✿`°¤,¸.•*´¯♥♥
Juan Pablo
Veinte minutos después ya estoy seco, en bermuda y una playera negra, aun con el cabello humedo,
Descalzo, camino hacia la cocina seguido del perro que viene detrás como si fuera mi sombra; es como un pequeño paparazzi que ha decidido vigilar cada uno de mis movimientos.
Abro la nevera, saco la caja de pizza y así fría le doy un mordisco al primer pedazo.
Firulay se sienta frente a mí, saca la lengua y mueve la cola.
—No.
Me ladra.
—No.
Inclina la cabeza y sus ojitos me miran como cachorro tierno.
—No intentes manipularme. Ya sé qué clase de ser vivo eres.
Vuelve a ladrar con más exigencia.
—A mis secuestrados no les doy comida.
En silencio me observa unos segundos, suspira... o algo parecido, mientras le doy otro mordisco a la pizza, y muy manipulador emite un quejido tan dramático que parece un actor de telenovela.
Lo miro.
Él me mira.
Resoplo.
—No pongas esa cara porque no me conmueves —le digo y, como un gran idiota, cinco segundos después termino dándole un pedazo.
El perrito feliz se come en dos por tres el bocado de comida y vuelve a mirarme pidiendo mas.
—Eres igual de chantajista que tu madre —le digo, mientras le doy otro pedazo y uno más, y otro más, hasta que entre los dos nos tragamos 6 porciones.
Me tomo una cerveza y a él le sirvo agua.
—Para que no digas que soy mala persona.
Mientras él come feliz, escucho la puerta de la habitación abrirse y pasos lentos vienen desde el pasillo.
Levanto la vista y el tiempo vuelve a detenerse. Vuelvo a quedarme inmóvil porque Ana aparece descalza, usando una camiseta mía.
Le queda enorme; las mangas casi le cubren las manos.
La prenda le cae hasta medio muslo.
Parece una niña que se robó la ropa de un adulto.
Todavía tiene el cabello húmedo y sigue abrazándose a sí misma.
En cuanto nota que la observo, se pone roja y baja la mirada.
—Yo...
Aclara la garganta.
—Tomé prestada una camiseta. Mi maleta se empapó y toda la ropa quedó mojada.
Hace una pausa incómoda.
—Espero que... no le moleste.
No respondo nada, porque mi cerebro acaba de decidir dejar de funcionar. . En realidad, no sé qué responder porque verla usando una camiseta me mía produce una sensación absurda que no pienso analizar.
La mujer que creo si me descuido es capaz de matarme, está usando mi ropa.Y eso por alguna absurda razón se siente demasiado íntimo.
—Ese perro tragon por poco no te deja ni una porción de pizza —comento, para tratar de desviar mi cabeza hacia otro tema.
—Quiere decir que por la mañana hará mucho popó. Está acostumbrado a ir al parque. No se preocupe, nos iremos muy temprano para que no le haga un desastre en la alfombra —asegura.
Mis ojos no dejan de mirarla, analizo sus labios y aun se ven un poco morados, su piel está erizada, se nota que tiene frio.
Reacciono por verla asi, no puedo evitarlo, mis pies caminan sin permiso hasta el pasillo, abro un cajón, saco una manta gruesa y camino hasta ella.
No protesta. No huye, en silencio me observa acercarme.
Llego a su punto y la rodeo con la cobija.
Cubro sus hombros, sus brazos y acomodo la manta alrededor de todo su cuerpo.
Vuelve a temblar mientras la envuelvo, levanta la mirada y sus ojos se conectan con los míos.
—Sigues temblando —hablo bajito.
—Ya se me pasará — intenta restarle importancia.
Y al instante siento cómo un pequeño escalofrío vuelve a recorrerla aun estando arropada.
Niego con la cabeza.
—Eres demasiado orgullosa para admitir que mueres de frío y que probablemente pescaste un resfriado por andar de rebelde. Deja de ser tan terca, Ana Paris, que eso no te llevará a ninguna parte.
Ella baja la vista una vez más.
—Y usted demasiado mandón para dejar de dar ordenes.
Termino de acomodarle la manta muy despacio; sin darme cuenta, agarro sus manos y las froto porque están arrugadas y heladas.
Ella no sabe ni cómo pararse, respira hondo y nuestras miradas vuelven a encontrarse.
La lluvia sigue golpeando los ventanales del apartamento.
Los relámpagos iluminan la ciudad.
Firulay mastica pizza ajeno a todo.
Y yo...
vuelvo a perder el juicio.
Porque antes de apartarme, sin pensar demasiado, termino diciendo lo primero que cruza por mi cabeza.
—Te sigo odiando —le digo casi en un murmullo.
Ella arquea una ceja.
—...pero estamos en tregua. Así que puedo ayudarte con ese frío de alguna forma… y lo haré. Te daré un poco de calor, ¿vale? —le aviso, acercándome un poquito más.
Durante unos segundos no dice absolutamente nada.
Solo me mira.
Con esos enormes ojos color miel.
Sorprendida.
Confundida.
Y peligrosamente cerca.
Entonces carraspea.
Aprieta mejor la manta contra su pecho.
Y sin que yo mismo pueda impedirme que siga haciendo estupideces, mis brazos la envuelven.
Ella se queda completamente quieta cuando siente mi cercanía. No dice nada, literalmente se congela cobijada bajo mi pecho.
Y yo… no sé ni lo hago. En este momento sencillamente no estoy pensando.
—No se acostumbre. Me cae muy mal como para que con un simple abrazo pueda hacerme cambiar mi percepción de usted —murmura.
No puedo evitar sonreír.
—Descuida. Mañana volverás a sacarme de quicio. Sigues siendo mi pesadilla. Y un abrazo no te quitará ese título…
✿`°¤,¸.•*´¯♥♥
No sé cuánto tiempo pasa.
Una hora.
Tal vez dos.
La lluvia cesó un poco, por fin, y todo el apartamento está en silencio. Excepto por un pequeño estornudo que rompe la calma de la madrugada.
Me muevo inquieto en el sofá de un lado para otro cuando siento a la mujer que está acostada en mi cama; está estornudando sin parar.