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Juan Pablo
Precisamente ella.
No es una modelo profesional.
No es una influencer.
No es una actriz.
No.
Empujo las puertas principales de cristal, el calor del exterior me golpea en la piel.
Mis ojos recorren la calle, la acera, la entrada y el estacionamiento.
Ni rastro de ella.
—Mierda.
Bajo los escalones rápidamente, muy furioso, todavía dispuesto a seguir diciéndole sus cuatro verdades.
Miro hacia el estacionamiento de enfrente y noto que su carro sigue ahí.
Esa carcacha vieja e imposible de ignorar.
¿Cómo olvidarlo?
Ese vehículo ya me ha causado suficientes traumas al igual que su dueña.
Una pequeña sensación de alivio me atraviesa, porque si el coche está significa que no se fue.
Camino rápido hacia él pero cuando llego está vacío.
Frunzo el ceño.
Abro la puerta buscándo a la loca pero ni las huella dejó.
Miro alrededor.
Nada.
Mi paciencia empieza a morir otra vez.
—¿Dónde está la chica? —le pregunto al tipo que está cerca.
El vigilante del estacionamiento viene caminando hacia mí.
—¿Dónde está? —le insisto.
El hombre me mira extraño.
—¿La bonita? ¿La que parecía querer incendiar el edificio?
Lo miro furioso.
—La segunda.
—Son las mismas. Es linda y muy brava esa mujer; por poco y me arranca la…
—¿Dónde está? —lo freno, porque si lo dejo seguir hablando, yo sí que lo terminaré matando por mirar de más.
—Se fue.
Mi mandíbula se tensa.
—¿Cómo que se fue?
—Caminando.
—¿Caminando?
—Sí.
—¿Y dejó el coche?
—Sí.
Lo miro.
Él me mira.
Yo sigo esperando una explicación lógica.
—¿Por qué dejó el coche?
—Porque no pude dejarla llevárselo, por eso casi me muele a golpes…
Aprieto los dientes y lo miro mal.
—¿Qué?
—Le faltaban los documentos. Dijo que dejó el bolso en Magnetos, le dije que fuera por él y me respondió que ni muerta.
El hombre señala la garita.
—Los papeles de propiedad son las reglas de la empresa, señor.
Mi ceño se frunce.
—¿Me está diciendo que abandonó el carro?
—Sí.
—¿Y se fue caminando?
—Muy enojada.
—¿Qué tan enojada?
El vigilante parece pensarlo.
—Mucho.
—Eso no responde nada.
—Creo que me llamó cómplice de una organización criminal.
Suspiro.
—Suena a ella.
—También dijo que Magnetos era un manicomio al que se arrepiente siquiera de haber pisado. Y que el jefe era un idiota, un malacido que…
El hombre frena en seco cuando nota que ese insulto es para mí.
—Definitivamente suena a ella.
—Y después se fue hablando sola, furiosa.
—¿Y por unos malditos documentos la dejaste ir a pie?
Cierro los ojos lleno de rabia con este imbécil y, por supuesto, también molesto con ella porque esto es exactamente algo que Ana París haría.
Salir furiosa.
Huir de los problemas como si la persiguiera el diablo.
Me paso una mano por el rostro.
—¿Hacia dónde se fue? —pregunto, mirando de nuevo hacia mi alrededor.
—No lo sé, señor. Me ocupé y la perdí de vista —responde el tipo tartamudeando por verme echar chispas.
Agarro el cuello de su camisa y lo aprieto fuerte.
—Carajo, ¿por qué mierda no le diste su auto? Ruega que no le pase nada a esa mujer, porque te juro que… —Me trago el resto de mi amenaza con la mandíbula tensa.
El hombre me mira asustado y retrocede cuando lo suelto.
Frustrado, doy media vuelta y me apresuro a entrar a Magnetos. Mis pasos resuenan sobre el mármol, los empleados me ven pasar y rápidamente apartan la mirada, porque probablemente parezco un asesino buscando víctimas. No los culpo.