Quiero que vuelvas a mi

Capítulo 3

Sydney

 

Quería decirle a cualquiera que me preguntara que lo primero que sentí hacia el hombre que me dejó en el momento en que más lo necesité, cuando por fin había encontrado la manera o la fuerza de encontrar valor en mí para luchar contra todo, que lo desprecié, que lo odié, que sentí deseos de gritarle… pero no fue así. En vez de eso, aprecié con tristeza su cabello y ahora su barba de días, incluso el traje negro con la corbata de rayas sofisticadas. No lo odié, sabía que lo extrañaba. Y en vez de gritarle, sonreí una vez más, terminé mi trabajo, rodé sobre mis talones y me fui.

Aunque no quería enfrentarlo ni acusarlo de nada, todavía me sentía exactamente igual que esa mañana cuando terminó todo, haciendo todo lo posible por manejar las incontrolables lágrimas en medio de las personas que caminaban por la acera, así como ahora intentaba hacer lo mismo con los comensales.

Busqué a Elisa, ella y su rizado cabello de afro eran imposibles de ignorar, así que no fue difícil de dar con ella.

—¿Podrías cubrirme por un momento? —le pedí, sin haber controlado la urgencia de mi voz a punto de quebrarse.

Elisa frunció el ceño, y me miró con preocupación.

—Claro que sí babé, ¿estás bien? ¿Necesitas un Analgésico?

Le sonreí para que no se preocupara demasiado, pero esa podía ser una buena excusa para escaparme el tiempo suficiente de tener que ver a Wyatt nuevamente.

—Sí, gracias.

Elisa me acompañó hasta el baño de mujeres con su bolso y me entregó una pastilla cuando la encontró.

—Voy a volver al trabajo, ya sabes, la bruja—Elisa rodó los ojos, ella se refería a Evelyn—. Haré todo lo posible para cubrirte.

—Eli, por favor, ¿puedes evitar decirle a Emma? Ya sabes que hará un escándalo porque te lo dije a ti y no a ella primero.

Elisa sonrió.

—Amigas tóxicas, que seríamos sin ellas.

Entonces me quedé sola en el baño. Me volví hacia el espejo horizontalmente largo que cubría los cinco lavamanos que había. Dejé la pastilla sobre el mesón de granito marrón y me lavé la cara cuando me di cuenta de que estaba muy sonrojada. Probablemente Elisa no se dio cuenta de eso porque hay poca iluminación dentro del restaurante. Pero fuera, en la terraza, estaba segura de que él se dio cuenta, siempre solía decir que le gustaban mis sonrojos.

Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar las cosas lindas que alguna vez me dijo o compartí con Wyatt, sintiéndome como una verdadera tonta. Y entonces miré la pastilla, y deseé que pudiera ser capaz de hacerme olvidar todo, en vez de simplemente aliviar el dolor. No, ninguna pastilla ha sido capaz de controla ese dolor que ahora volvía revolucionado.

Caminé hasta el dispensador de papel y me sequé las manos y el rostro mojado. Entonces volví al espejo aliviada de que el sonrojo hubiera desaparecido. Solté mi cabello, ahora estaba más largo, me había crecido un montón. Estaba un poco por debajo de los hombros. Volví a recogerlo en una coleta alta para enrollarlo como si se tratara de una cebolla, y decidí salir del baño.

Tan pronto como pasé la puerta del baño alguien me tomó del brazo y comenzó a arrastrarme por el pasillo en donde estaban los baños. Al final había una muy pequeña habitación que funcionaba como armario de limpieza que no contaba con una puerta. Wyatt me movió rápidamente hacia adelante, pero con su mano controlando mi cintura, evitó que me lastimase al estar de espaldas a la pared.

La luz en el pasillo era poca, así que apenas podía iluminarnos, y Wyatt era alto, así que su sombra me envolvía como si se tratara de una capa protectora. Pero volví a la realidad, con él no estaba segura, con él corría el peligro de ser lastimada nuevamente. Así que levanté mis manos y alejé su mano de mi cintura.

—Tengo que ir a trabajar—me limité a decir, usando toda mi fuerza de voluntad para sonar indiferente a su intoxicante cercanía.

—No me voy a mover de aquí, creo que ya lo sabes—me advirtió.

No levanté mi rostro, preferí enfrentar esta situación sin mirarlo a los ojos.

—Yo no voy a su lugar de trabajo y lo arrastro hacia un lugar oscuro por diversión.

—Quiero saber cómo estás.

—Envíe un mensaje como el resto del mundo entonces.

—Tú no contestas ni mis llamadas.

—¿Y le parece que tenga sentido hacerlo? ¿Qué quería que le dijera? —me mordí la lengua para recordar que estaba diciéndole cosas que me llevarían a soltar otras de las que verdaderamente me arrepentiría—. Hágase a un lado, tengo que volver al trabajo.

—¿Cómo has estado?

Me crucé de brazos, procurando así, controlarme.

—Estoy bien.

—Sydney—de nuevo, pronunciando mi nombre como si le doliera, como si hubiera sido yo la que cortó la cuerda que nos unía—. Lo lamento, yo no quise…

—Pero lo hizo, y está bien. De hecho, estuvo perfecto lo que lo haya hecho. Usted lo dijo, me recordó que yo siempre creí que no iba a funcionar, que se ibas a dar cuenta de que usted y yo no estábamos hechos para estar juntos.

—¿Por qué me hablas de esa forma? Como si fuera tu jefe.

Levanté mi rostro finalmente, porque quería ver sus ojos cuando me escuchara.

—Porque eres alguien superior a mi estatus, ¿no es lo que decía todo el mundo? —todo estaba oscuro, pero pude ver el brillo de desconcierto en su mirada. Yo no quería lastimarlo, pero no había una forma de que pudiéramos estar juntos y que alguno de los dos no saliera lastimado, y ahora mismo yo decidía no ser nunca más la victima—. ¿Ellos decían que no tengo el derecho de estar con alguien como usted? Voy a respetarlos y a evitar pasar de esa línea. Pero yo he cambiado y también tengo mis reglas, y de ahora en adelante es usted quien no tiene el derecho de volver a mi vida.

Lo rodeé rápidamente, y caminé rápidamente por el pasillo. Pero Wyatt volvió a llamarme y aunque no quería, no pude evitar detenerme.




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