Puentes y Promesas

Después de las palabras

La casa amaneció distinta al día siguiente. No había pasado nada visible, ningún objeto roto, ninguna puerta cerrada de golpe. Sin embargo, el aire era más pesado, como si cada rincón hubiera escuchado la conversación que Ester y Santiago mantuvieron la noche anterior.

Clara fue la primera en notarlo.

Bajó a la cocina esperando encontrar el ruido habitual del café y la radio encendida, pero solo halló silencio. Ester estaba sentada a la mesa, con la mirada fija en una taza que ya debía estar fría. Santiago aún no había bajado.

—Buenos días —dijo Clara con cuidado.

Ester levantó la vista lentamente y forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Buenos días, hija.

Clara se sentó frente a ella. Durante unos segundos ninguna habló. Era una pausa incómoda, nueva, como si ambas estuvieran aprendiendo a moverse en un terreno que ya no conocían.

—¿Dormiste bien? —preguntó Clara.

—No mucho —respondió Ester con sinceridad—. Hay noches en las que una se da cuenta de que ha pasado demasiado tiempo callando.

Clara no insistió. Sabía que aquella conversación no había sido fácil y que su madre no estaba preparada para explicarlo todo. Aun así, sintió que algo se había roto… o tal vez que algo había empezado a romperse para poder cambiar.

Santiago apareció minutos después. Tenía el gesto serio, más cansado de lo habitual. Se sirvió café sin decir palabra y se sentó al otro extremo de la mesa. El silencio entre ellos era tenso, pero no hostil. Era un silencio cargado de pensamientos.

—Tengo que irme temprano hoy —dijo Santiago al cabo de un rato—. Volveré tarde.

Ester asintió, sin mirarlo.

—Está bien.

Clara observó la escena con una mezcla de inquietud y tristeza. No había gritos, no había reproches abiertos, pero sí una distancia que antes no era tan evidente. Comprendió entonces que hablar no siempre arregla las cosas de inmediato; a veces solo deja al descubierto lo que estaba oculto.

Cuando Santiago se fue, Ester se levantó y comenzó a recoger la mesa con movimientos lentos, casi mecánicos.

—Mamá —dijo Clara—, ¿querés que salga un rato? Puedo volver más tarde.

Ester la miró, sorprendida.

—No, no —respondió—. Quédate. No quiero que sientas que tienes que irte por nuestra culpa.

Aquellas palabras se le quedaron clavadas a Clara.

—No es culpa de nadie —dijo—. A veces las cosas cambian… y ya está.

Ester dejó el plato sobre la encimera y se apoyó en ella, como si necesitara sostenerse.

—Lo sé —susurró—. Pero aceptar eso cuesta más de lo que parece.

Esa tarde, Santiago no volvió a la hora de siempre. Clara salió a caminar para despejar la mente. Sin darse cuenta, terminó nuevamente frente al taller. Javier estaba cerrando.

—Llegas justo —dijo él al verla—. Pensé que hoy no vendrías.

—Necesitaba salir —respondió ella—. En casa todo está… raro.

Javier la miró con atención.

—¿Tus padres?

Clara asintió.

—Hablaron. Y ahora nada es igual.

Javier no dijo nada de inmediato. Se limitó a caminar a su lado. Clara agradeció ese silencio que no pesaba.

—A veces hablar no es el final —dijo él—. Es el principio de algo que da miedo.

Clara lo miró sorprendida.

—No sueles hablar así.

Javier sonrió apenas.

—Supongo que estoy aprendiendo.

Se sentaron en un banco cercano. El sol comenzaba a caer.

—No quiero irme otra vez —dijo Clara de pronto—. Pero tampoco quiero quedarme fingiendo que todo está bien.

Javier la miró con seriedad.

—No tienes que decidirlo todo ahora —dijo—. Quédate el tiempo que necesites. Yo… estaré aquí.

Clara sintió un nudo en la garganta. No era una promesa grandiosa, pero era honesta.

Esa noche, Santiago volvió tarde. Clara estaba en su habitación cuando escuchó voces en la cocina. No gritaban. Hablaban bajo, con cansancio.

—No te pedí que te quedaras por obligación —decía Ester—. Solo quería que me escucharas.

—Y debí hacerlo antes —respondió Santiago—. Pero no supe cómo.

Clara se sentó en la cama, abrazando una almohada. Comprendió que sus padres estaban cambiando, y que ese cambio no era cómodo ni seguro, pero sí necesario.

Antes de dormir, recibió un mensaje de Javier.

Javier:
Si mañana quieres, podemos vernos. Sin prisas.

Clara sonrió levemente.

El día había sido largo, pesado, lleno de silencios nuevos. Pero por primera vez, tuvo la sensación de que nada estaba estancado.

Las palabras habían hecho daño.
Pero también habían abierto un camino.

Y aunque nadie sabía adónde llevaba, todos tendrían que aprender a caminarlo.




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