Prometidos por navidad

Capitulo 11

El silencio de la casa de campo era absoluto, roto únicamente por el susurro del viento entre los pinos. En la pequeña habitación, el aire estaba tan cargado que se sentía denso. Sofía se había encerrado en el baño hacía más de veinte minutos, y Daniel podía escuchar el sonido del agua corriendo, imaginándola bajo el chorro, tratando de lavar la tensión de un día lleno de mentiras que empezaban a sentirse demasiado reales.

Daniel estaba sentado en el borde de la estrecha cama, con la camisa abierta y los codos apoyados en las rodillas. Sus pensamientos eran un caos. Las palabras de Alberto, el padre de Sofía, le martilleaban la cabeza: “No queremos que se quede sola”. El deseo que sentía por ella ya no era esa pulsión competitiva de antes; era algo que le dolía en el pecho, una necesidad de derribar el último muro que los separaba.

Cuando la puerta del baño finalmente se abrió, una nube de vapor perfumado invadió el cuarto. Sofía salió envuelta en un camisón de seda que acariciaba sus curvas con una delicadeza tortuosa. Tenía el cabello húmedo y la piel ligeramente sonrojada por el calor.

Al ver a Daniel allí, esperándola en la penumbra, se detuvo en seco.

—Pensé que ya estarías dormido —susurró ella, evitando mirarlo directamente.

—Es difícil dormir cuando el pacto se siente como una jaula, ¿no crees? —respondió él con voz ronca.

Sofía suspiró y caminó hacia la cama, sentándose en el extremo opuesto al de él. El colchón se hundió, obligándolos a sentir la presencia del otro. No había espacio para escapar.

—Solo un par de días —dijo ella, tratando de desviar el tema—. Después de eso, podremos volver a la ciudad. Podremos volver a ser… nosotros.

Daniel soltó una risa amarga.

—¿Nosotros? ¿Los rivales que se odian en las reuniones? Sofía, después de lo que ha pasado estos días, no creo que podamos volver a fingir que no nos conocemos la piel.

Él se giró hacia ella, buscando sus ojos en la oscuridad.

—Tu padre me interrogó hoy —continuó Daniel, cambiando el tono—. Me habló de ti. De lo fuerte que has tenido que ser. Me recordó mucho a mi propia familia.

Sofía lo miró con curiosidad, sorprendida por la apertura repentina.

—¿Tu familia? Nunca hablas de ellos.

—Soy el mayor de cuatro hermanos —confesó Daniel, y por primera vez, su voz no tenía rastro de arrogancia—. Tres hombres y una mujer. Todos están casados, todos tienen hijos, perros y vallas blancas. En las cenas de Navidad, soy el éxito profesional que siempre llega solo. Mi madre me mira con una lástima que me quema más que cualquier derrota empresarial. Supongo que por eso me convertí en lo que soy: si no podía tener la felicidad doméstica que ellos tienen, al menos sería el mejor en lo demás.

Sofía lo observó en silencio. Ver la vulnerabilidad en el hombre que siempre parecía tener todas las respuestas la desarmó por completo.

—Entonces, ¿por qué? —preguntó ella suavemente—. Tienes el mundo a tus pies, Daniel. ¿Por qué no dejas de ser el mujeriego implacable del que todos hablan y formas una familia? ¿Por qué seguir buscando conquistas de una noche?

Daniel se tensó, pero no apartó la vista. Una pequeña sonrisa triste apareció en sus labios.

—Porque ninguna de esas conquistas me gustaban para esposas. Ninguna me hacía sentir que tenía que ser mejor de lo que soy. "Hasta que apareciste tú en Chicago" pensó —hizo una pausa y se acercó un poco más—. Ahora dime tú, Sofía de la Vega. ¿Por qué una mujer tan brillante, tan hermosa y con un corazón que protege a los suyos con uñas y dientes, no tiene a nadie a su lado? ¿Por qué estás tan decidida a caminar sola?

Sofía abrió la boca para responder con una de sus frases hechas sobre la independencia y la carrera profesional, pero las palabras se le atascaron en la garganta. La cercanía de Daniel, su olor a jabón y a hombre, y la honestidad cruda de su pregunta la dejaron desnuda de argumentos.

Se dio cuenta de que no tenía una respuesta que no fuera el miedo. Miedo a depender de alguien, miedo a que, si bajaba la guardia, todo lo que había construido se desmoronara. Pero allí, en la oscuridad, con Daniel mirándola como si fuera lo único importante en el mundo, ese miedo se sentía pequeño.

—Yo… —empezó ella, pero su voz se quebró—. Es mejor que nos vayamos a dormir, Daniel. Mañana será un día largo.

Se acostó rápidamente, dándole la espalda y cubriéndose hasta la barbilla. Daniel se quedó sentado un momento más, observando la línea de su cuerpo bajo las mantas. Sabía que ella estaba huyendo, pero también sabía que ya no tenía dónde esconderse.

Se deslizó en la cama junto a ella. Esta vez, no hubo forcejeos por el espacio. Sofía no se alejó cuando sintió el calor de su espalda contra el pecho de él. Daniel pasó un brazo sobre su cintura, atrayéndola suavemente hacia sí.

—Buenas noches, Sofía —susurró él contra su cabello.

—Buenas noches, Daniel —respondió ella, cerrando los ojos y permitiéndose, por primera vez en su vida adulta, dejar que alguien más sostuviera el peso del mundo mientras ella dormía.

La conexión emocional había sellado el destino de ambos. El pacto estaba muerto; lo que quedaba era una verdad que ninguno de los dos se atrevía a aceptar todavía.




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