Prometidos por navidad

Capitulo 26

El ático de Daniel se sentía más cálido que nunca, aunque la tensión esta vez era de una naturaleza distinta: una mezcla de nerviosismo doméstico y la adrenalina de quien está a punto de soltar una bomba en una junta de accionistas. Sofía estaba sentada junto a él en el sofá de cuero, con la tableta apoyada en la mesa de centro y una copa de vino en la mano para armarse de valor.

—¿Estás lista para el caos? —preguntó Daniel Vaughn, ajustando la cámara y asegurándose de que el encuadre fuera perfecto.

—He negociado con fondos buitre en Wall Street, Daniel. Creo que puedo manejar a nuestras familias —respondió ella, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con el deslumbrante diamante que ahora descansaba en su mano.

La pantalla se dividió en dos. En el cuadrante superior aparecieron los Vaughn: los padres de Daniel, que vivían en la ciudad vecina.

En el inferior, los De la Vega: un clan ruidoso y apasionado que aparecía conectado desde el porche de su inmensa casa de campo, con el sonido de los grillos y el viento entre los árboles de fondo.

—¡Hola a todos! —anunció Daniel con una sonrisa que no podía ocultar su orgullo—. Tenemos noticias. Sofía y yo nos casaremos. De verdad. Esta vez es real.

El silencio que siguió fue digno de un estudio sociológico.

En la pantalla de los Vaughn, el padre de Daniel, un hombre de negocios de la vieja escuela, dejó su vaso de whisky sobre la mesa con un golpe seco. Su madre, Eleanor, se inclinó tanto hacia la cámara que sus perlas chocaron contra el escritorio.

—¿Con... con Sofía de la Vega? —balbuceó Eleanor, ojeando a su hijo como si buscara síntomas de una fiebre tropical—. ¿La mujer que según tú tenía "el instinto asesino de un tiburón y la empatía de una piedra"? Daniel, querido, estamos en la ciudad vecina, podrías haber venido a decirnos esto para que te tomáramos la temperatura.

—¡Eleanor, por favor! —intervino el señor Vaughn—. Es... es una sorpresa. Pensamos que la rivalidad por la vicepresidencia terminaría en los tribunales, no en el altar.

En el otro cuadrante, el ambiente era radicalmente opuesto. Los De la Vega, rodeados del aire puro del campo, estallaron en risas. Pero no eran risas de sorpresa, sino de absoluta complicidad.

—¡Ay, por fin! —exclamó la madre de Sofía, brindando hacia la cámara con una copa de vino tinto—. Hija, ya era hora de que el "contrato de actuación" se convirtiera en algo real. ¡Te lo dije! Se empieza fingiendo por el puesto y se termina compartiendo la cuenta bancaria. ¡Ese muchacho Vaughn siempre tuvo ojos de cordero degollado cuando te miraba!

Daniel frunció el ceño, mirando a Sofía con fingida indignación.

—¿Ellos lo sabían? ¿Todo el tiempo?
—Les dije que era una farsa cuando te viniste —confesó Sofía con una mueca de disculpa—. No podía mentirles más.

—¡Bueno, bueno! —intervino el padre de Sofía, golpeando la barandilla de madera—. El punto es que ahora el amor es auténtico. Y como ya perdimos mucho tiempo con ese jueguito de ser archirrivales, hemos decidido que la boda tiene que ser inmediata. ¡Mañana mismo si es posible!

—¡Exacto! —secundó Eleanor Vaughn desde su apartamento en la ciudad—. He estado mirando el calendario... la última semana de enero es perfecta. Una boda de invierno, aquí en Nueva York, muy exclusiva.

—¡Enero es muy pronto y hace un frío espantoso en la ciudad! —gritó la madre de Sofía—. ¡Traigan a todo el mundo a la casa de campo en febrero! San Valentín entre los viñedos. Sería el cierre de marketing perfecto.

Sofía y Daniel se miraron. El tono de la videollamada estaba pasando de una felicitación familiar a una agresiva planificación logística coordinada por dos matriarcas con ansias de control.

—¡Un momento! —interviniendo Sofía, alzando la voz y recuperando ese tono de mando que solía usar para cerrar tratos de ocho cifras—. ¡Silencio en la sala!

Las dos familias se callaron de golpe. Sofía se enderezó, mirando fijamente a la cámara, transmitiendo una autoridad que no admitía réplicas.

—Agradecemos el entusiasmo, de verdad —comenzó Sofía—. Pero mi boda no va a ser un evento de marketing, ni un parche para la estabilidad de la empresa, ni una carrera de obstáculos para satisfacer sus agendas. Daniel y yo hemos pasado más de un año entero fingiendo, corriendo tras metas y compitiendo por quién llegaba primero. No voy a casarme con prisas solo porque a ustedes les parezca conveniente para el trimestre fiscal o la imagen de la familia.

Daniel asintió, rodeando los hombros de Sofía con su brazo.

—Tiene razón. Queremos disfrutar esto. Nada de bodas rápidas en enero o febrero. No somos un lanzamiento de producto.

—¿Entonces cuándo? —preguntó la señora Vaughn, visiblemente decepcionada—. No querrán esperar hasta el verano, el presupuesto de las flores se dispara...

Sofía miró a Daniel y una sonrisa cómplice, cargada de una paz que no habían tenido en años, nació entre ellos. Un año. Un año entero para ser novios de verdad, para viajar sin maletines, para pelear por quién elige la película y no por quién redacta el acta de la reunión.

—Si para ustedes la mejor fecha es Año Nuevo —dijo Sofía con voz firme y divertida—, entonces tendrán que esperar exactamente un año. Nos casaremos el próximo Año Nuevo.

—¿¡Un año!? —gritaron las dos familias al unísono, los Vaughn en la ciudad y los De la Vega en el campo.

—Un año —confirmó Daniel Vaughn—. Queremos que sea la fiesta más grande que esta ciudad haya visto, pero a nuestro ritmo. Sin presiones de Arthur, sin contratos de por medio, sin trucos. Solo nosotros. Así que, si quieren organizar algo, tienen 365 días para ponerse de acuerdo. Y más les vale que sea perfecto, porque no aceptaremos menos que la excelencia.

Los padres empezaron a protestar, a proponer fechas intermedias y a hablar de "la ventana de oportunidad", pero Daniel simplemente alargó la mano y cerró la tapa de la computadora portátil con un movimiento suave.




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