Prophet3

Capítulo 10: Kriptonita

Un día después de instalarse en el orfanato-iglesia de El Pueblito, comenzó el entrenamiento de los tres novatos.

Kyōko disfrutaba su papel de sargento instructor: gritaba, se burlaba de sus debilidades y los castigaba con varas y piedras. Por supuesto, sólo cuando el padre Iram y el tío Leo no estaban cerca.

Shisa “Hawk” y Vanessa “Tsuru” la ayudaban a diseñar pruebas y ejercicios, además de servir como compañeros de combate. La instrucción recibida en el Refugio Bondel les parecía patética, propia de un “mc dojo*”.

— Maldición. No entienden el honor que tienen —meditaba Hawk, detrás de su prima, mientras esta entrenaba a los candidatos de Aztlán.

— Chiaaa… Esto es todo, Swiper —se burló Nazz, dejando las piedras que había cargado durante cuatro kilómetros. Setenta kilos en total.

Ángela cruzó la meta detrás de él. Jim apareció un minuto después.

— Ya les dije que no nací para esto… ¡Necesito regresar a mi investigación! —protestó, sujetándose la espalda.

Día tras día, la viborilla reducía su tiempo. Nazz terminaba riéndose y Angie apenas sudaba; Jim, en cambio, cruzaba la meta deshecho. Por las noches sufría escalofríos y espasmos musculares.

— Ya, no es para tanto, lombriz —, bromeó el cuervo, dándole una palmada—. Te está sirviendo. Ya necesitabas salir de tu madriguera… Olía a madres.

Se tapó la nariz como si fuera un pico.

— ¡No, eran los químicos y las muestras! — Jim se apresuró a aclarar, preocupado por la impresión que pudiera llevarse Ángela.

Después de tres días, la atleta seguía cordial, aunque mantenía cierta distancia. No olvidaba lo que había visto en el bosque.

— Un Vigilante de élite les regala su tiempo y así se lo agradecen… —Hawk negó con la cabeza—. ¿Saben siquiera que Kyōko-senpai está entre las veinte mejores Tríadas del mundo?

Para él, su prima era un modelo de honor y disciplina, como Ikki-sensei, quien había enseñado a Nazz. Ver a su hermano de armas convertido en un muchacho despreocupado lo decepcionaba.

Durante los días siguientes, evaluó en silencio a los novatos. Debía presentar un informe al cumplirse una semana.

Belmonte-chan es la más disciplinada. Una campeona… Si tan solo entendiera que este trabajo no es temporal.

Registraba sus observaciones en el brazalete mientras Ángela recorría la pista de obstáculos que había construido con su hermana, cerca de la entrada secreta a la iglesia. La atleta volaba entre trampas con la gracia de una campeona, acostumbrada a ser calificada.

Jim, en cambio, analizaba cada mecanismo y aprovechaba sus puntos débiles para desmontarlo sin destruirlo. Se deslizaba entre ellos como agua por un río.

— Sainz-san, cuando te lo propones eres impresionante —, lo felicitó Hawk—. Tu agudeza será clave en una infiltración. Ni una gota de sudor. ¿Lo tomas como un crucigrama?

Jim fingió bostezar y se sentó en una piedra.

— Es fácil. Tu diseño es rudimentario y predecible —, fanfarroneó, cada vez más confiado. También quería impresionar a Ángela.— ¡Ya, usa la cabezota, Nazz!

— ¡Vamos, Nazz! ¡Tú puedes! —lo animó la señorita, molesta por las burlas.

Hawk encontró en ella una mediadora natural, muy útil para la misión.

— ¡Cállate, nerdo! —Nazz cortó la cuerda que lo mantenía colgado entre los árboles. Cayó y corrió como un bulldozer, arrollando los obstáculos hasta salir con algunos raspones.

Todo quedó hecho pedazos.

— ¡Baka! ¡Mi pista! —Vane corrió a darle un coscorrón—. ¡La reconstruirás como castigo!

Aquella noche, los tres novatos reclamaron a la comandante.

— ¿Ya es suficiente, entrenadora? Porfis, quiero ver a mi hermana —rogó Ángela.

— Ya, zorrita. Déjanos ir —Nazz apoyó el codo en el hombro de Kyōko—. ¡Son las diez! Hasta tu papi chulo sabía cuándo detenerse.

— ¡En serio, Kyōko-sensei! —Jim dejó caer el costal—. Necesito tiempo para mis cálculos. ¿Acaso Veh no le explicó la importancia de nuestro trabajo? ¡Esto es más grande que cualquier cacería de narcos!

— Sí, ya déjalo ir… Tiene que terminar la cura —Ángela rompió el silencio que había mantenido con Jim y juntó las manos en súplica.

Día tras día se repetía lo mismo, hasta agotar la paciencia de Shisa y Kyóko.

A pesar de su progreso anormal, los niños seguían comportándose como si aquello fuera un campamento escolar. No comprendían que, tras la desbandada de la Tríada de Fray Misterio, su pueblo estaba desprotegido. Híbridos y personas normales morían cada día.

¿Cómo iban a enfrentarse al Elfo si se rendían ante simples ejercicios?

Por eso, cuando Kyōko le ordenó neutralizar a Ángela, Hawk aceptó sin chistar. Debían comprender el peligro del campo de batalla antes de que fuera demasiado tarde.

Aunque solo sobreviviera Nazz…

Le dolía siquiera pensarlo. Pero su hermano había vivido como Vigilante; corregirlo sería sencillo. Los otros dos no eran guerreros y ya eran demasiado mayores para inculcarles su doctrina. Quizá era preferible que terminaran heridos e incapaces de continuar, antes que ser capturados y torturados por el traficante de alterados que debían cazar.

Hawk apretó los puños. Cumpliría la orden de su líder.

Cubierto por el humo de su Despertar, apareció en un destello dorado y cortó el antebrazo derecho de Ángela. Se teletransportó y atacó el pecho de Jim, convirtiéndose en una tormenta de arañazos que cubrió a ambos.

No eran los únicos que habían crecido durante el entrenamiento.

— ¡Ángela! —, chilló Amaya al oírla sufrir, pero Nazz la sujetó del brazo.

— Espera, espera, güerita —. La rubia lo miró. El cuervo contemplaba la nube negra con sus intensos ojos grises, mortificado. — Ellos pueden hacerlo… Lo sé —, apretó los puños temblorosos—. ¡Vamos, mensos! ¡Son más fuertes de lo que piensan!

Angie apenas podía mantenerse en pie. Jim, con la respiración entrecortada, intentaba cubrirla.




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