Prometidos por navidad

Capitulo 19

Daniel nunca había sido un hombre de excesos. Su control era su moneda de cambio en los negocios, su mayor activo. Pero esa tarde, mientras el sol de la ciudad se filtraba por los ventanales de su ático, el control se sentía como una jaula. Sobre la mesa de cristal, una botella de whisky de malta, que normalmente duraba meses, estaba ya por la mitad.

No bebía para celebrar; bebía para silenciar la voz de Sofía gritándole en el bosque. Bebía para borrar la imagen de su rostro endurecido por el desprecio justo después de que él le hubiera entregado su verdad más desnuda.

Se dejó caer en el sofá de cuero, mirando el techo. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el fantasma de las manos de Sofía en su pelo, la urgencia de su cuerpo contra el suyo. Había esperado diecinueve meses para esa noche, planeando cada paso, aceptando humillaciones y riesgos absurdos solo para que ella lo viera. Y cuando finalmente lo hizo, cuando finalmente se abrió paso a través de su armadura, ella lo había expulsado como si fuera un parásito.

—Qué imbécil soy —gruñó Daniel al aire, sirviéndose otro vaso.

El alcohol no estaba adormeciendo el dolor; lo estaba volviendo más nítido, más crudo. Se sentía como un estratega que había ganado todas las batallas para descubrir, al final, que el territorio conquistado era un desierto de cenizas.

Su teléfono personal comenzó a vibrar sobre la mesa. Daniel lo ignoró durante cinco llamadas, pero la insistencia era tal que terminó contestando sin mirar la pantalla.

—¿Qué quieres, Arthur? —dijo con la voz rasgada por el alcohol.

—¿Daniel? ¿Qué diablos pasa? Me ha llamado tu secretaria diciendo que has cancelado todas tus citas de la próxima semana —la voz de Arthur, el presidente del consejo de administración, sonaba imperiosa—. Estamos a las puertas de cerrar la fusión con De la Vega. Es el momento de apretar los dientes, no de desaparecer.

Daniel soltó una risa seca, desprovista de humor.

—No voy a ir a la oficina, Arthur. Me voy a tomar unas vacaciones. Largas. Quizás permanentes.

—¿Estás borracho? —Arthur bajó el tono, alarmado—. Escúchame bien: el puesto de Vicepresidente Global tiene tu nombre. El consejo está listo para votar el viernes. Si te vas ahora, si dejas este vacío en medio de la fusión, perderás la oportunidad de tu vida. Se la darán a de la vega o a cualquiera que esté presente.

Daniel miró el vaso en su mano. Durante años, ese puesto había sido su norte, su única meta. Había sacrificado horas de sueño, relaciones y su propia paz por ese título. Pero ahora, con el ático vacío y el sabor de Sofía aún en sus labios, el título se sentía como un trozo de papel mojado.

—Dáselo a Sofía —dijo Daniel, con una calma que lo sorprendió a él mismo.

—¿Qué?

—Has oído bien. Ese puesto se lo merece ella más que yo. Es más inteligente, más tenaz y conoce la empresa mejor que nadie. Yo estoy cansado, Arthur. Cansado de pelear por cosas que no me abrazan por la noche.

—Daniel, vas a arrepentirte de esto cuando se te pase la borrachera...

—Lo que me arrepiento es de no haberlo hecho antes —cortó Daniel—. No me llames más.

Colgó y, en un gesto impulsivo, apagó el teléfono. Lo lanzó al fondo del sofá y se sirvió el último trago. No quería ofertas, no quería felicitaciones y, sobre todo, no quería que la realidad del lunes por la mañana lo encontrara sobrio.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, el coche de Sofía entraba en el garaje de su edificio. El viaje de regreso había sido un monólogo interno de arrepentimiento. Subió a su apartamento, un lugar minimalista y pulcro que de repente le pareció una oficina de hospital: frío y sin vida.

Lo primero que hizo al entrar fue marcar el número de Daniel.

“El teléfono al que llama se encuentra apagado o fuera de cobertura...”

Sofía apretó el móvil contra su frente.

—Contesta, Daniel. Por favor, contesta.

Lo intentó tres, cuatro, diez veces. El silencio del otro lado era una respuesta ensordecedora. La idea de presentarse en su casa cruzó su mente, pero se detuvo. Sabía que él estaría herido, quizás demasiado para escucharla en ese momento. Daniel era un hombre de orgullo inmenso, y ella lo había herido en el único lugar donde él no llevaba protección.

Se quitó los zapatos y caminó por el salón, sintiendo el cansancio de las últimas cuarenta y ocho horas pesando sobre sus hombros como una losa de cemento. Se vio reflejada en el gran ventanal que daba al skyline de la ciudad. Se veía igual que siempre: exitosa, elegante, poderosa. Pero por dentro, se sentía como una impostora.

—Mañana —se dijo a sí misma, con un hilo de voz—. Mañana iré a la empresa. Lo buscaré antes de la primera reunión. No dejaré que se escape.

Se metió en la cama, pero no pudo dormir. El silencio de su habitación le recordaba al de la finca, pero sin la promesa de que él estaría allí al despertar. Se dio cuenta de que su cama siempre había sido grande, pero solo ahora se sentía vacía.
La "farsa" se había convertido en su única realidad deseada. Mientras cerraba los ojos, pidió para que el lunes por la mañana no fuera demasiado tarde para pedirle a su enemigo que volviera a ser el hombre que la amaba en secreto.




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