Prometidos por navidad

Capitulo 30

El invierno había regresado, pero esta vez el frío no se sentía punzante, sino acogedor. Sofía de la Vega Vaughn estaba sentada tras su imponente escritorio de mármol, el mismo que Daniel había intentado "estrenar" meses atrás, pero no estaba revisando proyecciones financieras ni contratos de logística.

Su mirada estaba perdida en el horizonte gris de la ciudad, mientras su mano derecha, de manera casi inconsciente, descansaba sobre su vientre todavía plano.

Llevaba tres días con la noticia quemándole el pecho. Ella, la mujer que tomaba decisiones de millones de dólares en segundos, se sentía paralizada ante un pequeño trozo de plástico con dos líneas rosadas.

Tenía miedo, una vulnerabilidad nueva que no sabía cómo procesar. ¿Sería una buena madre? ¿Cómo encajaría un bebé en la vida de dos adictos al trabajo como ellos? Pero, sobre todo, ¿cómo se lo diría a Daniel?

Había guardado la prueba de embarazo en el cajón superior de su escritorio, envuelta en un pañuelo de seda, esperando el momento "perfecto" que nunca parecía llegar.

De pronto, la puerta de su oficina se abrió de par en par. No fue un golpe brusco, sino una entrada llena de una energía inusual. Daniel entró con una sonrisa que parecía iluminar hasta el rincón más oscuro del despacho. No traía carpetas, ni su tableta, ni el gesto serio del estratega. Traía una luz en los ojos que Sofía no supo identificar de inmediato.

—Sofía, no vas a creerlo —dijo él, acercándose a ella sin rodeos—. He tenido una mañana frenética con los proveedores, pero no he dejado de pensar en lo que soñé anoche. Se me olvidó contártelo con las prisas del desayuno.

Sofía se tensó ligeramente, forzando una sonrisa profesional para ocultar el temblor de sus manos.

—¿Un sueño, Daniel? No sabía que ahora eras de los que daban importancia a los sueños.

Daniel se rodeó el escritorio y se sentó en el borde, justo al lado de ella, invadiendo su espacio personal con esa familiaridad que era su sello. Le tomó la mano y su expresión se volvió inusitadamente tierna, casi mística.

—Fue tan real, Sofía... —susurró él, bajando el tono de voz—. Estábamos en la casa de campo, en el porche. No había teléfonos, ni correos, ni ruidos de la ciudad. Y yo tenía a una niña en mis brazos. Era pequeña, tenía tu mismo cabello oscuro y unos ojos que me miraban como si yo fuera el centro del universo. Podía oler su piel, sentía su peso... Nunca había sentido una paz así. Me desperté con el corazón acelerado, buscándote.

Daniel suspiró, con una ilusión tan pura que parecía un hombre distinto al ejecutivo agresivo que el mundo conocía.

—Sé que suena a locura, y que siempre dijimos que el trabajo era nuestra prioridad, pero verla ahí, verla con nosotros... Fue como si por fin entendiera para qué hemos estado construyendo todo este imperio.

Sofía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Las palabras de Daniel fueron el detonante final. La coraza de la "vicepresidente implacable" se desmoronó por completo. El nudo que llevaba días apretándole la garganta se soltó y, antes de que pudiera articular palabra, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas de forma imparable.

—¿Sofía? ¿Qué pasa? Lo siento, no quería presionarte con temas de familia si no estás lista... —dijo Daniel, alarmándose al instante y tomando su rostro entre sus manos—. Perdóname, soy un idiota, sé que estamos en medio del cierre del trimestre...

—No es eso —logró decir ella entre sollozos.

Con la mano temblorosa, Sofía abrió el cajón de su escritorio. Apartó los informes y sacó el pañuelo de seda. Con un movimiento lento, como si estuviera entregando el secreto más valioso del mundo, le tendió la prueba de embarazo.

Daniel se quedó petrificado. Sus ojos pasaron del rostro empapado de Sofía al objeto en su mano. El silencio que se hizo en la oficina fue el más denso y sagrado que jamás hubieran compartido. Cuando sus ojos captaron las dos líneas rosadas, el mundo pareció detenerse.

—¿Es... es en serio? —susurró Daniel, y su voz se quebró por completo.

Sofía asintió, incapaz de dejar de llorar. Daniel soltó una risa nerviosa que terminó en un sollozo ahogado. Se levantó y la rodeó con un abrazo tan fuerte y protector que Sofía sintió que, por primera vez en su vida, no tenía que sostener nada sola. Daniel lloraba sobre su hombro, ocultando el rostro en su cuello, dejando que la emoción lo desbordara.

—Vas a ser papá, Daniel —dijo ella, aferrándose a su espalda.

—No puedo creerlo... mi sueño, Sofía. Mi sueño era real —decía él, separándose apenas unos centímetros para besarle la frente, los ojos y los labios con una devoción infinita—. Es lo mejor que nos ha pasado. Es mejor que cualquier ascenso, mejor que cualquier victoria.

Daniel se apartó un poco y, con un instinto que lo transformó en ese mismo instante, la miró con una seriedad nueva, cargada de cuidado.

—A partir de ahora, se acabó el estrés. Voy a hablar con Arthur, vas a delegar la mitad de tu carga. Tienes que descansar más, Sofía. No quiero que pases diez horas al día aquí metida.

—Daniel, soy la vicepresidente, no una enferma —rio ella a través de las lágrimas.

—Eres la mujer que lleva a mi hija —o a mi hijo— dentro, y me importa un bledo la jerarquía de la empresa ahora mismo. Mañana mismo reorganizamos tu agenda.

Esa noche, el apartamento se sentía diferente. Ya no era solo un refugio de lujo; se estaba convirtiendo en un nido. Daniel se había comportado de manera exageradamente atenta durante todo el trayecto: le abrió la puerta del coche como si fuera de cristal, le quitó el abrigo con una lentitud ceremonial y preparó una cena ligera asegurándose tres veces de que todo fuera orgánico y saludable.

Después de cenar, se acomodaron en el sofá frente al ventanal que daba a las luces de Manhattan. Sofía estaba recostada contra el pecho de Daniel, envuelta en una manta de lana. El silencio era cómodo, lleno de una expectativa dulce.




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