Prometidos por navidad

Capitulo 16

La mañana de despedida amaneció con un cielo de un azul acerado, limpio pero gélido. La euforia de la noche anterior se había transformado en una calma tensa, una burbuja que ambos intentaban no romper mientras caminaban por los linderos de la finca. El aire del campo cortaba la cara, y el sonido de las botas sobre la hierba escarchada era el único acompañante de su silencio.

Daniel se detuvo frente a un viejo roble, lejos de la casa y del ruido de los parientes que empezaban a despertar. Miró el horizonte, donde las montañas se fundían con las nubes, y exhaló un suspiro que se convirtió en vapor.

—No acepte por el Proyecto Aries, Sofía —dijo de repente, sin mirarla.

Sofía, que se ajustaba la bufanda, se quedó inmóvil.

—¿De qué hablas? El trato era claro.

—El trato fue la excusa —la interrumpió él, dándose la vuelta. Su mirada no tenía el brillo burlón de siempre; estaba cargada de una seriedad que la hizo retroceder un paso—. Llevo diecinueve meses esperando este momento. Desde aquella conferencia, cuando te vi defender tu visión de la empresa con esa furia gélida que te caracteriza.

Sofía frunció el ceño, confundida.

—Eso fue hace casi dos años. En ese entonces apenas nos saludábamos.

—Te observé desde lejos durante meses —continuó Daniel, dando un paso hacia ella—. Pero te veía tan cerrada, tan blindada tras tus hojas de cálculo y tu armadura de seda, que supe que un acercamiento convencional no funcionaría contigo. El miedo al rechazo es un veneno extraño, Sofía. Así que decidí llamar tu atención de la única forma que sabía que responderías: convirtiéndome en tu mayor pesadilla. Te molesté, te reté y te puse al límite porque prefería tu odio a tu indiferencia.

El silencio que siguió fue sepulcral. Sofía sintió un vacío gélido expandiéndose en su pecho. Lo que Daniel pretendía que fuera una confesión romántica, ella lo procesó como una emboscada meticulosamente planeada.

—¿Me estás diciendo... —su voz tembló de pura indignación— que todo este último año de ataques, de estrés, de humillaciones públicas, fue un cortejo? ¿Que aceptaste este trato familiar solo para meterme en tu cama bajo falsas pretensiones?

—Sofía, no lo entiendes. Te amo. Lo de anoche no fue parte de un plan, fue la culminación de algo que me estaba quemando por dentro...

—¡Fue una manipulación! —gritó ella, y el eco rebotó en los árboles—. Me has tenido en un tablero de ajedrez durante casi dos años. Me hiciste creer que éramos rivales para forzarme a esta situación. Te burlaste de mí, Daniel. Te reíste de mi desesperación por aparentar algo ante mis padres mientras tú ya habías decidido el final de la historia.

—¡No me burlé! —rugió él, acercándose y tratando de tomarla por los hombros, pero ella lo rechazó con un golpe—. Te di lo que necesitabas para ver quién eras realmente fuera de esa oficina. Todo lo que he dicho, es porque lo siento.

—Anoche hubo un error —sentenció ella, con los ojos nublados por una mezcla de rabia y dolor—. No te quiero cerca, Daniel. Se acabó el teatro, se acabó el sexo y se acabó el trato. Volveremos a ser lo que siempre fuimos: enemigos. Pero ahora con una diferencia: ahora sé que no tienes escrúpulos.

Daniel la miró como si la viera por primera vez. Su rostro se endureció, recuperando esa máscara de frialdad que lo había hecho famoso en el mundo de los negocios.

—Eres increíble, De la Vega —dijo él con una amargura que cortaba más que el viento—. Eres tan incapaz de aceptar que alguien pueda amarte por quien eres, que prefieres destruir todo antes que admitir que tienes sentimientos. Te aferras a tu papel de víctima de una manipulación porque te aterra la idea de ser vulnerable.

—No te atrevas a darme lecciones de moral —escupió ella—. Te aprovechaste de mi situación familiar. Nunca te perdonaré que te hayas burlado de mí de esta manera.

—Entiéndelo de una vez: te amo. No es por el sexo, no es por el maldito Proyecto Aries. Te amo a ti, a la mujer que se esconde detrás de toda esa soberbia —Daniel dio un paso atrás, rindiéndose—. Pero tienes razón. No entiendes de razones. Solo entiendes de poder. Quédate con tu orgullo y con tu soledad.

Sin decir una palabra más, Daniel dio media vuelta y caminó con paso firme hacia el aparcamiento de la finca.

El ruido del motor de su deportivo rompió la paz de la mañana. La madre de Sofía salió al porche, secándose las manos en el delantal, seguida por el padre, que sostenía una taza de café.

—¿Pero qué pasa? ¿A dónde va Daniel con esa prisa? —preguntó su madre preocupada al ver a Sofía regresar sola, caminando como un autómata.

—Se ha ido —dijo Sofía sin mirarlos.

—¿Cómo que se ha ido? ¡Teníamos el almuerzo de despedida! ¿Pasó algo entre ustedes? —su padre dio un paso al frente, notando la palidez de su hija.

Sofía no se detuvo. Subió los escalones del porche con la mirada perdida.

—No pasó nada. Es todo lo que necesitan saber.

—Pero Sofía... —intentó insistir su madre.

—¡Déjenme en paz! —estalló ella, y su voz se quebró al final.

Entró en la casa, ignorando las miradas confusas y los susurros de los parientes que se asomaban por las ventanas. Subió las escaleras a zancadas y cerró la puerta de su habitación con un estruendo que pareció sacudir los cimientos de la propiedad.

Se dejó caer sobre la cama, la misma cama donde horas antes había creído encontrar algo real. El aroma de Daniel todavía estaba en las sábanas. La suavidad de la seda de su camisón, rasgado en una esquina por la impaciencia de él, era un recordatorio físico de su entrega.

Sofía se ovilló, abrazando sus propias rodillas. Había recuperado su independencia, su control y su rivalidad. Había ganado la guerra de egos. Pero, por primera vez en su vida, ganar se sentía exactamente igual que perderlo todo.




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