La iglesia del pueblo era una estructura de piedra fría que olía a incienso viejo y a siglos de secretos guardados. Para Sofía, entrar del brazo de Daniel no era solo un acto de presencia social; era caminar sobre una cuerda floja. El traje oscuro de Daniel, hecho a medida en la ciudad, contrastaba con la rusticidad del entorno, pero era su porte lo que atraía las miradas. Se movía con la seguridad de quien es dueño del lugar, mientras que ella, embutida en un vestido de seda color esmeralda que resaltaba la palidez de su piel, sentía que cada fibra de su cuerpo aún vibraba por el encuentro en la habitación.
—Relájate, De la Vega —le susurró Daniel al oído mientras avanzaban por el pasillo central bajo la mirada curiosa de tíos, primos y vecinos—. Tienes esa cara de estar calculando el margen de beneficio de una tragedia. Sonríe. Se supone que somos el ejemplo de la felicidad corporativa.
—Tengo la cara de alguien que ha dormido tres horas y ha sido asaltada dos veces en su propia cama —replicó ella entre dientes, sin perder la sonrisa profesional dirigida a una prima lejana.
—No te oí quejarte cuando tus uñas estaban marcadas en mi espalda —dijo él, y el brillo de victoria en sus ojos la hizo flaquear por un segundo.
Se sentaron en el segundo banco, justo detrás de los padres de Sofía. La ceremonia comenzó con el murmullo monótono del sacerdote, pero para ellos, el espacio entre sus cuerpos era una zona de guerra activa. La mano de Daniel descansaba sobre su propio muslo, a milímetros del de Sofía. Ella podía sentir el calor que emanaba de él, un recordatorio físico de que el hombre que ahora lucía como un caballero impecable era el mismo que la había hecho gemir de desesperación apenas una hora antes.
La recepción se celebró en el jardín de la finca familiar, bajo una carpa blanca decorada con luces de verbena que empezaban a encenderse conforme el sol caía tras las montañas. El vino fluía con generosidad y la música de un cuarteto de cuerdas intentaba elevar el tono del evento.
—¡Sofía, querida! —La tía abuela Matilde se acercó, tambaleándose ligeramente sobre sus tacones—. Daniel, qué alegría que al fin alguien haya logrado domar a esta mujer. Ella siempre fue tan… competitiva. Tan dura.
Daniel pasó un brazo por la cintura de Sofía, pegándola a su costado con una posesividad que no pasó desapercibida para nadie.
—No la he domado, Matilde. Simplemente hemos encontrado un lenguaje en el que ambos hablamos el mismo idioma.
Sofía sintió la presión de los dedos de Daniel en su cadera.
—Daniel es muy persuasivo en sus negociaciones —añadió ella, lanzándole una mirada cargada de dagas—. Pero no se confíe, tía. A veces el negociador termina cediendo más de lo que planeaba.
—¿Eso crees? —Daniel bajó la voz cuando la tía se alejó—. Porque ahora mismo, lo único que quiero negociar es cuánto tiempo tenemos que quedarnos aquí antes de que pueda volver a encerrarte bajo llave.
—Tenemos que cumplir. Mi padre quiere brindar con los "nuevos socios". Si nos vamos temprano, sospecharán.
—Que sospechen —dijo él, acercándose tanto que su nariz rozó la sien de ella—. Que sospechen que no puedo quitarte las manos de encima. Que sospechen que la gran Sofía de la Vega ha encontrado a alguien que no le tiene miedo a su fuego.
Durante la cena, la tortura se intensificó. Daniel era el centro de atención. Hablaba de inversiones con el padre de Sofía, reía con los primos y se ganaba a la madre de ella con una caballerosidad que Sofía sabía que era, en parte, una fachada. Pero bajo la mesa, el juego era otro.
La mano de Daniel buscó la de ella. Entrelazó sus dedos, apretando con fuerza. Sofía intentó soltarse, pero él no la dejó. En lugar de eso, subió su mano y empezó a trazar líneas lentas en la palma de Sofía, un gesto tan íntimo que ella sintió un nudo en el estómago.
—¿Estás bien, hija? No has probado el cordero —dijo su padre desde la cabecera.
—Está un poco… pesado, papá. —mintió ella, mientras Daniel deslizaba su pulgar por el interior de su muñeca, justo donde el pulso latía desbocado.
—Es el aire del campo, suegro —intervino Daniel con una naturalidad aterradora—. Abre el apetito, pero también agota. Sofía ha tenido un día… intenso.
La mirada que Daniel le dedicó mientras decía "intenso" fue tan explícita que Sofía tuvo que beberse media copa de vino de un trago para no atragantarse.
Cuando la música cambió a un ritmo más lento y las parejas empezaron a ocupar la pista de baile improvisada sobre el césped, Daniel no le dio opción. La tomó de la mano y la guio hacia el centro.
—No sé bailar esto, Daniel —protestó ella, aunque sus pies ya seguían su ritmo.
—No tienes que bailar. Solo sígueme.
Él la rodeó con ambos brazos, obligándola a apoyar las manos en sus hombros. La cercanía era absoluta. Podía oler su perfume, una mezcla de sándalo y algo puramente suyo que la mareaba más que el vino. El mundo alrededor desapareció: los flashes de las fotos, las risas de los invitados y el tintineo de las copas se convirtieron en un ruido blanco de fondo.
—¿En qué piensas? —preguntó él, moviéndose con una elegancia perezosa.
—En lo absurdo de todo esto —susurró ella, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello—. Hace meses estábamos intentando destruirnos mutuamente en la junta de accionistas. Y ahora…
—Y ahora estás aquí. En mis brazos. Y no porque te obligue un contrato, Sofía.
Ella se separó un poco para mirarlo a los ojos. La vulnerabilidad que había sentido al despertar regresó, pero esta vez no intentó esconderla.
—¿Es real para ti, Daniel? ¿O es solo la emoción de haber conquistado la última cima que te quedaba?
Daniel se detuvo. Ignoró que otras parejas chocaban suavemente con ellos. La miró con una seriedad que la hizo temblar.
—He ganado muchas cosas en mi vida, Sofía. Dinero, prestigio, empresas. Y todas me han dado una satisfacción que dura lo que tarda en abrirse la siguiente botella de champán. Pero esto… —apretó su mano contra su pecho, donde el corazón le latía con fuerza— esto me asusta. Y yo no me asusto por nada. No te deseo porque seas un trofeo. Te deseo porque eres la única persona que me hace sentir que el mundo no es solo un tablero de ajedrez.