Prometidos por navidad

Capitulo 13

El peso del año de deseo contenido estalló en el momento en que la espalda de Sofía golpeó la madera de la cómoda. Daniel no la besaba como un novio ensayando para una boda; la besaba como un hombre que finalmente ha alcanzado el oasis tras cruzar un desierto de frialdad y competencia.

Sus manos, grandes y ansiosas, subieron por los muslos de ella, arrastrando la seda del camisón hacia arriba, encontrando la suavidad de su piel que se sentía como fuego bajo sus palmas.

Daniel pensó que iba a perder la cabeza. Había imaginado este momento en la soledad de su oficina, en sus noches en vela en el ático de la ciudad, pero la realidad era mil veces más embriagadora. El aroma de Sofía —una mezcla de vainilla, vino blanco y esa fragancia natural de su piel— lo rodeaba, nublándole el juicio. Sentir cómo ella se aferraba a su cuello, cómo sus dedos se enredaban en su pelo tirando con una urgencia que igualaba la suya, era la victoria más dulce que jamás había saboreado.

—No tienes idea de cuánto te he deseado, Sofía —gruñó él contra su boca, su voz era una vibración baja que ella sintió en el centro de su pecho—. De lo mucho que me costaba no saltar sobre ti en cada maldita reunión.

Sofía soltó un jadeo cuando Daniel enterró el rostro en la curva de su cuello. Sus labios eran calientes y exigentes, dejando un rastro de marcas posesivas. Ella echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, entregada a una marea de sensaciones que nunca se había permitido experimentar. Con Daniel, todo era más intenso; cada caricia de sus manos callosas contra su piel sensible la hacía arquearse, buscando más.

—Cállate y hazme tuya, Daniel —susurró ella, su voz quebrada por la excitación.

Él la cargó sin romper el beso, llevándola hacia la cama que tanto habían evitado cruzar. Al caer sobre el colchón, el mundo exterior desapareció. Daniel se deshizo de su ropa con una impaciencia salvaje, revelando un cuerpo de músculos tensos y grabados por la luz de la luna. Cuando se posicionó sobre ella, Sofía sintió que el aire se le escapaba. Él era imponente, una fuerza de la naturaleza que ella ya no quería domar, sino recibir.

Daniel bajó sus manos, recorriendo la curva de sus caderas, subiendo por su cintura hasta apretar sus pechos con una devoción que rozaba la reverencia. Ver a la implacable Sofía de la Vega bajo él, con los ojos nublados de lujuria y los labios entreabiertos, era el espectáculo más excitante de su vida.

—Demasiada perfección —murmuró él, antes de bajar su boca hacia sus pezones, succionándolos a través de la seda fina hasta que ella gritó su nombre, enterrando las uñas en sus hombros anchos.

Daniel no tuvo piedad. Sus dedos se deslizaron hacia abajo, encontrándola húmeda y lista para él. El gemido que Sofía soltó cuando él la tocó fue la música más hermosa que Daniel había escuchado. Ella no era una muñeca de porcelana; respondía a cada toque con una fuerza igual a la de él, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, incitándolo a terminar con la tortura de la espera.

Cuando finalmente se unieron, el tiempo pareció detenerse. Fue una invasión lenta, profunda, que hizo que ambos cerraran los ojos ante la intensidad del placer. Daniel se quedó inmóvil un segundo, apoyado sobre sus brazos, observando cómo el rostro de Sofía se transformaba. Estaba allí, completamente suya, despojada de todas sus defensas.

—Mírame —ordenó él en un susurro ronco.
Ella abrió los ojos, brillando con una mezcla de lágrimas de excitación y una pasión cruda.
—Mírame y dime que esto es solo por el frío, De la Vega —la retó él, empezando a moverse con un ritmo lento y tortuoso que la hacía delirar.

Sofía no pudo responder. Solo pudo aferrarse a su espalda, sintiendo cómo los músculos de Daniel trabajaban bajo su piel. Cada embestida era una declaración de propiedad, una promesa de que, después de esa noche, no habría vuelta atrás a la rivalidad de negocios. Ella se sentía llena, completa, incendiada por un fuego que solo él sabía avivar.

Daniel pensaba en lo increíble que era el encaje de sus cuerpos, en cómo la suavidad de ella mitigaba su dureza, y en cómo, por fin, tenía en sus brazos a la única mujer que lo hacía sentir que ganar no lo era todo.

El ritmo aumentó, volviéndose frenético y hambriento. Los gemidos de Sofía llenaban la habitación, mezclándose con la respiración pesada de Daniel. Él la besaba con urgencia, tratando de absorber sus suspiros, mientras sus cuerpos sudorosos se deslizaban el uno contra el otro. El placer era una ola gigante que los arrastraba, una electricidad que les recorría la columna vertebral y les hacía olvidar quiénes eran fuera de esas cuatro paredes.

En el clímax, Daniel se hundió en ella una última vez, buscando su alma a través de su cuerpo. Sofía se aferró a él como si fuera su único ancla en medio de una tormenta, gritando su nombre mientras el orgasmo la sacudía en oleadas interminables. Daniel la siguió segundos después, volcando todo su deseo, su frustración de un año y su amor naciente dentro de ella.

Se quedaron así, unidos y jadeantes, mientras el silencio volvía a la habitación. El sudor pegaba sus pechos y el ritmo de sus corazones, poco a poco, empezó a sincronizarse. Daniel se dejó caer a su lado, pero no se alejó. La rodeó con sus brazos, pegando la espalda de Sofía a su pecho, cubriéndolos a ambos con la sábana.

—No es el frío, Sofía —susurró él contra su nuca, depositando un beso tierno allí.

Ella no respondió con palabras, pero entrelazó sus dedos con los de él sobre su vientre, apretándolos con fuerza. En esa cama estrecha de su infancia, rodeada de los fantasmas de su pasado, Sofía de la Vega finalmente encontró la paz en los brazos de su mayor enemigo. Se durmieron bajo la luz de la luna, sin saber que lo que acababa de ocurrir era el verdadero "sí, quiero" de sus vidas.




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