Septiembre,2021
El timbre anunció el descanso.
En menos de un minuto, el pasillo se llenó de estudiantes corriendo de un lado a otro.
Mason caminaba junto a sus amigos, con las manos en los bolsillos del uniforme.
—Te dije que el profesor no iba a revisar la tarea.
—Cállate, casi me da un infarto terminándola anoche.
Las risas apenas acababan de comenzar cuando alguien chocó levemente contra su hombro.
Mason giró la cabeza.
Suspiró.
—Tenía que ser tú.
Isabel hizo exactamente la misma expresión.
—Qué mala suerte la mía.
—El pasillo es enorme y aun así apareces.
—Créeme, si hubiera podido elegir, también habría tomado otra ruta.
Los amigos de ambos empezaron a mirarse, conteniendo la risa.
Porque esa escena...
Ya la habían visto demasiadas veces.
Mason ladeó la cabeza.
—¿Y ahora qué hice?
—Existir.
—Qué dramática.
—¿Dramática? Tú eres el que suspira cada vez que me ve.
—Porque siempre apareces.
Isabel levantó una ceja.
—No sabía que pensabas tanto en mí.- Se cruzo de brazos la niña mientras le dio una sonrisa burlona.
—¡Uuuuuh!- Soltaron los amigos de Mason y el grupo de amigas de Isabel en unisonó mientras se reían de el
Él abrió los ojos, sintiendo sus mejillas arder y ponerse coloradas.
—¿Qué?
—Nada... Que al parecer te gusto, Linden
Isabel sabia que a Mason le molestaba su segundo nombre, el decia que sonaba como nombre de niña.
—Cállense.- Grito el castaño molesto ahora con el rostro rojo.
Isabel sonrió con una satisfacción imposible de ocultar.
—Pensé que ya tenías preparada otra respuesta.
—No gasto mi creatividad contigo.
—Se nota.
Ella hizo un gesto con la mano, como despidiéndose.
—Bueno, fue un gusto arruinarte el descanso.
—El gusto nunca fue mío.
—Lo imaginaba.
Empezó a caminar.
Pero antes de alejarse del todo, se giró apenas un segundo.
—Oye, Mason.
Él respondió sin ganas.
—¿Qué?
—Estoy segura de que algún día vamos a dejar de soportarnos.- Le respondió, esta vez no tan evidente su tono de juego pero con una sonrisa en sus labios, calida.
Mason soltó una risa incrédula.
—Deberías ser comediante, niña, por lo payasa que te vuelves.
—Qué chistoso.
—Lo sé.
—Nos vemos mañana.
—Ojalá no.
—Igualmente.
Ella siguió caminando junto a sus amigas.
Mason permaneció unos segundos observando cómo se alejaba.
Uno de sus amigos le dio un codazo.
—Admítelo.
—¿Qué?
—Las discusiones con Isabel son la parte más entretenida del descanso.
—Estás loco.
—Entonces, ¿por qué nunca te vas cuando aparece?
Mason abrió la boca para responder.
No dijo nada.
Solo siguió caminando.
Marzo,2025
Isabel no pudo evitar sonreír.
Negó con la cabeza mientras el recuerdo se deshacía poco a poco, como si nunca hubiera estado allí.
Habían pasado años desde aquella discusión en el pasillo del colegio.
Y, aunque seguían encontrando cualquier excusa para llevarse la contraria, ya no era igual.
O al menos...
Eso quería creer.
Suspiró.
Volvió a concentrarse en el espejo que tenía frente a ella.
Con las yemas de los dedos acomodó un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja y dio un paso hacia atrás para observarse de pies a cabeza.
—No está tan mal... —murmuró para sí. Con un tono algo apagó pero agradable a la vez.
Tomó el protector solar que descansaba sobre el escritorio y aplicó un poco sobre su rostro y sus brazos con la naturalidad de quien lo hacía todos los días. Era obligatorio el bloqueador si o si.
Después lo guardó en el bolso junto a su botella de agua, un pequeño pastillero de colores y un paquete de pañuelos.
No quería olvidar nada.
Desde la planta baja, la voz de su mamá rompió el silencio.
—¡Isabel! ¿Ya estás lista?
—¡Cinco minutos!
—Eso dijiste hace diez. - Con algo de ironía en su voz.
Ella rodó los ojos con una sonrisa.
—¡Ahora sí voy!
Se dio una última mirada en el espejo.
—Listo...
Cuando estaba a punto de abrir la puerta de la habitación...
¡Piiiiii!
El sonido de un claxon llegó desde la calle.
Isabel soltó una pequeña risa.
—Ya llegaron...
Bajó las escaleras con calma.
El aroma a café todavía llenaba la casa.
Su papá acomodaba una nevera portátil cerca de la puerta mientras su mamá terminaba de guardar algunos recipientes en una bolsa.
—Buenos días, dormilona —saludó su papá.
—Buenos días.
—Justo a tiempo —añadió su mamá—. Si te demorabas un poco más, íbamos a desayunar sin ti.
—Qué considerados.
El timbre sonó.
Los tres levantaron la vista al mismo
tiempo.
Su mamá sonrió.
—Debe ser Mason.
Isabel sintió un pequeño vuelco en el estómago.
No era nerviosismo.
Era esa sensación extraña que aparecía cada vez que sabía que iba a pasar varias horas con él.
Todavía no entendía por qué.
Respiró hondo.
Caminó hasta la puerta.
Giró la perilla.
Y ahí estaba Mason.
Con una bolsa de tela en una mano y una expresión que parecía debatirse entre el sueño y el aburrimiento.
Los ojos de ambos se encontraron apenas un instante.
—Hola tu.- Hablo primero ella.
—Hola.-Le respondió el.
Una pausa.
Mason levantó ligeramente la bolsa.
—Vengo por las ensaladas.
Isabel ladeó la cabeza, soltando una risa algo divertida.
—Qué entrada tan emocionante.
Él dejó escapar una risa.
—Hice mi mejor esfuerzo.
Sin darse cuenta...
Los dos sonrieron al mismo tiempo.
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Unos minutos después, los dos carros ya recorrían la carretera.