Querido Diario

Cuarenta y Dos

31 𝔇𝔢 𝔍𝔲𝔩𝔦𝔬.

𝔔𝔲𝔢𝔯𝔦𝔡𝔬 𝔇𝔦𝔞𝔯𝔦𝔬:

Por dos ocasiones, dejaré que Gabriel escriba en ti. Lo vigilaré, sentada a su lado, para que no lea nada que no tenga permitido. Necesito que entiendas mejor cómo pasó todo y, por razones que después entenderás, yo no puedo.

Continuemos:

Gabriel.

Esa noche mi nombre salio de los labios de Sophia atravesando el aire como un lamento desgarrado. Lo escuché claro, aun por encima del crepitar de la fogata y el murmullo del bosque. Mi cuerpo se estremeció; el dolor de los golpes, la sangre en mis labios, las cuerdas cortándome la piel… todo se volvió nada frente a ese sonido.

—¡Sophia! —rugí, sintiendo cómo la garganta se me rompía. Tiré contra las cuerdas con una furia ciega, con la fuerza de quien no piensa en el dolor sino en destruir lo que lo separa de lo que ama. Mis ojos se clavaron en Tom, que la arrastraba como si fuera un objeto.

—Suéltala —escupí con rabia— o te arranco las manos.

Ella me miraba. Ese instante bastó para detener el tiempo. Su rostro era un mapa de miedo y resistencia, y aun así, sus pies se negaban a moverse en la dirección que él la obligaba. Pude verlo: la lucha en sus ojos, la fuerza que aún le quedaba.

Pero nadie más se movió. Meghan, cabizbaja, como si se escondiera detrás de su propia cobardía. Kate, con los labios apretados, tragándose un secreto que quemaba. Rafael y Teo, apenas en pie, derrotados. No me importaba. En ese momento, solo existía Sophia.

La escuché otra vez, su voz quebrada llamándome, y fue como si me arrancaran el alma a pedazos. Tiré de las cuerdas con tal violencia que las venas de mi cuello ardieron, pero era inútil. Cada movimiento era un grito silencioso contra lo imposible.

Y entonces Romeo. Se plantó frente a ella, su silueta erguida y firme, robándome la visión de Sophia como si arrancara lo único que me mantenía de pie. Esa sonrisa suya… el gesto de un depredador que disfruta cuando su presa ya no tiene salida.

—El reencuentro esperado… —su voz grave y helada me atravesó como un cuchillo—. Qué conmovedor.

La escuché responderle con veneno:

—Púdrete.

Romeo rió, burlón.

—Quizá lo haga… pero antes quiero saber: ¿cómo lograste que esas fotos parecieran reales, como si ellos hubieran estado conmigo? —se tocó la sien, como un psicópata que presume de su propio ingenio—. Eres lista. Muy lista. Pero eso solo me da más curiosidad por respuestas… dime, ¿por qué lo hiciste?

La verdad es que tengo que confesar que yo igual quería saber esa respuesta, no entendía porque nos quería alejar a las tres personas que más la protegemos. Si alguien podía evitar que le pasara algo, esos éramos Teo, Rafael y yo.

—Me estorbaban —dijo Sophia, su voz dura, sin una pizca de arrepentimiento.

No me sorprendió su corta respuesta sin explicación; ella no se la daría, y menos a él. Solo quedaba esperar el porqué de algo así. Por alguna razón, eso me dio más escalofríos que el tipo armado detrás de mí.

Romeo me miró. Donde antes había admiración por él ahora sentía unas ganas enormes de asesinarlo. De arrancarle, uno por uno, los dedos de las manos que sabía habían tocado a Sophia. De dejarlo a merced de los coyotes del bosque.

No pude evitar que mis labios se curvaran en un gruñido; sabía que parecía un puto perro, pero mi instinto estaba a flor de piel —solo me faltaba babear.

—El sorprendente Gabriel… —dijo Romeo. Miró a Rafael, que estaba a mi izquierda. A pesar de los golpes, Rafael no se dejó intimidar; levantó la barbilla con orgullo ante Romeo, que hizo una mueca de desagrado— …y su perro faldero no pudieron conmigo.

Rafael bufó.

—Hijo de puta —respondió—. ¿Crees que puedes conmigo? Esos cabrones pegan como niñas, este —me señalo— pega mas fuerte y aún así me levanto, ahorita solo estoy descansando.

—Y yo —murmuró Teo entre tosidos. De los tres, él se veía peor: la piel, antes pálida, mostraba manchas rojo-morado por los golpes; su cabello rubio pegado a la frente por el sudor y la sangre. Nuestra ropa estaba igual de sucia, empapada de tierra y de nuestra propia sangre. No éramos un buen espectáculo, pero quería creer que, si hacía falta correr, aún podríamos hacerlo.

Romeo inclinó la cabeza al mirar a Teo; lo examinó de arriba abajo y luego caminó hasta quedar detrás de Sophia. Mi cuerpo se tensó y mis manos volvieron a tirar, intentando soltarse.

—¿Sabes, Teo? Tú, al igual que Ángel, podrías unirte a nosotros y así salvarte de morir —señaló hacia Rafael y hacia mí—. Ellos dos serán el sacrificio que necesitamos... sobre todo su sangre.

Teo lo miró y por primera vez mostró un rostro verdaderamente enojado. Cuando Sophia nos echó de su casa alegando traición, su expresión no fue de ira sino de preocupación. Estaba convencido de que ella tramaba algo que podía poner en riesgo su vida; por eso nos alejó. Rafael me dijo que Teo se había encontrado con ella, aunque sin obtener respuestas.

Sophia era una tumba cuando quería serlo.

—¡Eres un enfermo, hijo de puta! —gritó Teo, mirando a las hermanas de Sophia—. ¡Pero ustedes más, por hacerle esto a su propia hermana! Malditas locas.

Yo estaba de acuerdo con él.

Ambas solo se retorcieron en su lugar sin decir nada.

—¡Ya basta! —ordenó Romeo —, quiero que comiencen alistarse para lo que viene.

Para lo que viene.

Miré a Sophia y, aunque su rostro seguía impasible, pude leer el miedo en la manera en que me miraba: los ojos un poco más abiertos de lo habitual, los labios apretados hasta formar una línea delgada. Sus labios, pequeños y carnosos, parecían listos para rozar los míos. Tenía el cuerpo erguido, tan tenso que un solo movimiento brusco podría quebrarlo. Y aun así, con el pelo cobrizo despeinado y la ropa hecha un caos, me parecía una preciosidad. No entendía por qué los hombres allí no se arrodillaban ante ella implorando su atención; quizá eso me salvó de convertirme en un puto asesino.




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