Queridos Extraños

O O 1

La neblina cubría el reino de Asteria cada mañana como un velo que ocultaba parte de su historia. Desde las colinas que rodeaban el valle apenas podían distinguirse los tejados de las casas, las chimeneas de piedra que comenzaban a desprender finas columnas de humo y la torre del antiguo campanario, cuya silueta aparecía lentamente a medida que el sol ascendía sobre el horizonte. Cuando las primeras campanas anunciaban el inicio de un nuevo día, el reino despertaba con la misma calma de siempre. Los comerciantes levantaban las persianas de madera de sus pequeños negocios, los panaderos sacaban las primeras hogazas del horno y el aire se impregnaba del aroma del pan recién hecho, mientras los agricultores emprendían el camino hacia los campos antes de que el calor del mediodía se instalara sobre la tierra.

Asteria era un lugar donde parecía imposible que ocurriera algo extraordinario. Quienes llegaban desde otros reinos solían marcharse con la impresión de haber visitado un sitio detenido en el tiempo, donde las estaciones cambiaban con puntualidad, las personas se conocían por su nombre y la rutina era tan predecible como el recorrido del sol. Sin embargo, bajo aquella apariencia tranquila sobrevivían historias tan antiguas que nadie podía asegurar si habían ocurrido realmente o si eran el resultado de generaciones enteras adornando los recuerdos con imaginación.

Los ancianos eran los guardianes de esas historias. Al caer la tarde, cuando los niños terminaban sus obligaciones y se reunían alrededor de las fogatas o en la plaza principal, siempre había alguien dispuesto a contar una leyenda diferente. Hablaban de criaturas que, según ellos, habían habitado los bosques siglos atrás; de hechiceras capaces de conversar con las estrellas y de antiguos reyes que gobernaban con ayuda de la magia. Pero ninguna historia era tan conocida como la del príncipe desaparecido.

Nadie recordaba con exactitud cuándo había vivido. Algunos afirmaban que habían pasado dos siglos desde su desaparición; otros aseguraban que habían sido muchos más. Los detalles cambiaban dependiendo de quién relatara la historia, aunque había ciertas cosas que permanecían iguales en todas las versiones. Decían que había sido un hombre distante, orgulloso y de pocas palabras. Un príncipe incapaz de demostrar afecto, destinado desde su nacimiento a cargar con una desgracia que terminaría consumiéndolo. Después, una noche cualquiera, simplemente desapareció. No hubo despedidas, ni testigos, ni una tumba donde llorarlo. Fue como si el propio reino hubiera decidido borrar su existencia.

Con el paso de los años aquella historia dejó de despertar curiosidad. Los niños crecían escuchándola hasta que se convertía en una más entre tantas leyendas que formaban parte de la identidad del reino. Nadie esperaba descubrir la verdad, porque las leyendas pertenecían al pasado, y el pasado rara vez regresaba.

Elizabeth pensaba exactamente igual.

Tenía diecinueve años y había vivido toda su vida en una pequeña casa de piedra situada a las afueras del pueblo, muy cerca del bosque. La vivienda era modesta, con un techo cubierto de enredaderas y un jardín donde crecían lavanda, romero y algunas flores silvestres que su abuela cuidaba con dedicación. No poseían riquezas ni tierras extensas, pero nunca les había faltado lo necesario para vivir.

Desde que tenía memoria, su rutina había sido prácticamente la misma. Cada mañana ayudaba a su abuela Eleanor con las tareas del hogar, atendía el pequeño huerto que ambas cultivaban y caminaba hasta el mercado para vender algunas hierbas aromáticas, mermeladas caseras o ramos de flores. Era una vida sencilla, muy distinta a la que llevaban los nobles dentro del castillo, aunque Elizabeth jamás había sentido envidia por ellos.

Lo que realmente esperaba cada día llegaba cuando terminaban sus obligaciones.

El bosque.

Desde niña encontraba allí una tranquilidad que no conseguía en ningún otro lugar. Mientras muchas jóvenes del pueblo soñaban con asistir a bailes en el castillo o con casarse con algún comerciante adinerado, Elizabeth prefería perderse durante horas entre los árboles. Caminaba sin un destino fijo, observaba las aves construir sus nidos, recogía flores desconocidas y se detenía junto al río para leer los pocos libros que conseguía pedir prestados en la biblioteca del monasterio.

Siempre decía que el bosque tenía una manera distinta de guardar silencio. No era un silencio vacío, sino uno lleno de vida. Las hojas movidas por el viento, el canto lejano de los pájaros y el murmullo del agua componían una melodía que hacía desaparecer cualquier preocupación.

Aquella mañana terminó de acomodar unas cestas de verduras en el mercado mientras su abuela conversaba con otras mujeres sobre la cosecha de ese año.

—¿Piensas ir al bosque otra vez? —preguntó Eleanor cuando comenzaron a recoger las cosas.

Elizabeth sonrió mientras colocaba las monedas dentro de una pequeña bolsa de tela.

—Solo un rato. Prometo volver antes de que oscurezca.

La mujer la observó con una mezcla de ternura y resignación. Conocía demasiado bien a su nieta como para intentar convencerla de quedarse.

—Ten cuidado. Últimamente has ido cada vez más lejos.

—Siempre encuentro el camino de regreso.

—Eso espero —respondió Eleanor mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja de la muchacha—. Ese bosque existía mucho antes de que naciera este reino. Hay lugares donde ni siquiera los cazadores se atreven a entrar.

Elizabeth soltó una pequeña risa.

—Abuela, también dices que los árboles hablan.

—Porque hablan.

—Yo nunca los he escuchado.

—Quizá porque todavía no saben qué contarte.

Elizabeth negó con la cabeza entre risas y besó la frente de su abuela antes de emprender el camino.

El sendero hacia el bosque comenzaba detrás del molino abandonado, un viejo edificio de piedra que llevaba décadas sin funcionar. A medida que avanzaba, el ruido del mercado desaparecía hasta ser reemplazado por el sonido del viento entre las ramas. La luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles formando manchas doradas sobre el suelo cubierto de hojas secas.




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