El sonido de la maleta de cuero golpeando cada escalón de madera resonaba como una cuenta atrás. Sofía bajaba las escaleras con la columna rígida, pero el corazón le pesaba tanto que sentía que en cualquier momento se le detendría el paso. El bullicio en la planta baja se detuvo en seco. Sus padres, su hermana Lucía y un par de tíos que aún tomaban café en el salón se giraron para verla.
No había rastro de la Sofía implacable que controlaba juntas de accionistas. Sus ojos estaban ligeramente hinchados y su rostro, aunque limpio, mostraba las grietas de una noche de revelaciones y una mañana de pérdida.
—¿Te vas ya, hija? —preguntó su padre, dejando la taza sobre la mesa.
La preocupación en su voz fue el detonante.
Sofía soltó el asa de la maleta y se detuvo en el último escalón. Miró a su familia, a esas personas que habían pasado años presionándola, juzgándola y, a su manera, intentando protegerla. Se dio cuenta de que ya no podía sostener ni un segundo más la estructura de cristal que había construido.
—Todo fue una mentira —soltó ella. Su voz fue clara, aunque cargada de una vibración emocional que nunca antes se había permitido mostrar en público—. La relación con Daniel, el compromiso, el "amor perfecto" que vieron este fin de semana... todo fue un pacto. Un contrato de conveniencia mutua para que ustedes me dejaran en paz con el tema de tener pareja.
Un silencio pesado cayó sobre el salón. Sus tíos intercambiaron miradas incómodas, pero sus padres y su hermana permanecieron inmóviles, procesando la confesión.
—Lo planeamos todo —continuó Sofía, sintiendo cómo una lágrima rebelde se deslizaba por su mejilla—. Queríamos que fuera una actuación impecable para que nadie sospechara. Yo pensaba que Daniel solo buscaba el beneficio del Proyecto Aries, que se acercaba a mí por pura ambición, porque así es como yo entiendo el mundo.
Se hizo una pausa larga. Sofía respiró hondo, con un nudo en la garganta que apenas le permitía tragar.
—Pero me equivoqué. Él me confesó esta mañana que ha estado enamorado de mí desde hace casi dos años. Que aceptó este juego ridículo solo para tener una oportunidad de estar cerca de mí, porque yo siempre fui un muro infranqueable. Y yo... yo lo eché. Lo humillé llamándolo manipulador porque tuve miedo de que su amor fuera real y no se cómo controlar mis sentimientos...
Lucía, su hermana, fue la primera en romper el silencio. Se levantó del sofá y caminó hacia ella, no con lástima, sino con una firmeza que sorprendió a todos.
—¿De verdad crees que somos tan ciegos, Sofía? —dijo Lucía, colocándose frente a ella—. Sabíamos que algo era raro al principio, sí. Pero un contrato no hace que un hombre te mire como si fueras el centro del universo cuando crees que nadie lo está observando. Daniel no te miraba como a una socia. Te miraba como si fueras el aire que necesitaba para respirar después de estar bajo el agua.
—Lucía, yo pensé que se burlaba de mí...
—¡Deja de ser tan testaruda! —le espetó su hermana, tomándola de los hombros—. Ese hombre te ama de una forma que la mayoría de las mujeres solo ven en las películas. Estuvo dispuesto a ser el "enemigo", a ser el "molesto", a ser el "falso prometido" con tal de que tú le dedicaras un segundo de tu atención. No fue una burla, Sofía. Fue un sacrificio de su propio orgullo. No seas idiota y vayas a perderlo por un arranque de soberbia.
Su padre se acercó entonces, colocando una mano pesada y cálida sobre el hombro de Sofía.
—Hija, siempre te hemos criado para ser fuerte, para ser la mejor, para que nadie te pase por encima. Y quizás nos pasamos de la raya. Te convertimos en una guerrera que ve enemigos en todas partes, incluso en los que intentan quererte.
Su madre se unió al círculo, envolviéndola en un abrazo que olía al perfume de siempre, a hogar y a perdón.
—Ya deja de creer que puedes con todo sola, Sofía. Deja de pensar que el amor es una transacción o una debilidad. Es la única victoria que realmente importa. Date la oportunidad de ser feliz, no solo de ser exitosa. Ve a buscarlo.
El calor de su familia, la honestidad bruta de Lucía y el permiso implícito de sus padres para romperse hicieron que las últimas defensas de Sofía colapsaran. Lloró en silencio, apoyada en el hombro de su madre, sintiendo cómo el peso de la "mujer de hierro" se desprendía de su espalda.
Veinte minutos después, Sofía estaba al volante de su coche, conduciendo por la carretera sinuosa que bajaba de la montaña hacia la ciudad. El paisaje pasaba rápido a su lado, pero su mente iba a una velocidad mucho mayor.
Cada kilómetro que recorría era un pensamiento hacia Daniel. Recordó el roce en el ascensor, recordó la intensidad de su mirada durante el baile, y sobre todo, recordó cómo él la había sostenido en las noches, no como quien posee una propiedad, sino como quien protege un tesoro.
—Tenían razón —murmuró, apretando el volante—. Tienen toda la maldita razón.
Se sintió avergonzada de su reacción en el bosque. Recordó la cara de Daniel cuando ella le gritó que no lo quería ver más; el dolor que él intentó ocultar tras su máscara de frialdad corporativa. Él se había abierto, le había entregado su secreto más vulnerable —un amor de diecinueve meses nacido en el silencio y la distancia— y ella le había respondido con un ataque.
Él no había manipulado la situación para ganar un contrato; había manipulado la realidad para ganar su corazón, arriesgando su dignidad en el proceso. Y ella, en su infinita paranoia, lo había llamado estafador.
"Mírate, Sofía", pensó. "La gran estratega, huyendo del único hombre que te vio de verdad".
El tráfico de la ciudad empezó a aparecer, los edificios de cristal reflejaban el sol de la tarde, recordándole el mundo donde ambos eran reyes. Pero ahora, ese mundo le parecía vacío si él no estaba en la oficina de al lado, retándola, molestándola o, simplemente, existiendo.