Receta de Amor

Capítulo 41: Me quedé con ellos

MARGARITA

La casa tardó bastante en recuperar la tranquilidad después del cumpleaños. y la cena fue más ruidosa todavía, aunque Rafael habló poco, pero cada vez que levantaba la mirada, terminaba encontrando la suya sobre mí.

A veces durante un segundo, otras durante demasiado tiempo, ninguno hizo nada al respecto. Quizá porque después de tres meses de distancia podíamos soportar algunas horas más o porque ambos sabíamos que aquella conversación llegaría cuando ya no hubiera nadie alrededor que pudiera salvarnos de ella.

—Mamá Marga, ¿dónde vas a dormir?

La pregunta consiguió que mi mano se detuviera alrededor del vaso que sostenía.

—En una habitación, supongo.

Tomás frunció el ceño. —Pero hoy es mi cumpleaños.

Lo miré sin comprender qué relación existía entre ambas cosas. —Estoy bastante segura de que eso no cambia dónde duerme la gente.

—Sí cambia.

Rafael levantó la mirada desde el otro extremo de la mesa, aunque tuvo la prudencia de no intervenir.

Tomás apoyó ambas manos sobre la madera. —Quiero dormir con ustedes.

Esta vez Rafael sí reaccionó. —¿Con quién es?

Mi vaquerito lo miró como si la respuesta fuera evidente. —Con ustedes dos. Sentí que el calor me subía directamente hasta las mejillas, Raúl comenzó a toser, lo miré. Estaba ocultando una carcajada detrás de una servilleta.

—Tomás —comenzó Rafael con aquella voz que utilizaba cuando intentaba convertir algo en una conversación razonable. —Ya tienes ocho años.

—Por eso.

La lógica volvió a escapárseme. Tomás miró primero a su padre y después a mí. —Hoy fue mi primera noche con ocho años.

—Sería la segunda, tu cumpleaños inicio a las doce de la madrugada. —señaló Rafael.

—Papá.

La paciencia en la voz de Tomás consiguió que tuviera que contener una sonrisa.

Nuestro pequeño vaquero se giró hacia mí y su expresión se suavizó. —Hoy volvió Mamá Marga. Cuando sea grande quiero acordarme de mi primer día con ocho años y de que ella regresó.

Todo intento de negarme desapareció, sentí que mi pecho se apretaba dentro y tuve que bajar la mirada durante un instante.

—Entonces tenemos un problema —respondí cuando conseguí recuperar la voz.

Sus ojos se agrandaron. —¿Cuál?

Señalé hacia Rafael. —Tu padre ronca. —Rafael casi dejó caer el vaso.

—No ronco, es absurda su acusación.

Raúl perdió definitivamente la batalla contra la risa y Rafael le arrojó una servilleta.

—Voy a recordar esto, señorita Ferrer.

—Espero que no ronque cuando lo haga, señor Montoya.

Tomás parecía satisfecho con el resultado.

—Entonces dormimos los tres.

Así de fácil, como si acabara de decidir que tomaríamos chocolate después de cenar y quizá esa era precisamente una de las cosas que más amaba de él.

Los adultos necesitábamos convertir cada sentimiento en una conversación complicada, Tomás simplemente encontraba un lugar para nosotros y esperaba que ocupáramos nuestros sitios.

—Primero vas a ducharte —sentenció Cleotilde desde la puerta. —No vas a estrenar ocho años metiéndote en una cama oliendo a caballo, además ya me voy, ha sido suficiente por hoy.

Tomás se bajó de la silla arrastrando los pies con dramatismo y salió acompañado por Cleotilde, aunque regresó unos segundos después porque había olvidado su sombrero.

Lo tomó, después la cámara, Cleo volvió a hacerlo entrar, esta vez escuchamos su protesta desaparecer escaleras arriba, Raúl se puso de pie.

—Yo también voy a retirarme, he tenido un día muy largo. —Pasó junto a Rafael y le dio una palmada en el hombro demasiado fuerte para ser casual. —Buenas noches, hermano.

Rafael entrecerró los ojos. —Lárgate.

Raúl sonrió y nos dejó solos, el silencio apareció inmediatamente, no era el mismo que habíamos compartido otras veces, este tenía tres meses dentro.

Me puse de pie sin saber exactamente qué hacer con las manos y comencé a recoger un plato que Cleotilde ya había dejado perfectamente acomodado.

—Eso está limpio —dijo Rafael.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo estás moviendo?

Lo dejé donde estaba. —Necesitaba hacer algo.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. —Esta nerviosa, señorita Ferrer.

Lo miré. —No, señor Montoya.

—Mentirosa. —Sonreí al escucharlo.

—Tal vez un poco.

Rafael se levantó, mi corazón decidió interpretar aquel movimiento como una amenaza directa a mi capacidad para respirar con normalidad.

Rodeó la mesa sin prisa y yo permanecí exactamente dónde estaba, intentando convencerme de que mi corazón no acababa de acelerar únicamente porque cada paso reducía la distancia entre nosotros.




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