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Mi corazón intenta escapar por mi garganta.
Mis manos empiezan a sudar porque la cantidad de gente es demasiada. Hay mesas elegantes, empresarios, periodistas, fotógrafos y todos están observándome.
Esperando que haga algo.
Lo que sea.
—Ay, Diosito... —Ruego por una ayuda divina, porque una cosa es imaginar una pasarela y otra muy diferente es estar parada en medio de una, sola, con todos esos ojos encima.
La garganta se me seca.
No puedo moverme.
No puedo respirar.
No puedo pensar.
Miro hacia atrás, instintivamente, buscando ayuda.
Una salida.
Una puerta.
Un milagro.
Pero lo que encuentro son los locos que me trajeron hasta aquí, asomados detrás de las cortinas, todos moviendo los brazos desesperadamente, haciéndome señas.
—¡Camina!
—¡Muévete!
—¡Ya!
Escucho sus susurros.
El hombre pequeño, ese desgraciado enano que es el culpable de todo este problema, tiene los ojos a nada de salirse de las órbitas por verme aquí parada.
Le suplico con la mirada que me salve, pero el muy infeliz niega con movimiento de cabeza y se pasa un dedo por el cuello, lentamente, de lado a lado, como si estuviera degollando a alguien.
El cretino me acaba de amenazar.
Y yo trago saliva cuando escucho los murmullos de los invitados que esperan que empiece a desfilar.
—¿Qué hago? —murmuro, sintiendo que el pánico me aplasta el pecho—. ¡Santa madre! ¿Cómo salgo de esta?
Intento avanzar dando un paso y los malditos zapatos se doblan; mi corazón me da un vuelco, logro recuperar el equilibrio de milagro y los fotógrafos empiezan a acercarse.
—Inténtalo, Ana. Parece difícil, pero no debe ser imposible —me doy ánimos.
Intento dar otro paso, pero me sale mucho peor, porque siento que camino sobre dos trampas mortales y que ese solo paso será suficiente para terminar desparramada en este piso.
Mis piernas tiemblan.
Mis tobillos lloran.
Mis pies quieren renunciar.
Y mi dignidad ya presentó la carta de despido.
Cierro los ojos un segundo y respiro hondo en medio del caos, suplicando salir de esta. Y…
La voz de mi hermana aparece de la nada.
"Pase lo que pase allá dentro, sé tú misma. Eso siempre será suficiente para ti."
La frase resuena dentro de mí, abro los ojos y me enfoco en el escenario.
Contengo la respiración.
—¿Ser yo misma? —repito bajito.
Los tacones vuelven a tambalearse.
—Ser yo misma...
Miro los zapatos.
—Ser yo misma siempre me ayuda o me complica todo por mil.
Los nervios me arrancan una pequeña risita.
—Pero en este momento no tengo otra opción. Si voy a morir...
Suspiro profundo.
—Moriré siendo yo... —Determino, inclinando mi espalda y agachándome con cuidado.
—¡NO! ¡No hagas eso! ¡Por favor, no! —dicen, alarmados detrás de las cortinas.
Y yo hago caso omiso a sus ruegos porque ninguno de ellos escuchó los mios.
—Es esto o aterrizar de cabeza contra toda esa gente, Ana...
Me hablo a mí misma.
—Sé tú misma. Enfréntate al mundo siendo quien eres, eso siempre será suficiente —insiste esa voz en mi mente, mientras mis manos hacen su obra.
Escucho varios jadeos detrás de la cortina.
Escucho incluso un grito ahogado y un estruendo como si alguien acabara de perder la vida. .
Y yo sigo.
Me desabrocho y me deshago de los zapatos.
Suelto un suspiro intenso de puro alivio cuando la libertad llega a mis pies.
Agarro ambos tacones con una sola mano, me pongo de pie muy animada y vuelvo a levantar la cabeza...
—Sé tú misma… —Vuelvo a decirme, y en automático mi rostro se decora con una sonrisa que nace sola.
Grande.
Luminosa.
Traviesa.
Auténtica.
Mi espalda se endereza.
Mis hombros se relajan.
Y sin demoras empiezo a caminar descalza.
La tela suave del vestido se desliza alrededor de mis piernas y el piso frío acaricia las plantas de mis pies.
Las miradas de los presentes me siguen, la música se suaviza, el aire ya no pesa tanto y poco a poco me dejo ir en esta pasarela sintiendo mi sangre fluir más acelerada.
No intento parecer una modelo.
No intento parecer una mujer salida de otro mundo.
No intento parecer alguien que no soy.
Simplemente camino como Ana.
Sonriendo.
Respirando.
Viviendo.
La multitud guarda silencio absoluto y eso me pone nerviosa.
Muchísimo.
Pero sigo, porque detenerme ahora sería peor.
Así que sonrío más.
Levanto los tacones como si fueran parte del espectáculo, los muevo un poco mientras sonrío y doy una pequeña vuelta, dejando mis pies en punta por varios segundos, antes de seguir desfilando como si esta pasarela fuera mía.
Mi tensión desaparece. No toda, pero sí lo suficiente para empezar a moverme con más naturalidad, más libre, más ligera.
Llego al final de la pasarela, giro sobre mí misma, la falda gira conmigo, suave, elegante, y yo hago una pequeña reverencia divertida como si llevara años haciendo esto.
Mentira.
Por dentro sigo muriendo.
Pero nadie parece notarlo porque de repente escucho aplausos. Muchos aplausos.
Camino de regreso.
Juego con el vestido.
Juguetona, levanto un poquito la tela
Doy una pequeña vuelta improvisada y muy coqueta sin dejar de sonreír.
La gente sonríe, aplaude, los fotógrafos disparan sus cámaras, los flashes iluminan todo.
Regreso hacia el centro de la pasarela; mi mirada recorre el público.
Ve las mesas, los invitados, los empresarios, los periodistas, los fotógrafos. Hasta que...
Lo veo a él y mi mundo vuelve a detenerse.
No.
No puede ser.
Mis pasos se congelan y el aire no llega a mis pulmones, porque está en la primera fila.
Traje oscuro.