✿`°¤,¸.•*´¯♥♥
Ana
Hay momentos en la vida donde una persona debería sospechar que algo anda mal.
Por ejemplo:
Si entras a una empresa a pedir trabajo, pero de repente te agarran y te jalan sin rumbo. Con eso deberías sospechar.
Y yo sospecho.
Mucho que sospecho.
Pero sospechar no me sirve de nada porque nadie me escucha.
—¡Hasta que por fin se dignó aparecer, sumajestad! ¡Llevamos semanas buscándote! —reprocha un señor canoso y barrigón que tiene una cinta métrica en el cuello.
—Hazte cargo. Y esta vez no quiero errores. —El sujeto que me llevaba con él me suelta y me deja en manos de este otro.
—No, espere, creo que aquí hay un error, yo no… —No puedo terminar de explicar porque me agarra del brazo.
—¡MUÉVANSE! ¡LA MUJER YA ESTÁ AQUÍ!
—¿QUÉ RAYOS QUIEREN DE MÍ! — pregunto preocupada.
Pero nadie escucha.
ABSOLUTAMENTE NADIE.
Dos mujeres aparecen de la nada y entre los tres me arrastran y me meten hacia unos ascensores enormes.
—¡Oigan! ¡¿Qué está pasando?! —pregunto.
—¡Pensamos que no vendrías! ¡Por tu culpa estábamos todos a nada de ser despedidos! ¡Y el jefe mayor quiere matarte!
—¿A mí? ¡Pero yo no…! —Una vez más trato de explicarme, pero el ascensor sube rapidísimo y mi corazón también.
—¿Ya llamaron a Arturo?
—Ya viene, está al borde del colapso.
—¿Y el jefe?
—No preguntes por el jefe.
—¿Tan mal está?
—Peor que mal. Ese hombre está que mata y come del muerto.
Las escucho hablar mientras me jalan y prefiero no preguntar porque hasta miedo me da pensar que ese muerto que mencionan termine siendo yo.
Las puertas metálicas se abren y el caos que aparece me golpea en la cara.
Mis ojos se impactan y se emboban mirando todo.
Hay personas corriendo por todas partes, luces gigantes, vestidos colgados, maquilladores, peinadores. Mujeres altas a medio vestir, afanadas, entrando y saliendo con atuendos y tacones que las hacen ver como top models…
Gente gritando.
Gente llorando.
Gente corriendo mientras carga cajas.
Y yo estoy empezando a creer que Magnetos es una organización criminal disfrazada de empresa.
¡Madre mía! ¡¿Esto será un burdel? !
—¡Siéntenla!
Reacciono cuando me plantan en una silla de repente.
—¡Empiecen por el cabello, rápido! —dice alguien y de la nada soy sometida por varias manos que me peinan a la velocidad de la luz.
—¡¿Dónde está el vestido blanco?!
Escucho los gritos de una persona que se me acerca, me levanta de la silla y empieza junto con otras a arrancarme la ropa.
Mi blazer sale a volar, dejando a la vista la minifalda y la blusa escotada, que tampoco duran mucho sobre mí porque manos ágiles me la quitan.
—¿ME ESTÁN DESVISTIENDO? —grito horrorizada, tratando de alejarlos, dándoles manotazos.
—Sí.
—¿Y ESO LES PARECE NORMAL?
—Por supuesto.
—¡A MÍ NO! ¿Qué clase de entrevista es esta?
A la mujer líder le entregan el vestido.
—Mete la cabeza con cuidado para no despeinarte.
—No quiero.
—Mete la cabeza.
—¿Y SI NO?
—La meteré yo. —Anuncia y, sin preámbulos, mete ella mi cabeza en la tela vaporosa y transparente.
Cinco segundos después estoy atrapada dentro de una montaña de tela blanca.
—No puedo respirar.
—Sí puedes.
—No.
—Sí.
—NO.
—Respira por la nariz.
—¡Ni modo que respire por las orejas! —replico.
La mujer suspira.
Y yo también.
—¡No tenemos tiempo para tus niñerías! ¡Suficientes problemas nos has causado! ¡Estamos contra el tiempo, mujer! —¡Este es tu gran día! —me regaña—. —¡Ya entró la cabeza al vestido! —¡Maquillaje ahora! —pide afanada y, de la nada, la avalancha de manos empieza a caer sobre mi cara.
Me sientan frente a ellos de nuevo; mi cabello nuevamente es azotado con los secadores y antes de que pueda escapar, empiezan con un acelere impresionante sobre mi rostro.
Brochas.
Sombras.
Polvos.
Pestañas.
Sprays.
Productos misteriosos.
—¿Qué me están poniendo?
—Belleza.
—Mi belleza viene de fábrica. No necesito más.
La maquillista se ríe.
—¡YA BASTA, SUFICIENTE TRAUMAS TENGO! —exijo.
Nadie me escucha.
NADIE.
De nuevo me hacen levantar de la silla, me jalan hacia un camerino gigantesco y las tres mujeres me rodean al mismo tiempo.
La que me peina sigue jalando mi cabello, la que me maquilla viene aplicando sombras y sombras sobre mis ojos, obligándome a cerrarlos para que no me deje tuerta, y la otra, a empujones, sigue metiendo mi cuerpo en este vestido tan ajustado que creo escuchar a mis costillas llorar.
—No puedo respirar.
—La belleza exige sacrificio.
—Pues que se sacrifique otra. —Yo vine a pedir trabajo porque pensé que era una empresa seria, no una casa de citas. —¡Gracias, pero no estoy interesada! —hablo, peleo y refunfuño, sintiendo que de verdad esta vez sí me volveré loca.
—¡Más rápido! —pide el señor pequeño y flaco con cara de foca que entra de repente. Este es el sujeto que me atrapó en la recepción. Se me acerca y, sin que me lo espere, me acomoda el escote del vestido, levantando mis preciosos molones muy altos.
—¡Santo cielos, se me van a explotar! —le digo aturdida.
Pero todos siguen haciendo caso omiso a mis palabras.
Una mujer aparece con unos tacones imposibles.
Altísimos.
Satánicos.
Precen obra del demonio.
Brillantes.
Peligrosos.
Asesinos.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—NO.
—Póntelos.
—Quiero vivir.
—Póntelos.
—No puedo ponerme eso.
—Son parte del look.
—Pues el look quiere matarme. —¡No me pondré eso! —determino, tratando de dar media vuelta para escapar, pero no doy ni un paso cuando me tiran en su sillón y me agarran entre varias manos para que no me mueva mientras me obligan a ponérmelos.