MARGARITA
La tarde comenzaba a caer cuando el vehículo se alejó por el camino y me dejó junto a mi maleta, un bolso demasiado pesado y una caja envuelta con un papel que había cambiado tres veces antes de convencerme de que era suficientemente bonita para un vaquerito de ocho años.
Durante varios segundos me quedé inmóvil, habían pasado tres meses desde la última vez que respiré aire con olor a tierra húmeda y cacao, desde que guardé una llave dentro de mi bolso y prometí que regresaría sin saber cuánto tiempo necesitaría para cumplirlo.
Ahora estaba aquí; por voluntad propia.
Sin una empresa enviándome, sin un contrato escondiendo intenciones y sin alguien esperando que consiguiera una receta que no me pertenecía.
Me acomodé el cabello detrás de una oreja y miré hacia el sendero cuando escuché un motor acercándose. La camioneta apareció pocos minutos después y reconocí a Raúl, bajó con una sonrisa.
—Tengo que reconocer que guardar este secreto ha sido una de las experiencias más difíciles de mi vida —declaró mientras caminaba hacia mí y tomaba la maleta antes de que pudiera protestar.
—Llevas guardándolo dos días.
—Exactamente, ha sido un sacrificio enorme.
Sonreí y lo abracé. Raúl dejó de bromear para corresponder al abrazo y durante algunos segundos simplemente me sostuvo. Cuando nos separamos, me observó como si quisiera comprobar algo.
—Estás bien. —No era una pregunta, asentí.
—Estoy bien. —Y lo estaba, mamá había regresado a casa y cada semana recuperaba un poco más de su vida.
La deuda de la cirugía seguía existiendo, pero ahora tenía cifras claras, plazos y un acuerdo que Camelia, Paul y yo habíamos decidido asumir juntos, ya no era una amenaza y Storm tampoco lo era.
Había renunciado definitivamente a la empresa, cerrado cualquier asunto pendiente y comenzado a trabajar por mi cuenta. Todavía tenía mucho que resolver, pero mis decisiones habían vuelto a pertenecerme.
Raúl guardó mi equipaje y yo subí a la camioneta con la caja todavía sobre mis piernas. Durante los primeros minutos del recorrido hablamos poco; preferí mirar por la ventana y reconocer lugares que durante semanas aparecieron en mis recuerdos con una nitidez absurda.
Los árboles, los senderos, las extensiones de cacao y el desvío que conducía cerca del río.
—Rafael no sabe nada —comentó Raúl mientras tomaba una curva y mi atención regresó hacia él. —Cleo tampoco sabía hasta hace una hora porque decidí que mientras menos personas participaran, mayores eran las posibilidades de éxito.
—¿Y Tomás? —pregunté, habíamos hablado esa misma mañana y había pasado casi una hora contándome cada detalle de su cumpleaños, desde Tita hasta la cantidad de pastel que Cleotilde le había permitido comer.
Raúl sonrió sin apartar la vista del camino. —Feliz. Demasiado feliz para alguien que mañana empieza a guardar cuadernos y pasado mañana tendrá que levantarse temprano para ir a clases. —Hizo una pequeña pausa antes de añadir. —Y sigue convencido de que tú sabes absolutamente todo lo que ocurre en su vida.
—Hace un trabajo bastante eficiente para mantenerme informada —admití, recordando la cantidad de mensajes, fotografías y llamadas que había recibido durante meses.
Tomás nunca permitió que la distancia se pareciera demasiado a una ausencia y, quizá sin saberlo, consiguió que yo tampoco pudiera alejarme completamente del rancho.
Raúl permaneció callado durante unos metros antes de mirarme brevemente. —No fue el único.
La manera en que lo dijo consiguió que mis dedos se tensaran alrededor de la caja. No necesité preguntarle de quién hablaba, pero lo hice de todas formas porque pronunciar su nombre todavía conseguía remover demasiadas cosas dentro de mí.
—¿Rafael?
Mi acompañante asintió. —No voy a contarte cosas que él tendría que decirte, Marga. Pero tampoco voy a fingir que estos tres meses fueron exactamente iguales para todos porque no lo fueron.
Raúl siguió conduciendo con ambas manos sobre el volante.
—Al principio pensé que terminaría preguntándome si tú habías dicho algo, si Tomás sabía cuándo volverías o si Cleo había conseguido sacarte información durante alguna llamada. No lo hizo, ni una sola vez.
Rafael había sido muy claro cuando me marché: si regresaba, tenía que hacerlo porque yo lo había elegido.
Aun así, escuchar que había cumplido aquella promesa incluso cuando yo no estaba allí para verlo me provocó una presión incómoda detrás de las costillas.
—Nunca me preguntó tampoco —murmuré.
—Lo sé. —Raúl disminuyó un poco la velocidad antes de tomar una curva. —Y créeme, no fue porque no quisiera saberlo. Fue porque se tomó demasiado en serio eso de dejarte decidir.
Bajé la mirada hacia mis manos. Durante tres meses había recibido mensajes de Rafael que jamás contenían la pregunta que yo encontraba escondida detrás de cada conversación.
Me preguntaba por mamá, me contaba algo de Tomás, discutíamos sobre cacao o terminábamos peleando por alguna tontería. Nunca escribió: ¿Cuándo vuelves?