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Ana
Abro los ojos y por unos segundos me quedo inmóvil observando el techo blanco, escuchando el silencio y sintiendo esa incómoda sensación de no pertenecer a este sitio.
Sigo en casa de Gabriela.
Mi refugio temporal.
Y mi vergüenza permanece porque no debería estar aquí. A veces siento que ni siquiera mi hermana pertenece a esta casa.
Suelto un suspiro apretando la sábana con ambas manos.
Mi perro duerme hecho una bolita sobre una manta junto a la cama. Su pequeño pecho sube y baja tranquilamente, y lo envidio porque él sí logra dormir en paz.
Yo no puedo.
Yo llevo media noche peleando con mis pensamientos.
Con mis problemas.
Con mi orgullo.
Y con la imagen de cierto hombre insoportable que parece haberse instalado en mi cerebro.
—Cretino… —murmuro todavía acostada.
Firulai abre un ojo, después el otro, levanta la cabeza, me observa y mueve una oreja.
—Sí, hablo de él.
Mi perro bosteza porque claramente mis quejas no le interesan.
—Lo odio.
El perro vuelve a acostarse indolente, sin importar lo enojada que esté su madre.
—Pequeño traidor —le digo y me cubro la cara con la almohada.
Intentando no pensar.
Pero inmediatamente recuerdo:
La pasarela.
Los tacones.
Las luces.
Los fotógrafos.
Los gritos.
Y aquellos ojos oscuros, furiosos y muy confundidos, clavados en mí desde la primera fila, recorriéndome el cuerpo entero de una forma tan…
Aprieto la almohada contra mi rostro.
—Es un idiota… Juro que es un idiota insoportable, arrogante. Un desgraciado al que espero no volver a ver jamás.
Sigo refunfuñando y justo cuando estoy considerando esconderme debajo de la cama hasta el próximo siglo, de repente un estruendo sacude la casa.
La vibración y el golpe seco de una puerta retumban en las paredes.
Firulay salta y mi corazón se agita.
—¿Qué fue eso? —le pregunto a la nada, muy nerviosa.
Rápidamente salgo de la cama,
Firu corre hacia la puerta ladrando, desesperado, rasgando la madera, ansioso por salir.
Abro la puerta, salgo al pasillo y veo que mi sobrina va bajando las escaleras como una leona saliendo de una jaula.
—¿Sofi? ¿Qué sucede? —le pregunto inquieta.
—¡Pregúntale a tu hermana, a ver si te enteras de lo desquiciada que está! —me responde con rabia sin ni siquiera mirarme y sigue bajando.
—Respeta a tu madre, mocosa malcriada —la regaño.
—Vete al carajo, arrimada de mierda. No sé cuándo es que te vas a largar de mi casa.
Su respuesta me deja fría. El pecho se me hunde porque sé que estoy en casa ajena y suficiente látigo me doy cada segundo que paso en este sitio, pero es duro escuchar esas palabras de alguien a quien quiero tanto.
La chica se va de la casa azotando la puerta principal.
Aprieto los ojos con fuerza para no llorar, aun cuando me siento humillada y consternada.
Recobro el sentido de la realidad, abro los ojos de golpe y mi mirada se dirige automáticamente hacia la habitación de Gabriela.
Me acerco, la puerta está cerrada, pego mi oreja a la madera y del otro lado escucho sollozos.
Mi corazón se encoge.
No.
No otra vez.
Desde que estoy en casa, no es la primera vez que escucho a mi hermana llorar.
Doy dos golpecitos en la puerta.
—¿Gabi? ¿Puedo entrar? —pregunto.
No responde y otro sollozo atraviesa la madera.
Cierro los ojos porque conozco ese llanto.
Es el llanto de alguien que lleva demasiado tiempo tratando de sostenerse, de hacerse la fuerte, oculta bajo arenas movedizas que están por tragarla entera.
Me inquieta su silencio y no espero una respuesta porque sé que no llegará.
Gabriela siempre fue así.
Ella siempre intenta cargar sola con el mundo. Lo hizo cuando mi padre nos abandonó y ella cargó conmigo cuando mamá se hundió en su rabia y en su soledad, echándose y echándonos la culpa de ese abandono.
Mi hermana siempre intenta esconder las heridas porque piensa que puede con todo sola.
Siempre intenta protegernos incluso cuando es ella quien necesita ayuda.
Abro la puerta despacio y lo que encuentro me rompe el alma. Mi hermana está sentada en el suelo, encogida sobre sí misma.