Puentes y Promesas

Aguas que se acercan

El sol de la mañana entraba con fuerza por las ventanas del apartamento de Clara. Había algo en la luz que hacía que cada rincón pareciera más vivo, más cercano a la realidad que había dejado atrás hacía años. Clara se levantó despacio, todavía con la sensación de que algo importante estaba a punto de suceder.

Desde que había regresado, su vida se había convertido en un delicado equilibrio entre lo que era y lo que había dejado atrás. Javier ya no era solo un amigo de la infancia; ahora era alguien que ocupaba sus pensamientos, alguien cuya presencia alteraba su respiración y hacía que cada decisión pareciera más compleja.

Esa mañana lo esperaba en el parque cercano al taller. Javier llegó en su moto, con el casco en la mano y una sonrisa nerviosa que Clara ya conocía demasiado bien.

—Hola —dijo él, como si cada palabra pesara un poco más que antes.

—Hola —respondió ella—. ¿Cómo estás?

—Bien —contestó, aunque su mirada delataba lo contrario—. Quería hablar contigo… de nosotros.

Clara asintió y caminaron juntos hasta un banco apartado, donde el murmullo del río y el canto de los pájaros parecían protegerlos del resto del mundo. Se sentaron, y por un momento reinó un silencio lleno de significado.

—No quiero presionarte —empezó Javier—. Pero siento que desde que volviste, todo ha cambiado. Yo… yo también he cambiado.

Clara lo miró con atención. Sabía que había esperado este momento, pero no imaginaba la intensidad de lo que él estaba a punto de decir.

—¿Cómo has cambiado? —preguntó suavemente.

—Me he dado cuenta de que no puedo seguir siendo solo un amigo —admitió él—. Cada vez que estás cerca, cada vez que hablas de tu vida, siento que quiero estar más… cerca de ti. De verdad.

Clara bajó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. Su corazón latía con fuerza, y al mismo tiempo, una sensación de miedo se apoderó de ella. No quería arriesgar lo que había encontrado en este regreso, pero tampoco podía negar lo que sentía.

—Javier… —comenzó—. Yo también… pero todo es tan complicado ahora.

—Lo sé —respondió él con voz firme—. No quiero que esto sea un problema. Solo quiero que sepas que estoy aquí, que no te presionaré. Pero tampoco puedo esconder lo que siento.

Se quedaron en silencio un buen rato, contemplando el río que corría ante ellos. La corriente parecía recordarle a Clara que, aunque todo fluya, los cambios siempre llegan.

Al volver a casa, Clara notó que algo había cambiado dentro de ella. Javier había cruzado un límite, pero también había abierto un camino que no podía ignorar. Esa noche, mientras cenaban con Ester y Santiago, ella sentía una mezcla de ansiedad y emoción.

—¿Todo bien? —preguntó Ester, notando la tensión en su hija.

—Sí —dijo Clara, intentando sonreír—. Solo estaba pensando en algunas cosas.

Santiago la observó en silencio. Algo en la mirada de su hija le indicaba que algo profundo estaba ocurriendo, algo que también afectaría a la dinámica familiar.

Durante los días siguientes, Javier empezó a aparecer más a menudo, buscando excusas para pasar tiempo con Clara, ayudándola con recados, compartiendo paseos y conversaciones largas. Cada gesto de él parecía calculado, pero al mismo tiempo genuino. Clara sentía que su corazón se abría poco a poco, aunque el miedo a equivocarse aún la acompañaba.

Esa semana, Ester y Santiago también comenzaron a notar cambios. Su hija estaba más animada, pero al mismo tiempo más distante. Había algo en sus ojos que indicaba emociones nuevas, emociones que ni siquiera ellos podían comprender del todo. La verdad que habían empezado a enfrentar ahora se mezclaba con las emociones de Clara y Javier, creando un ambiente de tensión y descubrimiento constante.

Una tarde, mientras Ester preparaba la cena, Clara entró corriendo en la cocina.

—¡Mamá! —dijo, con una sonrisa nerviosa—. Javier me ha llevado a ver el río… y hablamos de muchas cosas…

Ester la miró y sonrió, aunque con un dejo de preocupación.

—Veo que algo está cambiando —dijo—. Solo recuerda que todas las decisiones tienen consecuencias, cariño.

Clara asintió, comprendiendo que su vida estaba entrando en un nuevo capítulo, uno donde el amor, la familia y las verdades que se habían descubierto debían coexistir.

Aquella noche, al acostarse, Clara pensó en Javier, en sus padres y en la incertidumbre que llenaba cada espacio de la casa. Por primera vez, se sintió lista para enfrentar todo: los secretos, los sentimientos y las decisiones que marcarían su futuro. Y aunque no sabía cómo terminaría, estaba segura de una cosa: esta vez no huiría.




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