✿`°¤,¸.•*´¯♥♥
Juan Pablo
Jamás una mujer me había parecido tan desequilibrada.
Ni tan hermosa cuando está furiosa.
La detallo sin entender muy bien aún qué carajo hago encima de ella, y no puedo negarlo; mis ojos la ven tan peligrosamente preciosa a pesar de parecer una loca toda arrastrada en esta arena. Esa idea ronroneando en mi cabeza me irrita todavía más al saber que me ha dado golpes como ha querido; por su culpa parezco un pordiosero, y yo pensando en lo bonita que es…
La loca que se cruzó en mi camino aprovecha que estoy un poco distraído por estar curioseándola, para empujarme y zafarse de la presión en la que la tenía sometida mi cuerpo.
Se incorpora rápido, da media vuelta, pero me adelanto a su intención de largarse.
No creo tener ni fuerza ni paciencia para seguir corriendo detrás de ella, así que opto por acabar con la bendita perseguidera.
No dejándola ir, no dejándola en paz. Eso ni de coña…
Opto por ponerme de pie acelerado y me apresuro
—¡YA ME HARTÉ DE TUS NIÑERÍAS! —suelto, inclinándome un poco con agilidad, atrapándola por las piernas. Sin sutileza, elevo su cuerpo y la subo a mis hombros.
Ella grita sorprendida, enfurecida. Me muerde, me golpea, me jala el pelo como una desquiciada que la llevan directo al manicomio.
Y yo no le hago caso, solo camino porque estoy dispuesto a llevarla conmigo, sin meditar a qué… ni para dónde…
✿`°¤,¸.•*´¯♥♥
Ana
—¡YA ME HARTÉ DE TUS NIÑERÍAS...!
—¡Ay…! —¡Dios! —pego un grito que siento me rompe los tímpanos cuando este hombre, antes de que pueda notarlo, amarra mis piernas con sus brazos, me levanta como una maldita pluma y, sin cuidado, me monta sobre sus hombros dejándome de cabeza.
—¡Eres una infantil insensata que solo sabe escapar de los problemas! Y yo soy un maldito obstinado que se convertirá en tu piedra en el zapato, ¡porque no te me vas a escapar! —me amenaza, echando chispa.
Siento sus brazos apretar mis piernas un poco más, como si me quisiera encadenar para siempre a él, mientras mi mundo gira al revés por ir mirando el suelo.
—¿USTED DE VERDAD ESTÁ LOCO, O QUÉ RAYOS LE PASA? ¡Bájeme! ¡No sea canalla! —
—¡Y TÚ ERES UNA DELINCUENTE! ¡Pero ya verás! —sus palabras camuflando su amenaza me hacen tragar seco.
No sé por qué me tengo que meter en tantos líos. No salgo de uno para meterme en otro más grande.
—¡Yo no hice nada! ¡Usted perdió la cabeza! ¡Bájeme! —exijo, y sigo dándole golpes más fuertes en la espalda; lo muerdo duro, le jalo el pelo hasta hacerle estirar el cuero cabelludo. Pero nada lo detiene. Hasta que…
Frena en seco cuando una patrulla de policía se nos atraviesa.
—¡POLICÍA, DETENGANSE! —nos ordenan, pero el troglodita que me lleva quién sabe para dónde no se intimida y no hace caso.
Dos oficiales le insisten.
—¡Que se detengan! —exigen, apuntando hacia nosotros con sus armas.
Pierdo el color creyendo que moriré en esta playa en brazos de quien me arruinó los últimos minutos de mi estadía en esta tierra, y…
Mi instinto de supervivencia vuelve a aparecer, exigiendo no darme por vencida. Sin analizar tanto, me lanzo de sus brazos cuando sus manos medio me aflojan… Y una vez más, de manera sorpresiva, es ágil al atraparme casi en el aire para evitar que caiga contra el suelo y me lleva contra él sujetándome. Mi cara queda pegada a su camisa cuando sus manos me sostienen con fuerza. La confusión que me embriaga es enorme por su reacción protectora.
Inquieta, levanto mi rostro y sus ojos encuentran los míos.
Nos miramos por segundos que se congelan con el eco de las olas, y…
De repente reaccionamos, nos volvemos a mirar feo y nos alejamos como si nos quemáramos.
Por un momento de arrebato pienso en correr, pero antes de que pueda lograr mi cometido, los policías nos apuntan directamente con sus armas a cada uno, cual delincuentes…
—¿Qué demonios está pasando aquí? —pregunta uno de los oficiales.
Él señala hacia mí.
Yo lo señalo a él.
Y ambos gritamos al mismo tiempo:
—¡ÉL/ELLA EMPEZÓ!
Y volvemos a mirarnos el uno al otro, con la misma intensidad de hace unos segundos…
—Los dos quedan detenidos por escándalo en espacio público y por desobedecer a la autoridad —anuncia uno de los oficiales, mientras se acercan.
Nos leen los derechos mientras la mala hora que me encontré protesta como un león enjaulado; yo protesto peor, y sin poder controlarnos, discutimos con estos sujetos uniformados y armados de los que no nos podemos zafar y ser esposados.
—¡Esto es un atropello! ¿Usted no sabe quién soy yo? —hace la pregunta célebre la divinidad que va que explota de rabia.
—¿Y yo? ¿No sabe quién soy yo? —También me hago la importante porque si por decir este tipo de tonterías te dejan libre, tengo que intentarlo.
—Sí, lo sé… —Son una pareja de dementes que tendrá toda una noche en una celda para disfrutar juntos… —Nos responde con sorna el oficial que amarra nuestras muñecas unas con otras con una de las esposas.
—¡No voy a pasar ninguna noche con este sujeto! ¡Eso ni en broma! Yo no hice nada. Él fue quien…
—¡Tú sí que eres bien descarada! Pero en algo estamos de acuerdo: —¡Yo prefiero la silla eléctrica antes de pasar una sola noche al lado tuyo…! —murmura ronco y enojado, mirándome por un instante—. Oficial, no puede detenerme de esta forma. Eso es un atropello. ¡Me sueltan ahora o sabrán de mí! —le insiste él, cuando detienen la patrulla frente a una estación.
Los oficiales abren el vehículo y nos hacen salir enredados por estar amarrados de las manos. Se escucha el tintineo de las esposas cuando forcejeo para liberarme de ellas, pero el sujeto al que estoy atrapada es obligado a caminar rápido y me lleva con él hacia dentro de la estación.
Entramos y hay mucho escándalo, otros delincuentes discutiendo con otros policías; huele a sudor, a delito y a arrepentimiento.