El ritmo de la De la Vega Vaughn no se detenía, pero las reglas del juego habían cambiado para siempre. Tres meses después de la boda, la jerarquía de la empresa lucía por fin equilibrada, aunque no exenta de su habitual chispa competitiva. Sofía Vaughn ocupaba la silla de la vicepresidencia con una elegancia que intimidaba a los nuevos pasantes, mientras que Daniel Vaughn ejercía como el suplente de la vicepresidencia y director estratégico.
Esa mañana, el aroma a café de especialidad y a cuero nuevo impregnaba el ala este. Sofía estrenaba su oficina definitiva: un santuario de cristal y mármol con una vista panorámica de Central Park que cortaba el aliento. Ella estaba de pie frente al inmenso ventanal, ajustándose el reloj, cuando la puerta se abrió sin que nadie anunciara la visita.
Solo una persona se atrevía a entrar así.
Daniel entró con ese caminar despreocupado que todavía hacía que el corazón de Sofía diera un vuelco. Cerró la puerta con un clic sonoro y se apoyó contra ella, observando a su esposa en su nuevo hábitat.
—Nada mal, socia —dijo Daniel, recorriendo con la mirada el escritorio de diseño—. Pero le falta algo a esta oficina. Se siente demasiado... estéril. Demasiado profesional.
Sofía se giró, arqueando una ceja con esa sonrisa desafiante que él tanto amaba.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sugieres, señor suplente? ¿Un cuadro más grande? ¿Más plantas?
Daniel se acercó a ella con paso lento, acortando la distancia hasta que pudo rodearle la cintura con sus brazos. El calor de su cuerpo atravesó la seda del vestido de Sofía.
—Sugiero estrenarla como manda la tradición —susurró él, bajando la voz hasta convertirla en una caricia—, o al menos como nuestra tradición lo exige. Quiero que cada vez que te sientas en ese escritorio para cerrar un trato de millones, recuerdes exactamente lo que pasó aquí esta mañana.
Daniel no esperó respuesta. La besó con una intensidad que borró de golpe cualquier pensamiento sobre el Proyecto o las acciones del trimestre. Sus manos bajaron por la espalda de Sofía, presionándola contra él, mientras ella enredaba sus dedos en el cabello de él, tirando de Daniel con una urgencia que nunca se apagaba. El aire en la oficina empezó a volverse pesado, eléctrico, y Daniel la levantó con facilidad para sentarla sobre el mármol frío del escritorio nuevo.
—Daniel... estamos en horario laboral —jadeó ella, aunque sus manos ya estaban desabrochando los botones superiores de la camisa de su marido.
—Soy el suplente —murmuró él contra su cuello—. Mi trabajo es suplir cualquier necesidad que tengas.
Justo cuando Daniel bajaba el tirante del vestido de Sofía y la temperatura amenazaba con hacer estallar los cristales, un golpe rítmico y molesto sonó en la puerta. Antes de que pudieran reaccionar, la puerta se abrió.
Sandra y Marcos entraron como Pedro por su casa, cargando una montaña de carpetas y hablando al unísono.
—¡Sofía! El informe de sostenibilidad tiene un error en la página... —empezó Sandra, pero se quedó muda al ver la escena.
Marcos se detuvo en seco, con la boca abierta y una carpeta a medio caer. Daniel se separó de Sofía lentamente, con una calma letal, mientras ella se ajustaba el vestido y se bajaba del escritorio con una dignidad que solo una De la Vega podía mantener en tal situación.
—¿Saben? Existe algo llamado "tocar a la puerta" —dijo Daniel, con los ojos echados fuego y la camisa medio desabrochada—. Fuera de aquí. Ahora mismo. Consideren esto su última advertencia antes de que firme sus cartas de despido personalmente.
Sandra, lejos de amilanarse, se cruzó de brazos y soltó una risita nerviosa pero desafiante.
—A ver, por favor. Estamos en una corporación de clase mundial. Este no es lugar para tener sexo, ni para estrenar muebles de esa manera. Hay protocolos de conducta.
Sofía, que ya había recuperado su compostura de hierro, caminó hacia ellos con una sonrisa gélida que hizo que Marcos diera un paso atrás.
—¿Protocolos de conducta, Sandra? —preguntó Sofía, cruzándose de brazos—. Eso es curioso viniendo de ti. ¿O prefieres que hablemos del "protocolo" que usaron tú y Marcos en el archivo del sótano el martes pasado? ¿O de lo que pasó en el ascensor de servicio durante la fiesta de Navidad?
Sandra y Marcos se pusieron rojos como tomates. El silencio en la oficina se volvió tan incómodo que se podía oír el zumbido de las computadoras.
—Creo que —intervino Marcos, aclarándose la voz frenéticamente— ese es un tema... privado. Totalmente diferente.
—Exacto —sentenció Sofía—. Así que la próxima vez que quieran dar lecciones de moralidad, asegúrense de que su historial esté limpio. Ahora, dejen esas carpetas en la entrada y lárguense antes de que Daniel cumpla su amenaza.
Los dos empleados salieron de la oficina haciéndose los sordos, murmurando cosas sobre "favoritismos familiares" y "abuso de poder", pero sin mirar atrás y prácticamente corriendo hacia el ascensor.
Daniel soltó un suspiro de frustración y miró a Sofía, que ahora se reía en voz baja mientras se terminaba de arreglar el cabello.
—Me han arruinado el momento, Sofía. Estaba a punto de hacer que ese escritorio fuera histórico.
Daniel se acercó, la tomó de la mano y miró su reloj de pulsera.
—¿Sabes qué? Se acabó. Ya es hora del almuerzo —dijo él, tirando suavemente de ella hacia la puerta—. Y después del almuerzo, quiero mi postre. Vámonos a casa.
—Daniel, tengo una reunión con los inversores a las dos —protestó ella, aunque ya estaba buscando sus llaves.
—Diles que la vicepresidente está en una auditoría externa de bienestar con su suplente favorito.
Salieron del edificio como dos adolescentes escapando de clase. Al llegar a su hogar, el ambiente cambió. No fueron directo al dormitorio; se quedaron en la cocina, el lugar donde habían aprendido a ser humanos el uno con el otro.
Daniel puso música en los altavoces —un jazz suave que llenó la estancia— y sacó los ingredientes para preparar una pasta artesanal. Mientras el agua hervía, Sofía se acercó a él por detrás, rodeando su cintura. Empezaron a moverse al ritmo de la música, bailando entre los fogones y el aroma a albahaca fresca.