31 𝔇𝔢 𝔍𝔲𝔩𝔦𝔬.
𝔔𝔲𝔢𝔯𝔦𝔡𝔬 𝔇𝔦𝔞𝔯𝔦𝔬:
Gabriel
Mientras todos comenzaban a moverse, obedeciendo órdenes que no necesitaban repetirse, nosotros nos quedamos de pie, observando.
Se deslizaban de un lado a otro en silencio, como piezas de un mecanismo antiguo. Nadie hablaba. Nadie dudaba.
Parecian vertir un polvo de color negro y acomodaban velas
Una tras otra.
Colocadas con precisión enfermiza alrededor de nosotros, formando un círculo perfecto que no dejaba espacio para errores… ni para salir.
Teo lo notó primero.
—No es solo un círculo… —murmuró, con la voz apretada por el dolor—. Es sal.
Entrecerré los ojos. A simple vista parecía polvo oscuro, apenas visible sobre la tierra húmeda.
—La sal es para purificar —añadió, respirando hondo—… pero la están usando con otra cosa.
Rafael, desde el otro lado, se inclinó hacia él, bajando la voz como si el bosque mismo pudiera escucharlo.
—¿No se supone que la sal protege?
Teo dejó escapar una risa seca, sin humor.
—Sí… cuando es sal. —hizo una pausa, mirando el suelo—. Pero esta está negra.
—¿Negra? —pregunté.
—Sangre —respondió, sin rodeos—. La mezclaron para darle más fuerza… o para corromperla. —apretó los dientes—. Esto no protege. Al menos no a nosotros.
Miré de nuevo a la gente.
Dos mujeres caminaban en direcciones opuestas, midiendo cada paso, colocando velas en puntos exactos. No era aleatorio.
Era un dibujo.
—¿Qué están haciendo? —pregunté, aunque una parte de mí ya lo sabía.
Rafael siguió mi mirada.
—Están trazando el pentagrama —dijo en voz baja—. Y nosotros…
Se quedó en silencio.
—Estamos en el centro —murmuré.
Mierda.
El círculo, el símbolo, las velas… todo convergía en un solo punto.
Nosotros.
Levanté la mirada hacia Sophia algo no encajaba, me parecía demasiado tranquila.
No había temblor en sus manos. No había pánico en su respiración. No había esa chispa de miedo que cualquiera tendría sabiendo lo que estaba a punto de pasar.
Belcebú estaba a segundos de reclamarla…
y ella solo observaba.
Sus ojos iban de nosotros a las figuras encapuchadas, siguiendo cada movimiento como si intentara memorizarlo todo o como si ya entendiera algo que nosotros no. En un momento, me miró directamente y su expresión pareció cargarse de preocupación. Pensé que era por la niña, aún aferrada a mi pierna, temblando en silencio.
Qué equivocado estaba, joder.
—¿Es Martha? —preguntó Rafael.
Seguí su mirada de inmediato y la reconocí al instante. La mujer que una vez creí amar estaba ahí, de pie entre ellos, cubierta con una túnica blanca que resaltaba entre la oscuridad del bosque. Su cabello estaba recogido en un moño apretado, demasiado ordenado para el caos que la rodeaba.
—¿Qué se metió a la boca? —añadió Teo, frunciendo el ceño.
Parpadeé, confundido, y miré a Teo por un segundo. Yo no había notado ningún movimiento en Martha, ninguna señal de que hubiera hecho algo así.
Volví a fijarme en ella.
Nuestros ojos se encontraron.
Había miedo en los suyos, pero no era el miedo de alguien obligado a estar ahí. Era algo más complejo, más oscuro: la clase de miedo que aparece cuando alguien sabe exactamente lo que está haciendo y aun así decide continuar.
No lo entendía.
Durante todo el tiempo que estuvimos juntos, Martha nunca mencionó a ningún familiar fallecido ni a nada que la atara a algo como esto. En su trabajo le iba bien, tenía una vida estable, una rutina normal, su familia la amaba. No había señales, ni grietas evidentes que explicaran algo así.
Y sin embargo, ahí estaba de pie entre ellos, sin resistirse, no parecía confundida ni perdida. Parecía haber tomado una decisión.
Y eso era, quizás, lo más inquietante de todo, aceptar este tipo de crimen solo porque si.
—¿Piensas que todo va a ser así de fácil? —dejé de mirar a Martha para fijarme en Sophia. Sus ojos estaban clavados en el demonio, desafiantes—. No va a funcionar nada de lo que estás haciendo, Belcebú.
—¿Eso crees? —respondió él con una calma que helaba la sangre.
Caminó despacio hasta colocarse detrás de Martha. Mi cuerpo se tensó al instante.
—Está funcionando hasta ahora, ¿no te das cuenta? —continuó, inclinándose levemente hacia ella—. Tú estás aquí. Tengo a quien está dispuesto a ofrecer su sangre para mi beneficio… —sonrió apenas— y en un par de meses darás a luz a mi hijo.
—Estás mal —replicó Sophia sin dudar—. Para poder usar mi cuerpo, tiene que ser puro. No haber sido corrompido por el pecado carnal.
Hubo un silencio breve.
—El mío ya lo fue.
Mi ceño se frunció.
Entonces encajó.
Ahora entendía por qué Sophia habia aparecido aquella noche, de la nada, afuera de mi casa.
Me usó, para ese propósito y lo peor fue darme cuenta de que no estaba molesto.
Pero no podia evitar… sentirme incómodo.
¿Lo hizo por amor?
¿O solo fui un medio para un fin?
Belcebú no reaccionó de inmediato. Su expresión cambió apenas, como una grieta casi invisible en algo que parecía inquebrantable. No fue rabia descontrolada… fue algo peor.
Molestia.
—Es cierto —admitió finalmente, con una voz más baja—. La pureza es… importante.
Sus dedos se posaron sobre el hombro de Martha.
Ella no se movió.
—Pero no es indispensable.
El aire pareció volverse más denso.
—Debes aprender, Angel, los planes no se rompen por un detalle… se ajustan.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, su otra mano se movió.
Rápida.
Precisa.
Un destello.
El sonido fue húmedo, corto.
Martha ni siquiera gritó.
Su cuerpo se tensó un segundo, y luego la sangre brotó desde su cuello en un hilo oscuro que brilló con el fuego. Sus ojos buscaron algo—no sé si a mí, a Sophia… o a nadie—antes de perderse.
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Editado: 16.05.2026