Quédate en mi vida

Eres una preciosura...

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Juan Pablo

El reto de miradas se acaba cuando ella decide girar hacia la reja y, al parecer frustrada, agarra los barrotes de la celda y suelta un suspiro profundo.

—Mírale el lado bueno —murmura—. Al menos tienes una buena vida esperándote allá fuera —habla como si me conociera.

—¿Una buena vida? JA… No estoy seguro de eso —digo entre dientes.

Me mira y pone los ojos en blanco.

—Dramático. ¡Pobrecito! ¡El señor tiene una vida trágica! Dura. ¡Terrible! ¡Uf… se nota lo terrible que es tu vida!

—Eres una problematica.

—Y tú intenso.

—Escandalosa. Loca de remate.

—Creído. Amargado. Idiota. Detestable… —Me bombardea con insultos tras insultos.

Mientras yo la miro, pensando que hay personas que llegan a tu vida para enseñarte lecciones. Pero…

Ana París llegó para destruirme la paciencia y para hacerme pasar mi primera noche tras una celda fría y hambriento.

La observo parada al lado mío, apretando con mucha fuerza los barrotes de celda como si fueran el cuello de alguien a quien quiere ahorcar, mientras habla sola.

Porque sí.
La loca habla sola.

Por largos minutos, ninguno de los dos dice nada y odio este silencio. Suficiente con estar en esta maldita celda como para tener que quedarme como una momia sin mover ni la boca.

—Increíble… sinceramente increíble… Termino detenida por culpa de un psicópata con problemas de ira…

La miro incrédulo.

—¿Problemas de ira? Me golpeaste con un tacón.

Ella gira hacia mí inmediatamente.

—¡Porque usted me agarró los pies!

—Porque estabas huyendo.

—¡Porque usted me daba miedo!

—¿Miedo? Me lanzaste tomates.

—¡Debí reventarle la cabeza con esa patilla!¡

Dios.

Nunca conocí a alguien tan agotador.

Cruzo los brazos observándola sin saber si es mejor buscarle problema para no sentir este silencio que tanto odio o dejarla quieta, a ver si con la fuerza con la que sus dedos se aferran a esos hierros los rompe y nos escapamos de aquí.

No se calla.

No se queda quieta.

No piensa antes de actuar.

Es un caos humano.

Y lo peor es que no recuerdo haber tenido algo que me haya tenido tan fuera de lo que siempre soy desde que apareció y por eso no he podido dejar de mirarla.

De repente, sin que lo espere, da media vuelta y camina acelerada hacia la banca que está a un costado. Olvidándose de que está atada a mi mano.

Me jala con ella sin esperarme, como si fuera su perro.

—Oye, ¿puedes tener un poco más de cuidado? —le reclamo cuando se sienta como si nada y, de otro jalón, me obliga a sentar a su lado.

Suspira exageradamente.

—Esto arruinó mi vida.

—¿Ahora quién es la dramática?

—¿Dramática? ¡Estoy detenida y no pude llegar a una cita importante!

—Lo mereces por criminal. Por quererte escapar sin ponerle la cara a los líos en los que te metes.

La respuesta sale rápido.

No me responde nada. Una vez más, le incito a discutir para evitar esta incomodidad de estar en un espacio tan pequeño, tan frío, en donde lo último que deseo es el maldito silencio que tanto detesto. Pero mi contrincante no me responde…

No me replica ni una palabra, solo sus ojos se enfocan en los míos.

La detallo y noto el cansancio bajo sus ojos; tiene ojeras algo marcadas como si llevara noches de no dormir bien, y no entiendo por qué algo dentro de mí se inquieta.

Su mirada esquiva la mía y el ruido muere por un largo rato en donde ninguno de los dos dice nada.

La escucho suspirar con intensidad, mientras veo caer la noche, sin que pueda hacer nada para salir de aquí.

—Por su culpa estoy aquí. Sinceramente, usted debería pagarme daños psicológicos.

Resoplo una risa sin poder evitarlo porque el descaro de esta chica no tiene límites.

Ella me mira medio sonriendo.

—¡Se rio!

—No me reí.

—Sí, lo hizo.

—No.

—Sí. ¡Oiga! ¿Por qué niega su risa si hasta se ve menos feo cuando no es tan amargado? —la pregunta simplemente sale de ella, así nada más.

Niego con la cabeza.

—Eres completamente desesperante.

—Yo tampoco es como que me haya enamorado de su arrogancia.

—AJÁ. Lo último que necesito ahora es tu amor tan sincero… —Respondo sin más.

—¡Ni en sus sueños tendría en sus manos un amor tan bonito como el que nace de mi corazoncito! ¡No vale la pena amar a nadie! —Eso último lo dice bostezando.

—No hablemos de amor. Mejor, insúltame…

—Era un insulto… —Su voz se escucha más pausada, más pesada.

—Entonces, aclárame cómo es que me vas a pagar todos los daños y perjuicios que cometiste contra mi auto y contra mí. Tienes que saber que me debes mucho, estás endeudada conmigo hasta… —Sigo hablando como un loro, pero una vez más no recibo respuesta.

La mujer que está a mi lado hace silencio por minutos eternos, sus ojos se cierran de a poco y, antes de que pueda preverlo, su cabeza se balancea y cae rendida sobre mi hombro.

Doy un leve respingón, incómodo por la situación.

La zarandeo, la muevo un poco para que despierte, pero parece una piedra.

—Oye, despierta. Lo último que me falta es que me agarres de almohada. —Le digo, más bajito de lo que debo, porque después de todo este desastre, lo único que se merecen son mis insultos. —Ana… ¡Ey! Despierta… No soy tu marido ni nada por el estilo para que duermas encima de mí —sigo murmurando como idiota y la bella durmiente más descarada del mundo, en vez de despertar, se acurruca más en mí, suspirando lento, en calma.

Miro a mi alrededor sin saber qué demonios hacer con esta loca.

—¿En qué carajo estaba pensando el destino cuando se le ocurrió la genial idea de cruzarme con alguien como tú? —hablo solo, fingiendo que ella me escucha.

La miro esperando que abra los ojos y empiece la contienda, pero no pasa. Sigue profunda.




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