Quédate en mi vida

Dormirás conmigo esta noche

✿`°¤,¸.•*´¯♥♥

Juan Pablo

La lluvia golpea el techo del coche con fuerza, mientras los parabrisas van y vienen sin descanso, intentando darme visibilidad.

Sigo la dirección que me envió mi secretaria mientras maldigo por décima vez a la mujer que decidió convertir mi existencia en un caos.

No entiendo por qué demonios estoy haciendo esto.

Podría esperar hasta mañana.

Podría llamarla.

Podría enviar a alguien.

Pero no.

Aquí voy como un jodido demente, atravesando media ciudad únicamente para encontrar a la loca que me sacó tanto de quicio que juré que quería estrangular.

—No tienes remedio, Juan Pablo... Eres un maniático —murmuro para mí mismo.

Doblo por la última calle indicada por el GPS, las luces de una elegante urbanización aparecen frente a mí y poco a poco disminuyo la velocidad.

Busco el número de la casa.

Uno.

Dos.

Tres…

ocho…

Once..

Y

Ahí está la número quince

Freno quedando a una distancia prudente y apago el motor, pero no bajo porque algo llama mi atención.

La puerta principal está completamente abierta y una figura femenina sale de la casa arrastrando una maleta.

Frunzo el ceño.

Aunque la lluvia cae a cántaros y nubla todo, reconozco esa manera de caminar. Esa espalda recta. Ese orgullo absurdo de quien prefiere romperse antes que pedir ayuda.

Es Ana.

La observo avanzar, no sé para dónde. No mira hacia atrás ni una sola vez.

Cuando va un poco lejos, una mujer sale detrás de ella y cuando creo que va a detenerla, aparece un hombre en la escena y empiezan a discutir quién sabe por qué.

No alcanzo a escuchar lo que dicen; es una pelea de esposos y en realidad no me interesa, porque mi atención vuelve a la chica que se aleja más y más.

Continúa caminando, sola, arrastrando una maleta que parece pesar más que ella.

¿Qué demonios...?

Me inquieto, y antes de perderla de vista, pongo en marcha el auto, pasando por el lado de la pareja que discute bajo el agua.

Disminuyo de nuevo la velocidad cuando la mujer que vine a buscar aparece de nuevo en mi campo de visión, y mi mano queda inmóvil sobre la manija de la puerta.

La miro sin saber cómo sentirme porque se ve muy afligida.

La sigo con el coche, a baja velocidad, sin que me vea.

Mis ojos son incapaces de perderla de vista ni un segundo. La veo cruzar la calle y entrar al pequeño parque que queda frente al conjunto residencial.

Los relámpagos iluminan los árboles, el viento dobla las ramas.

Ella sigue caminando, hasta que, de repente, se detiene, deja caer la maleta a un lado, abraza al perro contra su pecho y se refugia bajo un enorme samán.

Durante unos segundos permanece completamente inmóvil, mirando a su alrededor, pero después sus hombros empiezan a temblar.

Y yo trago saliva porque analizo su postura corporal y sé que no está temblando por el frío.

Está llorando.

Y no es un llanto superficial.

Es ese llanto que sale cuando una persona ya no puede sostener el peso que lleva encima.

Mi garganta se aprieta.

No sé por qué, pero verla así me aprieta el pecho de una forma absurda.

¿Dónde quedó la mujer que hace solo unos días me gritaba en plena estación de policía?

¿Dónde está la loca que me lanzó unos tacones en la cabeza?

¿La que me pisó el pie con toda la fuerza del universo?

¿La que volvió loco a todo el mundo en esa pasarela?

La mujer bajo ese árbol no se parece en nada a esa.

Esta parece pequeña, frágil, desprotegida.

Y odio verla así.

Maldita sea...

Cómo odio verla así.

Antes de darme cuenta de lo que hago, abro la puerta del coche y en el acto la avalancha de agua lluvia me empapa en cuestión de segundos. No me importa.

Rápidamente camino hacia la chica que no se percata de mi presencia porque sigue consumida en llanto, abrazando a ese perro como si fuera lo único que le queda en el mundo.

Cuando estoy a un par de pasos, me quito la chaqueta y, sin decir una sola palabra, la coloco sobre sus hombros.

Ana se sobresalta, levanta la cabeza bruscamente y sus ojos enrojecidos se encuentran con los míos.

Sus iris sorprendidos me miran como si hubiera visto un fantasma.

—¿Tú...? —pregunta con voz entrecortada.

Asiento sin poder dejar de mirarla.

—Sí… Yo. —Respondo como si mi llegada justo en este momento de su vida fuera algo normal entre los dos.

Ella sigue mirándome confundida.

De hecho, yo también estoy confundido porque hace diez minutos venía dispuesto a pelear.

Incluso traía preparado mentalmente todo lo que iba a decirle.

Pero verla así me desordenó completamente las ideas.

—Vine porque...

Mis palabras mueren antes de salir.

Porque necesito que firmes un contrato.

Porque los inversionistas te quieren.

Porque eres mi única opción y, quieras o no, tienes que hacerlo.

No.

No puedo decir eso ahora.

Suelto un suspiro.

—Olvídalo.

Ella baja la mirada, aprieta la chaqueta e intenta quitársela, aun cuando se nota que muere de frío.

El perro también está empapado, acurrucado entre sus brazos.

—¿Qué haces aquí afuera mojándote? —pregunto, acercándome, y le acomodo más la chaqueta, imponiéndome para impedir que se deshaga de la prenda.

Ella me mira extraño, como si yo fuera un bicho de otro planeta.

—Te vas a enfermar.

Ella tarda unos segundos en responder.

—No es tu problema.

La observo, intentando entender cuántas cosas han tenido que pasar para que una mujer con un carácter como el suyo se ponga de esta forma.

—Eso intento repetirme desde que apareciste.

Ella vuelve a mirarme.

—Pero no funciona —sigo hablando.

Y la chica que tirita de frío frunce el ceño.

—¿Qué?

Me acerco un paso más mientras la lluvia sigue cayendo entre los dos.




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