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Juan Pablo
Medio abro los ojos y los vuelvo a cerrar enseguida porque los rayos de sol que se filtran por la hendidura de la ventana y me dan directo en la cara me molestan.
—¿Te moriste? —pregunto y, medio adormilado, estiro un brazo hacia el otro lado de la cama, esperando encontrar el pequeño horno humano que durante toda la madrugada tuve prácticamente abrazado para que aquella fiebre infernal cediera de una buena vez.
Mis dedos solo encuentran sábanas frías, por lo que abro los ojos de golpe y me incorporo apoyándome sobre un codo.
—¿Ana...?
El nombre sale solo. Pero ella no responde.
Recorro la habitación con la mirada; la puerta del baño está abierta, me levanto, me asomo con cuidado y está vacío.
Frunzo más el ceño.
—¿Firulay?
El perro tampoco responde.
—¿Ana?
Vuelvo a llamarla y nada.
Una extraña inquietud empieza a instalarse en mi pecho.
Veo una hoja doblada sobre la mesa de noche; la tomo.
Es una letra bonita.
Muy de ella.
"Gracias por todo."
"Lamento todas las molestias que pude causarte."
"Prometo no volver a invadir tu vida."
"Ana."
Termino de leer y me quedo inmóvil.
Tardo tres segundos procesando la nota.
"Prometo no volver a invadir tu vida."
Esa última frase se repite en mi cerebro.
Escucho la puerta principal cerrarse y mi corazón pega un salto.
—¡Mierda! —reacciono, lanzo la nota sobre la cama, me apresuro a mi closet y agarro una carpeta.
Salgo de la habitación, cruzo el pasillo en unas cuantas zancadas y abro la puerta de un tirón.
—¡ANA! —La llamo cuando salgo prácticamente corriendo del departamento.
Maldición.
¿Por qué demonios tiene que ser tan terca?
Anoche casi se muere y ahora simplemente se larga.
—¡ANA! —Pronuncio fuerte su nombre cuando la veo que va directo hacia el ascensor.
Tiene el cabello envuelto en una coleta y lleva puesta una chaqueta demasiado fina para el frío de la mañana.
Y Firulay va caminando orgulloso a su lado como si estuviera iniciando una gran aventura.
Resoplo.
—Esta mujer me va a volver loco...
—¡¡ANA!! —Insisto, pero ella sigue caminando, como si no me hubiera escuchado.
—¡ANA PARÍS! —Mi voz truena en el pasillo y ahora sí se detiene.
No se gira, permanece de espaldas y respira hondo.
Sonrío con incredulidad.
Claro.
Obviamente decide ignorarme para no enfrentarme.
—¡Ana! ¿Por qué te haces la sorda? —le reclamo desde la mitad del pasillo.
—Ya le di las gracias.
Su voz sale tranquila.
—Ya me despedí.
Hace un pequeño gesto con la cabeza.
—Así que no me siga —me pide y sigue caminando.
Firulay, en cambio, hace exactamente lo contrario.
El perrito voltea y, cuando me ve, levanta las orejas, empieza a mover la cola con entusiasmo y, sin el menor remordimiento, abandona a su madre.
Corre hacia mí, se planta frente a mis piernas, ladra dos veces y empieza a mover el rabo como un ventilador.
La traición hecha perro.
Ana abre los ojos enormes, indignada.
—¿Firulay?
Lo llama, pero el condenado ni la mira.
Yo me agacho y le rasco detrás de las orejas.
—Buenos días, socio. En la nevera tengo otra pizza entera que debemos comernos —le digo, acariciándole las orejas, y él me responde con un ladrido feliz.
—¡Firulay! —vuelve a llamarlo—. Ven.
Pero nada.
El traidor permanece pegado a mí y no puedo evitar sonreír.
Ella aprieta los labios con coraje.
—No puedo creerlo...
—Yo sí.
Me pongo de pie.
—Es un perro amante de la pizza igual que yo.
Ella cruza los brazos.
—Es un vendido.
—También.
Firulay mueve más la cola. Parece orgulloso del título.
Y su dueña suspira con evidente desesperación.
—Firu, tenemos que irnos —trata de convencerlo.
El perro la mira, también me mira a mí y termina sentándose exactamente donde está.
Como diciendo...
"Yo de aquí no me muevo sin mi pizza"
—El perro es más consciente que tú y decide quedarse donde le conviene —comento.
Ella me fulmina con la mirada.
—No empiece.
—No he empezado.
—Pues no siga.
—Tampoco he seguido.
Su nariz se arruga.
Y ese gesto me hace gracia, aunque no pienso admitirlo.
Da un paso para coger al perro cuando el elevador abre sus puertas, pero yo me adelanto y en dos zancadas estoy frente a ella.
—Eres demasiado testaruda. Anoche casi convulsionas y ahora te largas así nada más, quién sabe para dónde, poniéndote en peligro —la regaño, y la agarro por los hombros cuando intenta alejarse de mí.
Ella levanta la cara; sus iris me miran de una forma inexplicable.
Ya no hay rastro de la fiebre de anoche.
Solo orgullo y, evidentemente, algo de vergüenza, tal vez por haber amanecido en mi cama y en mis brazos.
—Le agradezco todo lo que hizo por mí y por Firu, pero tengo que irme —responde, esquivando mis ojos como si le costara sostener el contacto visual.
—No puedes irte.
—¿Perdón?
—Que no puedes irte.
—Sí puedo.
—No.
—Sí.
—No.
Suspira y cierra los ojos un instante.
Cuando vuelve a abrirlos, ya sé que viene una tormenta.
—¿Quién se cree usted para decirme lo que puedo o no puedo hacer?
—Mira tú misma quién soy —respondo con simpleza, extendiéndole la carpeta.
La misma que dejé preparada antes de dormir porque sabía que su terquedad necesita dominio.
Ella mira el fólder, y al segundo sus iris con grandes interrogantes me miran a mí.
—¿Qué es eso?
—Tu futuro inmediato.
No la toma, solo levanta una ceja.
—No tengo tiempo para sus tonterías.
—Ábrelo. —ordeno.
Niega con la cabeza.