El olor de las veladoras y los suaves rezos del rosario de la tarde reñian con el sopor de la tarde, Rafael ocupaba el despacho cural indeciso una vez más sobre la verdadera personalidad de Fabricio, temía alertar a su padre y crear más tensión en la ya dañada relación que tenían ambos hombres, pero si había alguien capaz de poner freno a Fabricio era Matteo Palermo. Por el bien de Luciano, su hijo y Marisella no podía seguir callando.
Debía demasiado a los Palermo, especialmente a Eloisa Ayala, una Española que decidió adoptarlo luego de conocerlo en un orfanato español al que fue en busca de una criatura al desistir de embarazarse nuevamente después de que su primer y único embarazo le costará casi la vida.
El habia sido una de los tantos pequeños que abandonan a las puertas de un orfanato, nunca supo quienes eran sus padres y a estás alturas ya no le interesaba saberlo, para el su única madre había sido esa buena mujer con la que había hecho buenas migas desde el primer instante y había decidido adoptarlo a pesar de contar con 8 años de edad.
Recordaba el dolor y el anhelo al ver cómo adoptaban a los niños más pequeños y aquellos como él que sobrepasaba los 5 años eran dejados a un lado por parejas que no entendían que ellos también tenían el derecho y la necesidad del amor de una familia.
Las voces del pasado se hacían presente y susurraban en el silencio....
—Rafael, han venido nuevas parejas interesadas en adoptar, sor Renata quiere vernos en el salón principal.
—Es inútil, esas parejas quieren niños de cuna.
—Pero, Sor Renata dice...
—Las intenciones de Sor Renata son buenas, Felipe, pero nunca surten efecto, si quieres, ve tú, pero si pregunta por mí dile que no sabes donde me metí —había respondido sin ningún interés, para luego sumergirse en la lectura del último libro que había tomado prestado de la biblioteca.
—Buenos días, muchacho, ¿podrías indicarme dónde queda la oficina de la dirección? Creo que me perdí —levantó la mirada y se encontró parada frente a él a una señora muy bella y elegante.
—Buenos días, claro que sí, tiene que seguir hasta el fondo, luego doblar a la izquierda, subir las escaleras y ...
—Disculpa que te interrumpa pequeño, pero soy un lío cuando de orientarme se trata, ¿podrías acompañarme?, ¿por favor?
—No se preocupe, las hermanitas nos enseñan que debemos ayudarnos los unos a los otros —me levanté de la silla —sigame, por favor.
—¿Qué edad tienes?
—8 años —era extraño, pero me sentía muy a gusto con esa señora, normalmente era un poco huraño con los desconocidos, pero su mirada dulce me inspiraba confianza.
—Me imagino que debes estar ansioso por que te adopten —dice con una sonrisa.
—La gente quiere adoptar bebés, no quieren niños grandes.
—¡Pero que tontos!—
¿Usted lo cree? —pregunté sorprendido por la afirmación.
—Claro que sí. Un niño pequeño no puede elegir amar a sus padres, un niño grande escoje depositar su confianza y su amor en ti. ¿Cuál es tu nombre?
— Rafael ¿Cuál es el suyo? —pregunté feliz.
—Eloisa, Eloisa Ayala de Palermo.
En ese momento no lo sabía, pero mi encuentro con Eloisa Ayala cambiaría mi destino al punto de dejar a los meses España y comenzar una nueva vida en Italia.
Había causado una grata impresión en Eloisa Ayala por lo que solicitó a la madre superiora permiso para conocerme, a partir de allí volvimos a vernos cada vez que venía al orfanato hasta que un día se presentó acompañada de un hombre alto y elegante, el que me presentó como su esposo. Charlamos esa tarde y al día siguiente. Me informaron que pronto tendrían que partir a Italia, donde vivían junto a su hijo, sentí mi corazón encogerse ante la idea de no volver a ver a aquella mujer, me había encariñado muy rápido con la señora Eloisa y fantaseaba con la idea de que quisiera ser mi madre, pero era lógico que partiera junto a su familia, tenía un hijo que la necesitaba.
—Rafael, mi esposo y yo quisiéramos saber si ¿te gustaría ser nuestro hijo?
—¿Su hijo?
—Sí, Rafael. Queremos adoptarte. Pero solo si tú nos quieres como padres — sentía latir mi corazón emocionado, trataba de calmar mis latidos para responder, pero mi corazón era sordo a mis súplicas, mientras la sra Eloisa y su esposo esperaban mi respuesta, sonriendome todo el tiempo y tratando de tranquilizarme con palabras.
—No te sientas presionado, Rafael —me decía el esposo de la sra Eloisa, respetaremos tu decisión.
—Ss Sí — logré pronunciar, respire nuevamente y pude armar una frase — me gustaría ser su hijo —fui tomado en un abrazo por los Palermo Ayala.
Un mes después viajaba rumbo a Italia acompañado de mis nuevos padres quienes habían regresado dos días antes de Italia a finiquitar los últimos detalles. Su abogado, sé había encargado junto con los funcionarios del orfanato de realizar todo el papeleo de la adopción y la documentación necesaria para salir de España.
Era la primera vez que viajaba no solo fuera del país sino también fuera de la ciudad, todo llamaba mi atención especialmente el aeropuerto con sus grandes aviones que me parecían fantasticos, los señores Palermo me habían comprado varios juegos de ropa, pijamas, ropa interior, zapatos e incluso un reloj con la imagen de mi superheroe favorito, todo era tan bonito que me daba miedo dañar la nueva ropa, pero lo que más me hacía feliz era saber que a partir de ahora tenía unos padres, una familia, ya no era más un niño abandonado sin nadie en el mundo. Los señores Palermo se reían de mi asombro, de mi grito de alegría al ver las nubes por la ventanilla del avión, parecían motas de algodón colgando del cielo y moría de ganas de sentirlas entre mis manos.
Al tomar la carretera para dirigirnos a su hogar, pensaba en fabricio, mi nuevo hermano, la sra Eloisa y su esposo, me habían hablado de su hijo, tenía 7 años y era un bambino muy inteligente y especial, algo tímido, serio, pero un buen chico. Seríamos los compañeros ideales el uno para el otro, afirmaban entusiasmados, me contaban de la soledad de su bambino al ser hijo único hasta ahora... Asistiríamos a la misma escuela, pero por un tiempo recibiría las clases en casa dictadas por un profesor quien me enseñaría italiano y me ayudaría a prepararme para el siguiente curso. Estaba ansioso por conocer a Fabricio y hacer nuevos amiguitos. En el orfanato me gustaba cuidar de los más pequeños y tener muchos amigos, las hermanitas siempre nos hablaban de lo importante que era el valor de la amistad y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, cuanto más querría a Fabricio.