✿`°¤,¸.•*´¯♥♥
Ana
—Vamos, Ana. Vamos… —Murmuro apretando el volante mientras el viejo automóvil vibra debajo de mis manos como si fuera a desarmarse—. Hoy no puedes morir porque ni siquiera tienes dinero para el funeral.
El carro hace un ruido horrible.
Uno metálico.
Desgarrador.
Como si también estuviera cansado de existir.
—No me hagas esto, bebé… tú y yo estamos juntos en esta miseria.
Miro el reloj.
Me quedan treinta y dos minutos.
TREINTA Y DOS.
Si no llego a esa entrevista en Magnetos, estoy acabada.
Amo a mi hermana, ella también me adora, pero ya no quiero incomodarla más. Después de lo ocurrido con Esteban, me tocó ir a pedirle refugio; solo llevo dos días en su casa y siento que muero de vergüenza porque su vida está algo complicada y siento que con mi presencia tiene un problema más.
El semáforo cambia a amarillo y me desespero más porque este motor muere de repente.
—No, no, no… tú no vas a hacerme esto… —¡Ahora no! —hablo, desesperada.
Tengo dos opciones: dejarlo aquí tirado y largarme a pie o acelerar como alma condenada para hacerlo reaccionar aunque sea a la fuerza.
Elijo la segunda porque claramente no aprendo.
—¡Esooo! —celebro cuando el motor vibra, sigo el andar y logro pasar antes de que cambie.
Un bocinazo me hace brincar.
Volteo.
Aparece una camioneta blanca, gigantesca, elegante y seguramente carísima avanzando a mi lado.
La mujer que conduce baja lentamente la ventana, mirándome como poca cosa.
Es rubia teñida, de lentes oscuros enormes y tiene cara de que jamás ha lavado un plato en su vida.
La rubia me mira con desprecio.
—¡Aprende a manejar, loca! —me grita.
Abro la boca, ofendida.
—¡Loca tu madre! —le respondo asomando mi cara por la ventana.
Ella parpadea.
Yo saco medio cuerpo por la ventana.
—¡Y bájale al bótox que se te está filtrando al cerebro!
La mujer queda tiesa, iintenta responderme algo, pero acelero antes de escucharla.
—JA. Gané.
Mi celular vibra sobre el asiento y lo agarro rápidamente.
“¿ANA, DÓNDE DIABLOS ESTÄS? ¿NO PIENSAS VENIR?” —leo el mensaje y mi corazón da un brinco.
Es Lady, mi mejor amiga, quien me está dando una mano para conseguir este trabajo.
—¡Sí voy! ¡Voy! ¡Por favor, nena, enreda la cosa por allá! El carro se me varó y me costó encenderlo, pero ya voy llegando! —le envío un audio mientras giro demasiado rápido.
Las llantas chillan.
Mi alma también.
Magnetos queda a menos de quince minutos. Una curva mas y ya…
Puedo lograrlo.
PUEDO.
Me voy dando ánimos mentalmente, pero…
Otro semáforo cambia a rojo de repente y yo voy demasiado rápido.
—Ay no…
Piso el freno en seco, las llantas se deslizan, mi pecho se estremece y mis ojos se abren enormes cuando escucho el…
¡PUM!
El golpe me sacude entera, mi cabeza se va hacia adelante, la respiración se me corta y creo que mi alma me abandona por varios segundos porque se hace un silencio espantoso.
Asustada, enfoco mis ojos en el panorama que no me avecina nada bueno, porque frente a mí hay un automóvil negro, elegante, brillante, lujoso. Costoso hasta en el maldito reflejo.
Y yo le acabo de destruir las luces traseras.
—No… Por favor no… — Quiero llorar.
No puede sucederme esto. ¿Por qué a mí? ¿Qué marca de sal soy, Dios mío?
—No, no, no…
No tengo dinero.
NO TENGO.
Ni un peso.
Y ese carro cuesta más que todos mis órganos juntos.
Siento el corazón golpearme fuerte cuando la puerta del vehículo se abre. Miro impactada y siento que pierdo mi vida de a poco cuando lo veo.
Es un hombre alto, de traje oscuro perfectamente ajustado; su cabello se ve bien peinado, excepto por algunos mechones rebeldes que le caen a la frente.
Mandíbula dura.
Ojos penetrantes…
Lo veo fruncir el ceño mientras mira cómo dejé su auto; su mirada gira a mi dirección y juro que dejo de respirar cuando camina hacia mí con una calma inquietante.
Parece un asesino elegante y muy guapo.
Lo detallo sin saber qué hacer y mi cerebro entra en pánico.
No.
No, gracias.
No quiero problemas. No puedo asumir este problema ahora y creo que nunca.
Mi instinto de supervivencia toma el control.
No pienso, no razono y no espero nada. Solo meto un poco de reversa.
—Es esto o terminar en la cárcel —hablo en voz alta y simplemente huyo como la más cobarde de las cobardes.
—¡EH…! —escucho detrás de mí.
Pero no miro atrás.
Las manos me sudan sobre el volante, mi respiración sale entrecortada y mis ojos húmedos por el pánico ven más cerca el enorme edificio de Magnetos.
—Gracias, Dios mío… sabía que no me abandonarías…
Me apresuro más; manejo lo poco que me queda más acelerada. Por fin llego a mi destino, rápidamente entro prácticamente derrapando al estacionamiento para visitantes que está enfrente y freno de golpe.
Respiro hondo y expulso el aire una, dos y tres veces buscando calmar mi pecho.
—Llegaste. Sigues viva. Todo está bien… —me digo, mientras abro la puerta del carro creyendo que todo el peligro pasó. Pero…
—¡Oye!
Mi alma abandona mi cuerpo de nuevo cuando escucho esa voz gruesa.
¡No puede ser!
Volteo.
Y sí.
Sí puede ser…
El hombre del automóvil negro acaba de estacionarse justo al lado mío.
Se baja rápidamente y se ve muchísimo más furioso de cerca.
La vena de su cuello palpita.
Sus ojos oscuros me atraviesan cuando empieza a golpear mi ventana.
Y sonrío nerviosa.
—No existo… —susurro mirando hacia otro lado—. Él está confundido… Yo no hice nada…
Golpea el vidrio un poco más fuerte.
—Bájate del carro. ¡Da la cara, que tenemos que arreglar lo que provocaste!
Su voz autoritaria llega a mis oídos y me hace estremecer.