambió; se volvió más suave, más íntima. Le hizo un gesto para que se acercara.

Daniel caminó hacia ella, sabiendo que el trato había quedado atrás. Ya no estaba fingiendo. La mudanza, el anillo, el beso en la mesa... todo lo que había empezado como una mentira se había convertido en su verdad más absoluta. El problema sería convencer a Sofía de que, aunque el pacto era falso, lo que él sentía era lo más real que había tenido en su vida.




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