Prometidos por navidad

Capitulo 25

La mañana siguiente no tuvo el brillo gélido del lunes. Para Sofía y Daniel, el aire de la ciudad se sentía por fin respirable. Entraron en el vestíbulo de la corporación no como dos depredadores acechando la misma presa, sino como un frente unido.

Daniel sostenía la mano de Sofía con una firmeza que no dejaba lugar a dudas; las palmas unidas eran el comunicado oficial que la empresa estaba a punto de recibir.

Cerca de la máquina de café, el "comité de vigilancia" ya estaba en posición. Sandra sostenía un latte de soja como si fuera un cetro y Marcos revisaba su reloj con impaciencia.

—Hagan sus apuestas —murmuró Sandra, sin apartar la vista de la entrada—. Yo digo que ella viene con los papeles del divorcio antes de la boda y él viene con una escolta para sacarla del edificio. Lo de ayer fue un apocalipsis.

—No sé yo —replicó Marcos, ajustándose la corbata—. La cara que tenía Daniel cuando la siguió... eso no era furia corporativa, Sandra. Eso era "voy a quemar el mundo si no me perdona". Pero de ahí a que vuelvan hoy...

En ese momento, las puertas automáticas se abrieron. El murmullo de la oficina murió instantáneamente. El sonido de los tacones de Sofía, que normalmente era una declaración de guerra, hoy sonaba rítmico, acompasado con el paso firme de Daniel. Iban de la mano. No solo eso: Daniel le susurró algo al oído y Sofía soltó una carcajada que dejó a Sandra con la boca abierta.

—¿Estás viendo lo que yo veo? —susurró Marcos, casi atragantándose con su café—. ¿Están... riendo? ¿Juntos?

—Imposible —dijo Sandra, entornando los ojos—. Es una táctica. Una maniobra de relaciones públicas para que Arthur no los despida por inestables. Mira la mano de ella, ¡no lleva el anillo! Se los dije, se acabó el juego.

Daniel se detuvo justo frente a ellos. Su mirada ya no era la de un hombre demacrado, sino la de un general que acaba de ganar la guerra más importante de su vida.

—Sandra, Marcos —dijo Daniel con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, pero que desbordaba confianza—. Dejen de analizar nuestra vida como si fuera un gráfico de Excel. A la sala de juntas. Ahora mismo.

Tenemos algo que decirles a todos.
La Sala de Juntas: La gran verdad
La sala se llenó en tiempo récord. El aire estaba tan cargado de curiosidad que casi se podía tocar.

Sandra y Marcos se sentaron en la última fila, cuchicheando como adolescentes en clase de historia.

—Mira a Sofía —cuchicheó Sandra—. Ese brillo no es de iluminador caro, es de... otra cosa. ¿Viste el cuello de Daniel? Me parece que el corrector de ella no hizo milagros con esa marca de ahí.

—¡Sandra, por Dios! —rio Marcos por lo bajo—. Pero tienes razón. Aquí ha pasado de todo menos una ruptura.

El presidente Arthur entró en la sala, con su habitual cara de haber desayunado limones, y se sentó en la cabecera.

—Daniel, Sofía... —gruñó Arthur—. Espero que este "anuncio urgente" no sea para decirme que han decidido adoptar un gato. Tenemos un trimestre que salvar.

Daniel dio un paso al frente, ignorando el sarcasmo del jefe. Miró a los presentes, deteniéndose especialmente en los rostros de los que más habían chismeado.

—Antes de hablar de números —comenzó Daniel, y su voz llenó la sala—, hay que limpiar el aire. Durante meses, muchos de ustedes —miró directamente a Sandra— han especulado sobre nuestro compromiso. Y tienen razón en algo: empezó como un trato. Una tregua armada entre dos rivales que se deseaban pero que eran demasiado cobardes para admitir que se necesitaban. Queríamos ver quién ganaba la silla de la vicepresidencia usando el corazón del otro como moneda de cambio.

Un "¡Lo sabía!" escapó de los labios de Sandra en un susurro emocionado hacia Marcos.

—Pero —continuó Daniel, y su tono se volvió profundo, cargado de una emoción que hizo que el silencio fuera absoluto— el juego se rompió hace mucho tiempo. Porque la verdad es que yo no necesité un contrato para caer. He estado enamorado de Sofía de la Vega desde el primer día que la vi.
Me enamoré de la mujer que me gritaba en las reuniones, de la que me robaba las ideas y de la que me obligaba a ser mejor solo para estar a su altura. He pasado meses fingiendo que esto era una partida de ajedrez, cuando en realidad, cada movimiento era solo una excusa para no perderla.

Sofía sintió que las lágrimas asomaban, pero no las ocultó. Daniel se giró hacia ella, metiendo la mano en su bolsillo. Sacó una caja de terciopelo azul que brillaba bajo las luces fluorescentes de la oficina.
Frente a Arthur, frente a los chismosos de cuentas y creativos, Daniel se hincó de rodillas.

—Sofía, aquel anillo fue un negocio. Este es una vida. Eres la mujer de mis sueños, mi rival favorita y el amor de mi vida. ¿Quieres ser mi esposa, de verdad, sin contratos de por medio?

Sofía no pudo evitarlo. Se lanzó a sus brazos antes de que él pudiera terminar de abrir la caja.

—¡Sí! ¡Mil veces sí, idiota! —exclamó ella entre risas y lágrimas.

Los aplausos estallaron. Sandra, olvidando su papel de escéptica, se puso de pie gritando un "¡Bravo!" que se oyó hasta en el garaje, mientras Marcos aplaudía con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Ves! —le gritó Marcos a Sandra sobre el ruido—. ¡Te dije que no eran papeles de divorcio!

—¡Cállate, Marcos, que esto es mejor que Netflix! —respondió ella, secándose una lagrimita de emoción.

El beso que siguió fue el sello final. No fue un beso de oficina; fue un beso de dos personas que habían encontrado su hogar en medio de un campo de batalla.

Sin embargo, el sonido de un puño golpeando la mesa de madera noble cortó la euforia. Arthur se puso de pie, ajustándose la chaqueta con una expresión de absoluta seriedad.

—Muy bonito —dijo Arthur con voz gélida—. Realmente conmovedor. Si terminamos con la comedia romántica, ¿podemos volver a la realidad? Tienen el Proyecto Aries a medio gas, un mercado que no espera y una junta de accionistas que no acepta "besos y abrazos" como dividendos. A trabajar. ¡Todos! ¡Ahora!




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