Lo sigo hasta la cocina y lo observo abrir el refrigerador. Sé exactamente qué hay ahí, pero aun así el cuerpo me traiciona: un cosquilleo leve me atraviesa el estómago, parecido al que sentía de niña en Jalisco, justo antes de inclinarme sobre el pastel y pedir un deseo sin saber si el cielo escuchaba. Es esa mezcla antigua de nervios y esperanza, la que vuelve cuando una se atreve.
La pequeña caja de cartón blanco que inspecciona con cuidado no es solo un pastel. Es mi forma más discreta de arriesgarme, un gesto simple que guarda todo aquello que no supe cómo nombrar durante este tiempo. Lo elegí mientras él estaba absorto en llamadas a Roma, caminando de un lado a otro, serio, distante. Yo, en cambio, me aferré a esa certeza tan mía, tan mexicana: que el cariño siempre encuentra la manera de manifestarse, incluso cuando las palabras fallan.
Lo encargué en la pastelería Dolce Mare, describiéndolo con torpeza y emoción, y ahora está ahí, intacto, perfecto, como si cada tira de limón confitado y cada hoja de albahaca llevaran impreso un fragmento de mi corazón. Cuando abre la caja, un aroma suave a limón y hierbas frescas invade la cocina. Durante un instante, todo lo demás desaparece: la distancia, los miedos, las frases que jamás pronuncié. En ese segundo solo queda una verdad sencilla, casi devota, latiendo en silencio: todo lo que quiero es verlo sonreír.
—Torta al limone con crema di basilico —dice con una sonrisa, llevándola de regreso al jardín—. ¿Sabes lo difícil que es encontrar una torta así en Portovenere?
—Lo elegí porque me pareció… diferente. Como tú —respondo, procurando que no note el ardor en mis mejillas.
Me mira con esa intensidad que siempre me desarma, una mirada que no deja refugio. De pronto, el mundo se reduce al jardín y a nosotros dos.
—¿Y sabes qué falta? —acomoda el pastel sobre la mesa sin dejar de sonreírme.
En sus ojos café verdosos aparece un brillo travieso antes de volver a la cocina. Regresa con unas pequeñas velas blancas, las coloca con cuidado sobre el pastel y las enciende. Las diminutas llamas titilan, semejantes a estrellas, bajo el cielo que empieza a oscurecer.
—Es tu cumpleaños, chulo. Pide un deseo —le digo, mordiendo mi labio con nerviosismo.
—Ho già ciò che desidera il mio cuore (Ya tengo lo que desea mi corazón) —se detiene un instante, sin apartar la vista de mí—. Pero si el cielo me concede repetirlo, quiero que nunca me faltes. Que sigas aquí, con tu risa, tus manías, tus preguntas… y esa forma tan tuya de hacerme sentir que pertenezco a algún lugar.
El corazón me golpea con fuerza; la garganta se me cierra y las manos me tiemblan. Aun así, una calidez profunda y envolvente me recorre de punta a punta.
—Fabrizio… —susurro, incapaz de decir más.
—Ese es mi deseo —añade, inclinándose sobre el pastel—. Ahora soplaré las velas y veremos si San Paolo me escucha.
Cierra los ojos un instante y sopla. El humo asciende lento, dibujando remolinos que se disuelven en el aire perfumado de limón y albahaca. Por un instante, el tiempo se suspende, y también la respiración entre nosotros. Entonces, lleva una mano al bolsillo de su pantalón.
Mi corazón se detiene. Quiana. ¡Ay, Quianaaa! ¿Es lo que estamos pensando? ¿Llegó el momento del que Dulce tanto hablaba? ¡Jesús, María y José! ¿De verdad esto está pasando?
Saca una pequeña caja aterciopelada y la sostiene entre los dedos con una sonrisa suave, apenas temblorosa.
—¿Sabes? —dice— San Paolo no tiene que escucharme, porque la respuesta ya está aquí.
Se arrodilla frente a mí. Abre la caja y, bajo la luz tenue del jardín, un precioso anillo de oro blanco con un diamante delicado resplandece, capturando los primeros destellos de las luces del jardín.
—Esta es la respuesta a tu pregunta, Quiana. Perchè tu? (¿Por qué tú?) —alza la mirada, seguro, decidido—. Porque nunca he estado tan seguro de nada en mi vita. Porque eres la única capaz de hacer que incluso un hombre como yo quiera construir algo eterno.
Trago saliva. No puedo respirar. Es tan hermoso, tan perfecto.
—Contigo entendí que amar no significa perder la libertà —continúa—, sino encontrar el lugar exacto donde quiero quedarme —levanta la cajita—. Yo no creía en esto. No creía en el amore, ni en los “per sempre”, ni en el compromiso. Pasé años huyendo de todo lo que se sintiera real… hasta que llegaste tú —su voz se suaviza—. Llegaste con tu manera de mirarme, de hablarme, de iluminar incluso mis días más oscuros. Con la sencillez de il tuo cuore, con tu caos maravilloso, con esa luce que no pide permiso y, aun así, lo cambia todo.
—Ay, Jesús… —me cubro la boca, incapaz de contener el llanto.
Me toma de la mano con cuidado, como si fuera algo sagrado.
—Quiero despertarme a tu lado cuando el mundo me pese —dice—, y dormir con tu cabeza en mi pecho cuando il mondo te canse. Quiero construir contigo lo que jamás creí possibile. Por eso insisto, porque si no te lo pido ahora, me arrepentiré el resto de mi vita —da un suave suspiro—. Quiero estar contigo, Quiana. Porque no me imagino este mundo sin ti.
Las lágrimas caen al fin, libres, verdaderas.
—No puedo creerlo… —susurro entre sollozos.
—¿Te casarías conmigo? —pregunta.
El mundo desaparece, pero no del todo. En ese silencio que sigue a su pregunta, algo se abre dentro de mí. No es solo emoción: es memoria. Me atraviesan, una tras otra, las versiones de mí que fui antes de llegar hasta aquí. Recuerdo a la Quiana que soñaba con casarse alguna vez, cuando el amor todavía parecía una promesa sencilla. Vuelvo a las ilusiones que puse en Astor, creyendo que el futuro se construía solo con planes y palabras bonitas. Y qué decir de aquel día en que esos sueños se rompieron, sin gritos ni drama, solo con esa certeza dolorosa de que a veces amar no alcanza.