Prometidos por navidad

Capitulo 24

El trayecto hacia el apartamento de Sofía fue una extensión de la urgencia que había estallado en la oficina. Daniel conducía con una mano firme en el volante y la otra apretando la de Sofía, como si temiera que ella pudiera desvanecerse si la soltaba. No intercambiaron palabras; el silencio en el coche no era tenso, sino vibrante, cargado de una electricidad estática que hacía que el aire pesara.

La puerta del apartamento de Sofía ni siquiera terminó de cerrarse por completo cuando el estrépito de la pasión los consumió. Daniel la empujó contra la madera noble del vestíbulo, y el sonido seco del impacto fue sofocado por un beso que no tenía nada de tierno. Era un reclamo. Era la descarga de meses de tensión sexual, de odio fingido y de un amor que casi los destruye.

​Las manos de Daniel, grandes y expertas, no perdieron el tiempo. Se hundieron en el cabello de Sofía, deshaciendo el peinado perfecto que ella tanto se había esforzado por mantener esa mañana, mientras sus labios devoraban los de ella con una urgencia que rayaba en la desesperación. Sofía respondió con la misma moneda; sus uñas se clavaron en la nuca de Daniel, tirando de él, exigiendo más, sintiendo el calor abrasador que emanaba de su cuerpo a través de la camisa de seda.

​—No tienes idea... —gruñó Daniel contra su boca, bajando los besos por su cuello hasta morder suavemente el lóbulo de su oreja— de cuántas veces imaginé esto mientras me lanzabas puñaladas en las reuniones.

​—Cállate y hazlo —respondió ella, con la voz rota, mientras le arrancaba la corbata con un tirón violento.

​Se movieron hacia la sala de estar como un solo ser, tropezando con los muebles, incapaces de romper el contacto físico. Los zapatos de tacón de Sofía quedaron tirados en algún lugar del pasillo. Daniel la levantó por los muslos, y ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su deseo contra su vientre.

​La arrojó con firmeza sobre el sofá de cuero blanco. La frialdad del material contra la espalda desnuda de Sofía —pues Daniel ya había logrado bajar la cremallera de su vestido— le arrancó un gemido que fue silenciado por otro beso profundo.

Daniel se deshizo de su camisa, enviando los botones a volar por la estancia, revelando un torso marcado por la tensión y el sudor.

​Cuando la piel de Daniel tocó la de Sofía, el mundo pareció estallar. Él se abrió paso entre sus piernas, separando la fina lencería de encaje con una impaciencia febril. Sus dedos la exploraron con una posesión absoluta, encontrándola húmeda y lista, vibrando por él.

Sofía arqueó la espalda, entregándose sin reservas, sintiendo que cada caricia de Daniel borraba el dolor de la noche anterior.

​—Eres mía, Sofía —susurró él, con los ojos oscurecidos por la lujuria mientras se hundía en ella con un movimiento firme y decidido—. Siempre fuiste mía.

​El encuentro en el sofá fue crudo y rítmico. Cada estocada de Daniel era una palabra que no se habían dicho: te quiero, te odio, no me dejes. Sofía se aferraba a sus hombros, con la cabeza echada hacia atrás, dejando que los espasmos del placer la recorrieran mientras sus cuerpos chocaban con un eco carnal que llenaba el silencio del ático.

​Agotados pero insaciables, Daniel la cargó en brazos hacia el dormitorio principal. La luz de la tarde entraba por los ventanales, bañando la cama de un tono ámbar. Allí, el ritmo cambió. Ya no era solo urgencia; era un reconocimiento.

​Daniel la recostó sobre las sábanas de seda y se tomó el tiempo de besar cada centímetro de su cuerpo, desde los tobillos hasta la cicatriz invisible en su corazón. Sofía se sentía vulnerable, despojada de su armadura de ejecutiva, pero en los brazos de Daniel esa vulnerabilidad era su mayor fuerza.

​—Perdóname —susurró ella, mientras Daniel la penetraba de nuevo, esta vez con una lentitud que la hacía delirar—. Perdóname por ser tan tonta... por el silencio.

​—Shh —la calló él, uniendo sus manos por encima de la cabeza de ella, entrelazando los dedos—. El silencio se acabó, Sofía. Escúchame bien: Te amo. Te amo más de lo que amo mi propia carrera.

​—Te amo, Daniel —respondió ella, rompiendo finalmente a llorar, no de tristeza, sino de liberación—. Te amo tanto que me asusta.

​Se perdieron el uno en el otro durante horas. El sexo se volvió una conversación fluida; a veces tierno, a veces salvaje, siempre posesivo. Daniel la reclamaba con cada caricia, marcando su territorio, y Sofía se lo permitía, sabiendo que ella hacía lo mismo con él.

En la penumbra de la habitación, sus cuerpos entrelazados eran el único contrato que realmente importaba.

​Finalmente, el cansancio los llevó al baño principal. Daniel encendió la ducha de lluvia y la llevó bajo el agua caliente. El vapor llenó la estancia rápidamente, creando un santuario privado.
​Sofía se apoyó contra los azulejos fríos mientras el agua golpeaba sus hombros. Daniel se colocó detrás de ella, envolviéndola con sus brazos, frotando jabón sobre su piel con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de antes.

​—Nunca más —dijo él, besando su nuca húmeda—. Nunca más dejes que este trabajo nos haga olvidar quiénes somos cuando las luces se apagan.

​Sofía se giró en sus brazos, dejando que el agua corriera entre sus rostros. Le puso las manos en las mejillas, mirando al hombre que había sido su mayor rival y que ahora era su hogar.

​—Lo prometo —dijo ella con voz firme—. Seremos los mejores en esa empresa, Daniel. Pero aquí, seremos solo nosotros.

​Se besaron bajo el agua, un beso largo y profundo. Se lavaron mutuamente, eliminando no solo el sudor y el cansancio, sino también los restos de la desconfianza. Cuando salieron de la ducha, envueltos en toallas blancas, el mundo corporativo parecía un recuerdo lejano y sin importancia.

​Daniel la llevó de vuelta a la cama y se quedaron dormidos abrazados, piel con piel, con la certeza de que mañana, cuando entraran a la oficina, el mundo tendría que apartarse para dejarlos pasar.




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