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Juan Pablo
—Arturo — llamo al diseñador cuando Ana y yo cruzamos las puertas de Magnetos.
El enano aparece corriendo con una enorme sonrisa porque me ve llegar con su modelo.
—¡Jefecito hermoso! ¡Me trajo a mi estrella!
Miro a Ana de reojo.
Está parada a mi lado con los brazos cruzados.
—Más te vale que no se te escape porque te las ves conmigo.
Arturo sonríe como si acabara de recibir el mejor regalo de su vida.
—¡Mi reina!
—No soy su reina.
—Claro que lo eres.
Ella suspira profundamente.
—Arturo, no la dejes sola.
—¿Tan peligrosa es?
Lo miro fijamente.
—Más que eso.
Ana resopla con evidente fastidio.
—Hablan como si fuera una delincuente.
—No. Las delincuentes son más fáciles de controlar.
—Cretino.
—Este cretino es tu jefe y demando que te pongas a trabajar —le ordeno.
—Oblígueme —me desafía.
Aprieto los dientes, mirándola mientras pienso que esta chica se está buscando lo que no se ha perdido conmigo.
Arturo nos mira alternadamente y termina sonriendo como un niño viendo una película romántica.
—¡Oh, Dios mío! Está creciendo un nuevo amor. Odio amor, amor odio… Ustedes se van a casar —habla emocionado.
—¡NI ESTANDO MUERTOS! —respondemos en unísono Ana y yo como si nuestros pensamientos se sincronizaran.
—Bueno… yo solo decía. Pero es que… esos ojitos de ustedes se miran como raros.
Lo fulmino con la mirada para que no sigan hablando pendejadas.
Le entrego las llaves del auto al chofer.
—En dos horas la llevan al restaurante Riviera.
Me acerco a Ana, la miro y ella retrocede un paso, como si tenerme muy cerca le costara.
—Cuando llegues al restaurante, preguntas por mí para que te lleven a mi mesa —hablo sin dejar de mirarla.
Ella suspira resignada. Sabe que de nada le servirá pelear.
—Es una reunión con los inversionistas, quieren compartir un momento con la modelo de su campaña, así que enfócate en que tienes que ser amable, conversar un poco y sonreír aunque sea a la fuerza.
Hago lo que tanto odia. Darles órdenes.
—Mirela bien, jefecito, porque me la trajo convertida en huracán y allá llegará convertida en diosa —dice el anano entrometido.
—Más le vale.
Miro una última vez a Ana.
Ella me devuelve una mirada desafiante.
Sin decir más, abandono la empresa.
Las casi dos horas me las consumí haciendo una diligencia y ya tengo más de quince minutos brindando con estos señores el contrato que acabamos de sellar.
El restaurante Riviera es exactamente el tipo de lugar donde se cierran negocios de millones.
Tiene luces cálidas, cristalería fina, paredes blancas decoradas con barrotes dorados en algunas esquinas y la música de piano sonando muy despacio lo hace aún más agradable.
Los inversionistas ya llevan veinte minutos hablando sobre cifras, proyecciones, campañas, mercados.
Y yo, a pesar de estar metido en la conversación, miro a cada nada el reloj.
Levanto el vaso de whisky, tomo un sorbo e intento concentrarme, pero fracaso miserablemente.
—¿Todo bien, Juan Pablo? —pregunta uno de los italianos.
—Perfecto.
Mentira, estoy inquieto y ni siquiera sé por qué.
Miro una vez más el reloj, siento la puerta principal del restaurante abrirse y continúo escuchando la conversación, dándole otro sorbo a la bebida, escuchando algo sobre estrategias comerciales.
Hasta que uno de ellos deja de hablar, después el otro y el otro, y así, todos quedan petrificados mirando hacia un mismo punto.
¿Qué demonios…?
Levanto la vista y me atraganto con el trago amargo mientras una tos traicionera me golpea la garganta, porque la mujer que acaba de entrar al restaurante no parece la misma que hace dos horas iba renegando y maldiciéndome por los pasillos de Magnetos.
Trae puesto un vestido negro que abraza cada curva de su cuerpo con una elegancia insultante; no es exagerado, no es vulgar, es hermosamente perfecto.
El escote es un tanto atrevido y deja ver lo suficiente para volver idiota a cualquier hombre con ojos.
“Ese enano de mierda me va a escuchar”
Me veo como un idiota queriendo asesinar a Arturo por mandarla así de coqueta.
Los tacones...
Malditos tacones.
Camina sobre ellos con una seguridad que no entiendo.
No son tan altos, pero, igual, para mí son tacones y no se está quejando.
¿No era la misma mujer que hace solo unos días quería declararle la guerra a un par de zapatos?
La veo avanzar.
Segura.
Natural.
Como si hubiera nacido para caminar entre cámaras.
Como si jamás hubiera salido descalza a una pasarela.
—Qué preciosa — escucho murmurar a uno de los empresarios.
—Sí. Es muy hermosa —dice otro embobado.
Y yo aprieto la mandíbula, sin entender por qué algo dentro de mí empieza a incomodarse.
Ella continúa acercándose; cada hombre del restaurante gira la cabeza para verla pasar y el mesero deja de servir vino.
Siento cómo mis dedos aprietan el vaso de cristal con fuerza.
Ella llega a nuestra mesa, sonríe, saluda con amabilidad y los inversionistas se levantan para saludarla.
Uno corre la silla.
Otro le besa la mano.
Otro le pregunta si el viaje fue cómodo.
¿Desde cuándo tanto protocolo?
—Señorita Ana, qué gusto volver a verla.
—El desfile fue extraordinario.
—Tiene una energía maravillosa.
—Es un verdadero placer conocerla.
Ella sonríe con esa naturalidad desesperante.
La miro, ella no me mira y eso me pone peor.
—Muchas gracias. Qué gusto conocerlos.
Su tono es tranquilo, seguro y educado.
Nada que ver con la mujer que me lanza tacones, me pisa los pies y amenaza con matarme cada vez que discutimos.
Mi intención de que se siente a mi lado se esfuma cuando uno de los tipos le ofrece la silla que queda justo enfrente de mí.