Admiraba el diseño de aquel lugar a medida que avanzaba por los pasillos de este, todo era realmente sofisticado, bellamente amueblado y contaba con muchos objetos decorativos, y plantas. Pude divisar a varias personas andando de un lado a otro, y debido a que todos llevaban la misma vestimenta supuse que se trataba de sus empleados, parecían ser muchos, pero con una casa tan grande, no era algo que pudiera sorprenderme.
Noté que Elías le murmuraba algo a Ander, quien solo se limitó a asentir con la cabeza y se retiró, mientras Hugo nos acompañaba.
—El desayuno está listo. —me dijo, una vez que llegamos al inmenso comedor cuya mesa, que tenía el espacio para aproximadamente doce personas, estaba excesivamente llena de comida.
Alcé ambas cejas en lo que observaba la variedad de alimentos, desde emparedados, una pila de waffles crocantes y panqueques esponjosos chorreando manteca derretida o almíba, hasta tortas, galletas y pasteles, siendo el primero en llamar mi atención un característico pastel de limón.
—Ese lo ha elaborado su abuela, llegado aquí desde un campamento espiritual —me comentó, tomando mi mano para acercarnos a la mesa, donde me acomodó una silla y permaneció de pie a mi espalda. —. Me ha hablado de lo mucho que usted disfruta este tipo de alimentos.
—¿Mi Abuela hizo qué?
No supe qué decir, y simplemente continué contemplando los deliciosos manjares mientras sentía mi boca hacerse agua. Aquello ni en broma se comparaba a los desayunos en casa, mi padre lo prohibía rotundamente, limitándome a tomar para desayunar avenas, huevos cocidos, pan integral o jugos verdes.
—Bom Appetit, Ma Chére. —me murmuró al oído con aquel acento tan sensual, que me hizo estremecer.
Joder, ¿cómo podía ser tan ardiente y cerebral a la vez?
Mordí mi labio inferior mientras lo veía sentarse a mi lado y prepararse para degustar su desayuno. No pude resistir la tentación y comencé a servirme también, eligiendo un poco de cada cosa. De vez en cuando lo miraba de reojo, para saber si se encontraba viendo mis elecciones, pero no, estaba concentrado en su propio desayuno, y no le importaba cuantos carbohidratos estaba a punto de consumir… eso me dio un poco más de confianza para seguir.
A medida que comenzaba a probar los bocados no podía parar, la comida estaba deliciosa, disfrutaba inmensamente la explosión de sabores en mi paladar. Y, ni hablar del momento en que saboreé el delicioso pastel de limón que preparó mi amada abuela, sin temor a una represalia o el pensamiento de que tendría que ir al gimnasio a quemar aquel montón de calorías.
Solo disfrutaba del momento, y eso de alguna u otra forma me hacía sentir feliz. ¡La comida me hacía feliz!
—Chére, déjame presentarte al personal de la casa —dijo Elías, llamando mi atención, y al alzar la mirada me topé a un grupo de aproximadamente veinte personas, distribuidas entre cocineros, aseadores, jardineros y técnicos. —. A ustedes, les presento a Rebeca Stain, mi hermosa prometida y futura señora de esta casa.
Joder, qué presentación.
Me puse de pie, saludándolos con un gesto de mano un tanto tímido.
—Quiero que le den una cálida bienvenida y satisfagan cada uno de sus deseos, cualquier cosa que ella les pida, deben cumplirlo sin protestar, ni poner excusas… ¿queda claro?
Lo observé anonadada debido a la firmeza en su voz y la seriedad que mantenía en su rostro mientras se dirigía a ellos, le daba un aspecto un tanto ardiente. Una vez que todos saludaron, dijeron sus nombres y se marcharon, una pequeña sonrisa tímida se extendió en mis labios al pensar en lo adorable y tierno de su gesto.
Cuando terminamos de desayunar, procedió a mostrarme la vivienda, era enorme, así que no me sorprendió que llevase un buen tiempo recorrerla, mientras tanto hablábamos de cosas triviales; comida favorita, música, películas, mascotas. Poco a poco iba abriéndose más, a diferencia de cuando platicábamos en las citas donde era cortante y aburrido. Le gustaba la música clásica, lo cual no era sorpresa, no tenía mascotas ya que por su trabajo pasaba mucho tiempo afuera y comía de todo.
Nació y creció en Marsella, Francia hasta la edad de doce años, pero debido al trabajo de su padre comenzaron a mudarse seguido, lo que provocó que de a poco fuera perdiendo su cultura. Vivieron en muchos lugares alrededor del mundo, hasta que llegaron a nuestro país, donde su madre enfermó y falleció, quedando solo con su padre, quien ya no tuvo las fuerzas para volver a mudarse.
Luego de que su padre falleció, entró a la universidad y se graduó de programador, comenzó a trabajar en una empresa, se mudó al extranjero y luego creó una famosa plataforma que le hizo ganar millones, no conforme con eso continuó invirtiendo en varios proyectos que a la largo resultaron en un éxito, llevándolo a crear un imperio. Entonces decidió volver y asentarse aquí permanentemente.
—A pesar de los logros, sentía que no era completamente feliz —me comentó, una vez que bajamos las gradas hacia primer piso, luego de descansar en uno de los balcones que daban una vista hermosa del patio delantero. —. ¿De qué vale tener tanto sin una persona con quien compartir?
—Y, yo soy esa persona —me detuve, posándome frente a él. —. ¿Por qué? —sentía que ya no quería más rodeos, deseaba saberlo de una vez.
Él enarcó una ceja, luciendo confundido ante mi pregunta.
—¿Por qué te aferrarías tanto a la idea de casarte conmigo, si ni siquiera me conoces? ¿Es por las empresas de mi padre?
—¡Disculpen…!
Una voz femenina irrumpió en aquel lugar al mismo tiempo en que unos zapatos de tacón resonaban con cada pisada, mientras se acercaba. La curiosidad me ganó, y giré rápidamente para ver de quien se trataba, encontrándome a una hermosa y joven mujer castaña; alta, y elegante de buena apariencia.
—Maura, bienvenida —dijo Elías, una vez que estuvo frente a nosotros. —. Déjame presentarte…
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Editado: 18.11.2024