Prometidos por navidad

Capitulo 12

La siguiente noche fue todo un desastre con una despedida de solteros improvisada.

El caos en el porche era digno de una comedia de enredos. Andrés intentaba entonar una serenata desafinada mientras Lucía, muerta de risa, trataba de mantenerlo en pie sin mucho éxito.

—¡Lucía! ¡Mi reina! —bramó Andrés, haciendo un gesto grandilocuente que casi lo manda de bruces contra un macetero de hortensias—. ¡Mañana te hago mi esposa y pasado mañana empezamos con el equipo de fútbol! ¡Seis hijos, Lucía! ¡Mínimo seis!

—¡Cállate, animal! —rio ella, tapándole la boca con la mano—. ¡Que vas a despertar hasta a los muertos del cementerio!

En ese momento, la puerta principal se abrió de par en par y apareció Elena, la madre de Sofía, envuelta en una bata de seda y con una expresión que prometía tormenta. Llevaba un rodillo de cocina en la mano, no se sabía si por defensa propia o como instrumento de tortura.

—¡Pero bueno! —gritó Elena, bajando los escalones con paso de sargento—. ¿Qué son estos modales? ¡Andrés, por el amor de Dios, hueles a destilería clandestina! Mañana tienes que decir "sí, quiero", no "quiero otro chupito". ¡A la cama ahora mismo!

—¡Suegrita querida! —Andres intentó abrazarla, pero Elena lo esquivó con una agilidad sorprendente para su edad.

—¡Ni suegrita ni nada! Como mañana salgas en las fotos con los ojos como tomates, te juro que te caso a escobazos —amenazó ella, señalando hacia el interior de la casa—. ¡Y tú, Lucía, deja de reírte, que vas a tener unas ojeras que ni el mejor maquillaje de París va a poder tapar! ¡A dormir todos!

Sofía observaba la escena desde la sombra del marco de la puerta, mordiéndose el labio para no soltar una carcajada. Fue entonces cuando sintió la presencia de Daniel a su espalda. Él estaba mucho más entero que Andrés, pero el brillo en sus ojos delataba que el aguardiente del pueblo no era precisamente agua mineral.

Daniel se inclinó hacia ella, rozando su hombro, mientras observaban cómo Elena empujaba literalmente a los novios hacia las escaleras entre quejas y risas hipnóticas.

—Parece que la profecía de los hijos ha calado hondo —dijo Daniel con esa voz espesa y vibrante que a Sofía siempre le desarmaba—. Tu madre va a necesitar un batallón de niñeras si Andrés cumple lo que promete.

Sofía giró la cabeza, encontrándose con la mirada de Daniel a escasos centímetros.

—Están eufóricos —respondió ella, tratando de ignorar cómo el aliento de él, con un toque de whisky y madera, la mareaba más que cualquier copa—. Es mejor que los subamos a sus cuartos antes de que mi madre decida que el rodillo de cocina es un arma de uso legal.

—Tu madre da miedo —admitió Daniel con una sonrisa ladeada, dando un paso más hacia su espacio personal—. Pero tiene razón en algo. Es tarde. Y nosotros también tenemos... cosas que ensayar.

Elena pasó por el lado de ellos, deteniéndose un segundo para fulminarlos con la mirada.

—Y ustedes dos —dijo apuntándolos con el dedo índice—, ni se les ocurra quedarse aquí de romance nocturno.

Mañana quiero a todo el mundo con cara de salud. Sofía, llévatelo arriba antes de que me arrepienta de haberle dado permiso para dormir en tu cuarto.

—Ya nos íbamos, mamá —murmuró Sofía, sintiendo el calor subiendo por su cuello.

Daniel asintió con una formalidad exagerada que rozaba la burla.

—Descanse, señora De la Vega. Le prometo que cuidaré de su hija... y de su descanso.

Cuando Elena desapareció pasillo arriba, Daniel tomó la mano de Sofía. Sus dedos se entrelazaron con una urgencia que no tenía nada que ver con el protocolo familiar. El ambiente divertido de hacía un momento se evaporó, reemplazado por una tensión que quemaba.

—¿Subimos? —preguntó él, y no era una sugerencia.

Sofía asintió, incapaz de articular palabra. Subieron las escaleras en un silencio cargado, escuchando de fondo los últimos ruidos de Andrés tropezando con algún mueble y los regaños amortiguados de Lucía.

Al entrar en la habitación, Daniel cerró la puerta con el pie. El clic de la cerradura sonó como el disparo de salida de una carrera que llevaban un año corriendo. Daniel soltó la chaqueta en el suelo y se acercó a ella, atrapándola contra la madera de la puerta.

—Tengo unas ganas de quitarme las ganas de ti que me están volviendo loco, De la Vega —soltó él, hundiendo la nariz en el hueco de su cuello—. ¿Podemos ensayar eso también?




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