Quédate conmigo

Capítulo 16: Adeline

El aroma a café impregnaba el ambiente, mezclándose con el sonido amortiguado de las conversaciones a nuestro alrededor. Aleksander tenía la mirada fija en su taza, removiendo el líquido con la cucharilla en un movimiento ausente. Yo, en cambio, no podía dejar de observarlo. Había algo en él que parecía haber cambiado… o tal vez yo era la que veía todo con otros ojos.

—Jurámelo —dije, apuntándolo con una papa frita.

Él sonrió con esa expresión entre divertida y desafiante que siempre me sacaba de quicio.

—No puedo hacer eso.

Fruncí el ceño y dejé caer la papa en el cartón con un golpe seco.

—¿Por qué no?

Aleksander suspiró y apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose un poco hacia mí.

—Porque no puedo prometerte algo que sé que no cumpliré. No soy de los que se quedan de brazos cruzados cuando hay algo que hacer.

—Esto no es solo tuyo —insistí—. Es mi vida, Aleksander. Si alguien tiene derecho a enfrentarlo, soy yo.

Él se pasó la mano por el cabello y sonrió de lado.

—Y lo harás. Pero a mi manera.

—Eres un terco insoportable.

—Eso ya lo sabías.

En este punto, sentía que los nervios me estaban consumiendo. En las noches, cuando todo está en silencio, mi mente siempre regresa al mismo lugar: ¿Qué hubiera pasado si…?

Si no hubiera pasado lo que pasó.
Si hubiera dudado más.
Si hubiera buscado respuestas antes de aceptar un destino que nunca me perteneció.

No podía quedarme así, atrapada en el silencio de mis pensamientos. Pero cada vez que intentaba decir algo, me topaba con la misma pared invisible. Un nudo en la garganta, un bloqueo en el pecho.

Aleksander me observó fijamente, como si pudiera leer mi mente.

—Detente ahí.

—¿Qué?

—Sé lo que estás pensando. Ha pasado el tiempo, pero sigo conociéndote y sé que estás sobrepensando las cosas.

Exhalé, bajando la mirada hacia mis manos.

—Pienso en qué hubiera pasado con nosotros si hubiera hecho las cosas correctamente.

Él extendió la mano sobre la mesa y cubrió la mía con la suya, cálida y firme. Mi corazón se detuvo un segundo cuando nuestros ojos se encontraron. Ese tono gris tormenta que siempre había tenido el poder de derrumbar mis barreras.

—Yo también lo he pensado estos últimos días y noches —susurró, su voz grave pero suave.

—Lo siento —murmuré.

Aleksander dejó escapar una risa sin humor, llevando mis manos a sus labios en un beso breve pero cálido, tan distinto a su actitud desafiante de antes.

—Decir "lo siento" siempre tuvo peso cuando venía de tus labios —susurró contra mi piel—. He pensado en ti, sabiendo que no me escribirías, que mi orgullo no me permitiría hacerlo después de esas llamadas y mensajes no respondidos.

Apretó ligeramente mis dedos, como si con ese pequeño gesto pudiera anclarme a él.

—Te seguía pensando y aún lo hago, más fuerte después de verte —confesó, con esa sinceridad desarmante que me hacía temblar—. Aunque a la par me imaginaba que estabas con alguien más. Que ya me olvidaste.

Hubo un breve silencio antes de que su boca se curvara en una media sonrisa cínica.

—Aunque no estaba tan lejos… después de verlo a él. No sé de qué tienda de segunda lo sacaste.

Parpadeé, confundida, hasta que entendí a quién se refería.

—¿De qué hablas?

Aleksander bufó, apoyándose contra el respaldo de la silla.

—De Hanson, Adeline. Ese tipo… ¿en serio?

Rodé los ojos y solté su mano, recargándome en la mesa con los brazos cruzados.

—No quiero hablar de él, ya he dicho que es un desconocido para mí, hasta he llegado a pensar que no era mi novio— Digo mirando mi mano—Porque depués de tí... — Pare, mirandolo.

El con una sonrisa en su cara hizo ademan con su mano para que continuará con lo que iba a decir.

—Si, por favor continua, no te detengas nena.

Me crucé de manos mirando hacia la ventana.

—Eres un odioso

—Ahh, le quitas la diversión, quiero escuchar de esos lindos labios que ibas a decir.

Tomé una papa frita y la mordí con más fuerza de la necesaria, ignorando la forma en que Aleksander me miraba. No podía decidir si su expresión era de burla o algo más profundo, pero opté por la primera. No quería pensar demasiado en la segunda.

—¿Qué? —espeté al notar que seguía observándome con esa maldita sonrisita en la cara.

—Nada —respondió, inclinándose hacia adelante—. Solo que… estabas diciendo algo interesante antes de detenerte.

—No tengo idea de qué hablas.

—Oh, claro que sí, nena. Dijiste “después de ti…”, pero ahí te congelaste. Me tienes en suspenso. Vamos, dímelo, no me hagas sufrir.

—No tengo por qué decirte nada.

Aleksander chasqueó la lengua y negó con la cabeza, como si estuviera decepcionado.

—¿Sabes qué es lo peor de todo?

—Que eres un fastidioso profesional.

—No, aunque gracias por el cumplido. Lo peor es que sé exactamente lo que ibas a decir.

—Ah, ¿sí? Ilumíname.

Se inclinó aún más, su rostro a centímetros del mío.

—Después de mí… no hubo nadie que te hiciera sentir lo mismo.

Me tensé de inmediato, pero puse mi mejor cara de desinterés.

—Tu autoestima no deja de sorprenderme.

—Dilo.

—¿Decir qué?

—Que tengo razón.

Bufé y me crucé de brazos.

—No voy a alimentar tu ego.

—No lo necesitas, Adeline. Mi ego se alimenta solo con verte retorcerte en esa silla.

Lo miré con incredulidad y negué con la cabeza.

—Eres imposible.

—Eso ya lo sabías desde antes de enamorarte de mí.

Solté una risa seca.

—¿Y quién dijo que me enamoré de ti?

Aleksander alzó las cejas y apoyó la espalda contra el asiento, con esa maldita sonrisa arrogante aún presente.

—Qué curioso —murmuró—. Yo recuerdo que lo dijiste muy claro una vez. Hasta creo que estabas llorando.

—¡No estaba llorando!

—Un poquito.

—Era una alergia.



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En el texto hay: decisiones, reencuentros, amor

Editado: 16.02.2025

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