Quédate en mi vida

¡Rayos! ¿Qué fue eso?

✿`°¤,¸.•*´¯♥♥

Juan Pablo

—¿Estás más tranquila y dejarás de ser tan terca? —le pregunto a la chica, cuando estamos por llegar a mi edificio.

—¡No! ¡Ninguna más tranquila! Yo solo quiero que usted entienda que…

No espero a que termine de responder. En mi pensamiento, simplemente tomo una decisión.

La peor decisión de mi vida. O eso quiero creer.

—Ok. Tú lo quisiste de esta forma —le digo, mientras me adentro en los parqueaderos subterráneos del edificio y estaciono rápido el coche.

Ella me mira inquieta cuando abro la puerta.

Bajo del automóvil, abro las puertas traseras y, antes de que Ana pueda salir, saco la maleta completamente empapada.

—Gracias por todo, y qué bueno que recobraste la razón. No es correcto que me quede en tu casa, por… —Empieza a decirme la mujer que se me acerca a agarrar su maleta con la absurda idea de que, después de traerla hasta acá, la voy a dejar libre.

Ruedo la maleta y la pongo detrás de mí y no le digo una sola palabra.

—¡Oiga! —me reclama.

La ignoro.

Me enfoco en lo mío, me inclino y estiro una mano hacia ese perro revoltoso que asoma la cabeza moviendo el rabo cuando ve a su dueña.

Cuando la ve a ella, le brotan corazones de los ojos y, cuando me ve a mí, me enseña los dientes.

—¿Qué piensa hacer? No tiene que hacer más de lo que ya hizo por nosotros; Firu y yo nos iremos a un hotel, estaremos bien…

Ella sigue hablando y yo sin contestar.

—Ni se te ocurra morderme porque de un solo tirón te saco de la Vía Láctea —amenazo al perro como si fuera una persona.

Él responde con un gruñido.

—Así me gusta. Que sepas con quién no te conviene dártelas de guapo.

Sigo hablando con él y lo agarro por debajo del pecho antes de que pueda escapar.

—¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!

Empieza a patalear como un condenado.

—¡No lo cargue de esa forma! —grita Ana.

Pero ya voy caminando con su perro y su maleta, alejándome de ella.

Firulay no deja de ladrarme prácticamente en la cara.

—Silencio, pulgoso.

Él responde intentando morderme una manga.

—Eres un problemático. ¿No ves que esto es para que esa mujer que tanto quieres venga tras nosotros? —Lo regaño.

Miro hacia atrás.

Ana sigue inmóvil, mirando inquieta a su alrededor. Y en el fondo la entiendo.

Freno mis pasos porque ella no se mueve, parece una momia sin saber qué hacer, está empapada, tiembla de frío, y aun así, su orgullo no cede.

Me imagino lo difícil que debe ser tener que aceptar la ayuda de un extraño porque no tienes otra opción.

Es una mujer orgullosa y con un carácter del demonio, pero… se encontró con alguien que es mucho más endemoniado que ella, que no acepta un no por respuesta, es decir, se topó conmigo.

La veo y tiene esa expresión entre indignación y desconcierto.

—Tu perro y tu maleta entran conmigo a mi casa.

Ella cruza los brazos.

—Yo no. —Me responde enseguida.

Asiento con absoluta tranquilidad.

—Ok. Es tu decisión —respondo como si nada acomodando mejor la maleta.

—Entonces me quedo con tu ropa...

Muevo un poco al perro.

...y con este bulloso.

Firulay vuelve a ladrar mientras su dueña abre mucho los ojos.

—¡¿Qué?!

—Lo que escuchaste. Si quieres morirte de frío en plena calle, hazlo —hablo y doy media vuelta para seguir con el camino—. Cuando decidas dejar de ser terca, avísame.

Empiezo a caminar hacia el edificio sin voltear.

No hace falta que mire hacia atrás porque sé perfectamente que viene detrás de mí.

Porque detrás de nosotros se escucha una voz indignada.

—¡ES MI PERRO! ¡NO PUEDE QUEDÁRSELO!

—¡Demándame si quieres! —la reto y sonrío para mí porque mi estrategia está funcionando; la traigo obligada, me llevo al ser vivo que tanto adora, para llevarla justo donde quiero que esté esta noche.

Entramos al edificio en medio del aguacero; de inmediato el vigilante levanta la vista y nos mira a ambos. Arruga la cara cuando nos ve a los dos empatados y al perro hecho una completa porquería.

—Buenas noches, señor Sarmiento.

Asiento. No tengo tiempo ni calma ahora para andar saludando a nadie.

Ana entra detrás de mí completamente incómoda, destilando agua de su ropa, mojando el piso que lucía pulcro hasta hace un segundo.

Mira a varias personas que están en la recepción, observándonos como si fuéramos limosneros, y después sus ojos inquietos se fijan en mí como diciéndome: "¿Ve la locura que estamos haciendo?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.