Había algo en ella que siempre la hacía destacar, pero no de una manera obvia o premeditada, sino como la luz de un faro en medio de la tormenta: constante, hipnótica, imposible de ignorar. Adeline siempre había brillado, no de forma estridente, sino con esa intensidad sutil que atrae incluso a quienes no quieren mirar.
Y ahí estaba ahora, en el escenario. Cantando. Bailando.
No debería sorprenderme lo natural que se veía ahí arriba. Lo había visto antes, en aquellos concursos en los que la convencía de participar, en nuestras improvisadas noches de karaoke, cuando ella fingía que no quería cantar y terminaba adueñándose del micrófono. Era su elemento, y sin embargo, la sensación era distinta. Como si estuviera viendo una escena de una película en la que alguna vez fui protagonista pero de la que ahora solo era un espectador más.
—Mírate nada más —soltó mi hermana, empujándome el hombro con un codazo exagerado—. Ahora entiendo por qué nunca la olvidaste.
No le respondí de inmediato.
—Antes no lo veía, era pequeña, no entendía nada de amores y lo encontraba vomitivo —continuó, con ese tono dramático suyo—. Pero ahora lo entiendo. Lo entendí cuando me enamoré y pasó lo que pasó. Pero esto... esto es lindo.
Rodé los ojos.
—Te vas a poner sentimental.
Ella resopló y me golpeó suavemente en el brazo.
—Tonto. Trato de tener una conversación normal y sales con eso. Se nota que aún la quieres, ve por ella.
—Está con compañía. No voy a arruinarle la noche. Se lo merece.
Mi hermana hizo un ruido de aprobación, aunque no parecía convencida.
—Pero igual te vio y sabes que lo hizo. No ignores esas miraditas que se dieron, ¿eh? Seré ciega, pero tampoco tanto.
No respondí, porque sabía que tenía razón.
—Y vaya que está guapa —intervino Darek, con una sonrisa de medio lado.
Lo miré en seco.
—¿Te parece guapa?
Antes de que pudiera responderle, Emily se adelantó con una ceja arqueada.
—¿En serio, Darek? ¿La ex de tu amigo y quizás futura pareja? ¿Te parece apropiado?
—No está mal decir que una mujer es guapa —se defendió él, encogiéndose de hombros.
—Puedes decirlo —admitió Emily—, pero que lo hagas con la ex de Aleksander me parece un poco... no sé, problemático.
Yo abrí la boca para intervenir, pero cuando vi que los dos se enredaban en un debate sobre moralidad y lealtad, decidí que no valía la pena meterme.
Volví la vista al escenario justo cuando la canción llegaba a su final.
Adeline bajó el micrófono y en ese instante su mirada se cruzó con la mía. No fue casualidad. No fue un simple barrido visual del público.
Y ahí estaba otra vez ese latido sordo, la sensación de que, sin importar cuánto nos alejáramos, en algún punto siempre volveríamos a encontrarnos... o tal vez no. Pero aún así, ella seguiría siendo parte de mí.
Lo supiera o no.
Alcé la mano y llamé a un camarero.
—A la mesa siete llévales una ronda de lo que están tomando. Asegúrate de que uno sea sin alcohol y que quede anónimo.
El camarero asintió y se retiró.
—¿No que no, eh? —canturreó mi hermana, con esa sonrisa de quien cree saber más de lo que dice—. Estás rendidito otra vez. Pero no es para menos, te he visto más feliz últimamente.
—Por favor, para —resoplé, tomando un sorbo de mi trago—. Con el teatro que están armando estos dos ya tengo suficiente.
—Déjalos, se nota que se desean —intervino Chloe, la amiga de mi hermana, lanzándome una mirada sugerente.
Llevaba toda la noche con insinuaciones veladas, pequeños comentarios cargados de doble sentido. No le había prestado atención y, honestamente, ahora mucho menos.
Cuando la ronda de karaoke terminó, la música cambió a algo más movido y la gente comenzó a llenar la pista.
—¿Cuándo piensas invitarme a bailar? —preguntó Chloe con tono juguetón.
—Nunca.
—¿Tan tajante?
—No bailo con cualquiera. La persona que me interesa está ocupada.
—¿Emily?
—No.
—Déjalo, Chloe —intervino mi hermana—. Aleksander está agarradísimo. No podrás.
—Por favor —Chloe se rió, confiada—. He escuchado eso antes. Pero al final, siempre caen. Nadie resiste la tentación que soy.
La observé un segundo, como si fuera un espécimen extraño salido de algún rincón remoto. Sus palabras no daban margen a una conversación interesante.
—Deberías cambiar de amigas —le dije a mi hermana.
—Déjala, está loca.
La noche avanzó entre tragos, risas y algo de baile con mi hermana. No bebí lo suficiente como para perder el control, pero sí lo bastante para sentirme algo mareado. Decidí que era momento de irme.
—Quédatelo —le dije, entregándole las llaves de mi auto—. Me iré en un Uber.
Asintió, sin problemas. No estaba bebiendo mucho; el alcohol no era su fuerte.
Mientras esperaba el servicio, miré el cielo. Las estrellas apenas se asomaban y el aire helado me recordó que el invierno estaba a la vuelta de la esquina.
Fue entonces cuando, por el rabillo del ojo, vi a una pareja discutiendo.
Normalmente, no me habría metido. Cada quien con sus problemas.
Pero luego la escuché.
—Dije que me dejes en paz, ¿es que no lo entiendes?
Se me activó un resorte en el pecho. La reconocí al instante.
Adeline.
Di dos pasos antes de procesarlo del todo y, cuando vi que el imbécil de Ronan le sujetaba el brazo, la estaba jalando como si tuviera algún derecho sobre ella, mi paciencia desapareció.
Llegué en dos zancadas y la aparté de un tirón, sosteniéndola por la cintura.
—Dijo que la sueltes —mi voz salió afilada, dura. Mis ojos se clavaron en los de él con un mensaje claro: inténtalo y verás lo que pasa.
Ronan ni siquiera parpadeó.
—No te metas, esto es entre ella y yo.
Intentó dar un paso hacia Adeline, como si de verdad pensara tocarla de nuevo. La apreté contra mí, asegurándome de que quedara fuera de su alcance.