Razones para amarte

Cinco.

No podía sacar de mis pensamientos lo que había dicho esa noche en que la dejé.

Qué vergüenza era admitir que había perdido todo por nada, a la mujer de mi vida por una loca, de ello no había dudas.

La mujer de apellidos y refinada que creí que era no existía, todo había sido su plan para atraparme y como un estúpido caí.

Saqué mi móvil y lo miré, la foto de mi hija y de nuevo sentí la necesidad de llamar, no podía, ella era feliz, ella estaba con alguien más.

A quien mi hija veía como una figura paterna. Necesitaba salir, busqué la llave del auto y subí, conduje sin rumbo.

No tenía a donde ir, seguramente ese círculo de amigos al que terminé perteneciendo sabían todo y al igual que ella, me consideraban un idiota, al que solo buscaban por favores.

Terminé por conducir al lugar en que vivían ellas, desde la distancia observé su casa, pensando en lo diferente que hubiera sido, si no me hubiera dejado deslumbrar por mis estúpidos planes, por el deseo de pertenecer a un grupo de falsos a los que nunca les importé, como le había importado a ella.

Pasaron un par de horas lamentando mis decisiones, deseando poder volver al pasado e impedirme esos errores, quería quedarme, pero no podía estar en el lugar.

En otra ocasión me hubiera ido a la empresa, para evitar verla, me quedaría toda la noche y regresaría al día siguiente a tratar de solucionarlo.

Había estado siendo un cobarde, siempre buscando soluciones, para evitar que la gente se diera cuenta de lo idiota que había sido. La vergüenza de mis errores, me habían tenido atado a ella, pero se había acabado.

Sabía que no podría recuperar al amor de mi vida, pero podía ofrecerle a mi hija un padre, podía recuperar mi tranquilidad, iba a divorciarme y para ello debía empezar por ser un hombre e imponerle mi decisión.

Conduje a casa, la luz de la sala estaba apagada, iba a irme al estudio, cuando escuché gemidos y me dirigí a la habitación.

Había estado sospechando que ella y Kaleth, tenían algo, pero el comprobarlo fue repugnante.

Al darse cuenta de mi presencia, Kaleth empezó a justificarse.

Salí de la habitación con ellos siguiéndome, dolía, hería mi orgullo, hacía que lamentara más mis errores.

—Dan, todo tiene una explicación —dijo ella mientras se acomodaba la ropa.

Su amante parado cerca sin decir nada.

—Sé que la tiene, conozco esa excusa, pero no importa, quiero que recojas y te largues ya mismo de mi casa, ahora mismo.

—No voy a irme, no puedes sacarme de nuestra casa, soy tu esposa.

—Por supuesto que vas a irte, recoge tus pertenencias y lárgate ahora mismo, vete con tu amante, y espera la visita de mi abogado.

Empezó a reírse.

—Yo mejor me voy.

—No, no te vayas Kaleth, no lo hagas sin llevarte a tu amante.

—Sabes que Dan, me voy, pero no creas que te libras de mí, no voy a darte el divorcio, tú vales mucho, un idiota, pero lastimosamente para ti, me garantizas la vida que deseo y no pienso perder esa oportunidad.

Mis ganas de olvidarme de que era una mujer, aumentaban conforme escuchaba su descaro, no tenía remordimiento alguno, era una cínica.

—Ve haciéndote a la idea, no pienso estar atado a una loca como tú, me has hecho un favor, tu engaño me servirá para librarme de ti, incluso sin que puedas quedarte con nada de lo que me pertenece.

—Eres más idiota de lo que creí Dan, no tienes como probar que he sido infiel, no me has tomado fotos ni nada que apoye tu mentira, en cambio, yo tengo evidencias, esa mujer y su bastarda.

—No te atrevas a volver a llamar a mi hija, de ese modo —la sujeté con rudeza por el mentón.

—Muy bonito, me gustaría quedarme a verte tener más de estos episodios cuando intentas parecer un hombre, pero los dos sabemos que eres un idiota, un cobarde, nos vemos mañana Dan.

Tiró de mi mano en su mentón y me sonrió al rostro antes de irse con su amante, no dije nada porque tenía razón, ella tenía razón, todo ese tiempo había sido un idiota, un cobarde.

Había decidido no beber, pero no pude mantener mi palabra, me sentía tan desdichado, tan idiota y perdido. Lo que estaba pasando con Elena me lo esperaba, presentía que me era infiel y en el fondo contemplaba la esperanza de que sería mi carta para librarme de ella.

Me había perdido 4 años de mi hija por mis errores, la mujer que elegí, nunca había estado embarazada; y, sin embargo, usó los resultados de quien sí lo estuvo.

Me había bebido unas cuantas copas, las horas pasaban, el silencio, la soledad, hacían cuestionarme. Ella tenía razón, tenía todo lo que había deseado, a lo que había apostado, por lo que la había perdido, pero no era feliz.

No me importaban los lujosos autos a mi disposición, el ser inversionista de tres compañías y dueño de una, ser el gerente financiero de la compañía más importante de la ciudad, tener un círculo de conocidos importantes y una esposa loca, pero con apellidos importantes. Nada de eso me importaba en ese momento.

«Hora de ser hombre Dan, tienes una hija y aunque con su madre no tengas oportunidad, tienes que por ella dejar de lamentar tus errores y hacerles frente, luchar por un lugar en su vida y garantizar su bienestar»

Miré de nuevo la foto de mi pequeña que en adelante sería mi motivación, quizás ella ya no me amaba, quizás me había olvidado, pero me había dado razones para amarla y la más importante sin dudas era nuestra hija.

Había decidido ir a dormir, le había prometido que iría a llevarla a su guardería.

Sabía que el karma había regresado, estaba costando aceptarlo, el que no quisiera a Elena, no era razón para que su traición con el hombre que muchas veces se sentó en mi mesa, que me estrechó la mano llamándome su amigo, no doliera. Dormir me estaba costando, pero cerré los ojos y me obligué a hacerlo.

El ruido en la cocina me despertó, me levanté para encontrarme ahí a dos de las empleadas, a las cuales les ordené recoger las cosas de su jefa y las suyas y salir de mi casa. Mientras ellas recogían, les hacía sus cheques a la espera de la tercera. Habían recogido las cosas de Elena, al ver que la otra no regresaba les pedí recoger y llevarse el cheque, les hice firmar comprobantes y les di efectivo para el taxi, les pedí irse, cambié el código de ingreso a la casa y me metí a la ducha.




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