Prometidos por navidad

Capitulo 20

La mañana en la ciudad tenía un brillo metálico, frío y distante. Sofía cruzó el vestíbulo de la corporación con el paso de una mujer que se dirige a una ejecución, sin saber si ella sería el verdugo o la víctima. No se había maquillado con el cuidado habitual; sus ojeras eran reales y su mirada, fija en las puertas del ascensor, no permitía interrupciones.

Sin embargo, en los pasillos del poder, el silencio es un lujo que se extingue pronto.

En cuanto salió del ascensor en la planta de dirección, se topó con el primer obstáculo. Sandra, del equipo de cuentas, y Marcos, el jefe de creativos, estaban apostados cerca de la máquina de café como buitres esperando el primer signo de debilidad. El aire en la oficina ya estaba viciado por el perfume del chisme corporativo.

—¡Sofía! —llamó Sandra, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Te estábamos buscando. Menudo fin de semana, ¿no? Se rumorea que el aire de la montaña no le sentó nada bien a Daniel.

Sofía se detuvo, sintiendo cómo la mandíbula se le tensaba.

—Tengo mucho trabajo, Sandra.

—Solo queríamos saber si es cierto —intervino Marcos, cruzándose de brazos con una familiaridad que a Sofía siempre le había resultado irritante—. El departamento de IT dice que Daniel envió correos de madrugada. Se dice que va a renunciar a la empresa y, lo que es más fuerte, que abandona el Proyecto Aries.

—Eso significaría que el camino está despejado para ti, Sofía —añadió Sandra, bajando la voz en un tono conspiranoico—. Serías la única opción para la vicepresidencia. La elegida por defecto. Sin Daniel estorbando, el trono es tuyo. ¿No es eso lo que siempre quisiste?

Sofía los miró. Durante años, esa frase habría sido música para sus oídos. Pero en ese momento, la idea de ganar la vicepresidencia simplemente porque Daniel se había retirado herido le provocó una náusea física. La victoria se sentía amarga, sucia.

—Daniel no es un "estorbo" —respondió Sofía, con una voz tan gélida que Sandra dio un paso atrás—. Y si el Proyecto Aries se hunde, nos hundimos todos. Ahora, vuelvan a sus puestos. La empresa no se gestiona sola a base de rumores.

Los dejó atrás, pero las palabras de Marcos seguían martilleando en su cabeza: Daniel va a renunciar.

Caminó por el pasillo hacia el ala este. Cada paso hacia la oficina de Daniel era una tortura. Esperaba verlo allí, detrás de su escritorio de caoba, con su sonrisa arrogante y algún comentario mordaz sobre su vestido o su última decisión financiera. Esperaba que todo lo del bosque hubiera sido una pesadilla.

Pero cuando llegó, la puerta estaba cerrada. No había movimiento. Marta, la secretaria de Daniel que llevaba con él desde sus inicios, estaba sentada frente a su ordenador, con los ojos vidriosos y una expresión de absoluta derrota.

—Marta —llamó Sofía, y su propia voz le sonó extraña, despojada de su autoridad habitual.

La secretaria levantó la vista. La sorpresa inicial de ver a Sofía allí se transformó rápidamente en una lástima que golpeó a Sofía como un bofetón.

—Señorita De la Vega... El señor Daniel no ha venido hoy. Y por lo que entiendo... no vendrá en mucho tiempo.

Sofía sintió que el oxígeno desaparecía de la habitación. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre su bolso de mano.

—¿A qué te refieres con que no vendrá? ¿Está enfermo? ¿Ha tenido un accidente?

Marta negó con la cabeza y suspiró, señalando la oficina vacía.

—Envió un correo a las cuatro de la madrugada renunciando a su candidatura para la vicepresidencia. Pero no se detuvo ahí. Ha solicitado una excedencia inmediata con carácter de renuncia definitiva si no se le concede. El presidente Arthur está furioso, ha estado gritando por teléfono toda la mañana. Daniel ha cortado toda comunicación.

—¿Por qué? —susurró Sofía, aunque ya conocía la respuesta.

—No lo sé con certeza —dijo Marta, bajando la voz—. Pero anoche, cuando me llamó para que le enviara unos archivos personales a su casa, su voz... no parecía la de él. Parecía la de alguien que se había dado por vencido. Me dijo que cuidara de usted, que ahora la empresa estaría en las mejores manos.

Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No era una estrategia de negocios. No era una táctica para que ella lo buscara. Daniel se estaba rindiendo. Estaba tirando por la borda una carrera de una década, el puesto por el que ambos habían sangrado, simplemente porque no podía soportar estar en el mismo edificio que la mujer que le había roto el corazón.

Él no se estaba retirando para que ella ganara; se estaba retirando porque estar cerca de ella, sin ella, era un castigo que no estaba dispuesto a cumplir.

—¿Dónde está? —preguntó Sofía, su voz ahora un hilo quebrado.

—Supongo que en su ático, señorita. Pero no creo que reciba a nadie.

Sofía no esperó a oír más. Se dio la vuelta y corrió hacia los ascensores, ignorando las miradas de los empleados que la veían pasar como un torbellino esmeralda. Sus pulmones ardían y el corazón le golpeaba las costillas con una violencia que casi le impedía respirar.

Al entrar en el ascensor, apretó el botón del garaje con desesperación. Mientras las puertas se cerraban, se vio reflejada en el metal pulido. Ya no era la ejecutiva implacable; era una mujer aterrorizada de haber roto algo que no tenía repuesto.

"No te vayas, Daniel", suplicó mentalmente mientras descendía. "No me dejes sola en este trono que no significa nada si no estás tú para intentar quitármelo".

Recordó el Proyecto Aries, la fusión, el éxito... todo parecía una broma pesada. Se dio cuenta de que la rivalidad con Daniel era lo que le daba sabor a su vida profesional, pero su amor era lo que le daba sentido a su vida personal. Sin él, la vicepresidencia era solo un despacho más grande donde esconder su soledad.

Encendió el motor de su coche y salió al tráfico de la mañana como si fuera una emergencia. Sabía que si no llegaba a tiempo, si Daniel cruzaba esa línea donde el orgullo se convierte en olvido, no habría contrato ni trato familiar que pudiera traerlo de vuelta.




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