MARGARITA
Un año y medio después
Miré a Tomás, él miró el pequeño escenario instalado frente a nosotros, después me miró otra vez.
—Definitivamente no voy a subir.
Tuve que contener una sonrisa.
—Fuiste tú quien dijo que quería presentar el chocolate. —Dije sujetando una de sus manos.
—Eso fue antes de que llegara tanta gente, mamá.
Se asomó nuevamente y retrocedió inmediatamente cuando descubrió que el lugar estaba prácticamente lleno.
—Hay demasiados.
—Son personas del pueblo, vaquero. Conoces a la mayoría.
—Por eso es peor.
Escuché una carcajada detrás de mí, no necesité girarme para saber quién era.
—No te rías —advertí.
Rafael apareció a mi lado con una tranquilidad que habría resultado mucho más convincente si no hubiera acomodado las mangas de su camisa tres veces durante los últimos cinco minutos.
Lo observé. —Tú también estás nervioso.
—No.
—Mentiroso.
Su mirada encontró la mía. —Estoy rodeado de personas insoportables.
—Ya te casaste con una. Al otro lo criaste tú
Levanté una ceja, Rafael sonrió y se inclinó para besarme la frente, la alianza en su mano rozó suavemente mi mejilla, todavía conseguía hacerme sonreír.
Había cumplido su promesa, cuando finalmente me pidió matrimonio no hubo un niño duchándose a veinte metros, ni una conversación interrumpida ni un momento improvisado.
Hubo un anillo.
Hubo una pregunta.
Y, para satisfacción de Rafael Montoya, también hubo un sí.
—¿Pueden dejar de hacer eso? —protestó Tomás.
Giramos hacia él. —¿Hacer qué? —pregunté.
—Eso.
Tomás soltó un suspiro y negó con la cabeza como si nosotros fuéramos el verdadero problema de su vida. A sus nueve años había crecido lo suficiente para considerar que sus padres podían resultar profundamente vergonzosos.
Aunque todavía dormía con el sombrero que le regalé junto a su cama, ese detalle, por supuesto, jamás se lo recordaba cuando había alguien cerca.
—¡Marga!
Escuché la voz de mamá antes de verla.
Apareció entre las personas que estaban ayudando detrás del pequeño escenario, mamá estaba diferente, había recuperado el color en el rostro y aquella energía que durante meses temí no volver a ver, su recuperación no había sido inmediata, tampoco sencilla, pero había llegado.
Meses atrás aceptó mudarse al rancho después de una discusión familiar que duró demasiado y en la que insistió repetidas veces en que no necesitaba que nadie la cuidara.
Tenía razón, por eso no vivía con nosotros.
Rafael había acondicionado una de las pequeñas casas cercanas a la principal para ella y mamá la había convertido rápidamente en su territorio.
Tenía plantas en cada ventana y una cocina donde Cleotilde aseguraba que nadie debía permitirle entrar porque ambas terminaban compitiendo por alimentar a todo el rancho.
Tomás, por supuesto, estaba encantado con tener a mamá viviendo tan cerca. Había tardado exactamente dos días en apropiarse de parte de sala, descubrir dónde guardaba los dulces y decidir que podía visitarla cada vez que necesitara contarle algo que, según él, no podía esperar hasta verme a mí.
Mamá apenas llegó hasta nosotros cuando él salió a recibirla.
—¡Abuela!
Todavía sentía algo apretarse dentro de mi pecho cada vez que lo escuchaba llamarla así. No porque hubiera ocurrido de un día para otro, sino porque había nacido con una naturalidad que ninguno de nosotros intentó forzar.
Primero fue la mamá de Mamá Marga, después señora Ferrer durante aproximadamente una tarde y, en algún momento que nadie consiguió precisar, simplemente se convirtió en abuela.
Mamá abrió los brazos y Tomás se lanzó contra ella. —Mira nada más a mi muchacho —murmuró mientras le acomodaba el sombrero que se había torcido durante el abrazo. —¿Preparado para convertirte en una celebridad?
La sonrisa de Tomás desapareció.
—No voy a subir.
Mamá levantó las cejas. —¿Cómo que no vas a subir?
—Hay mucha gente.
Durante semanas había hablado de aquella presentación como si subir a un escenario fuera la parte más sencilla del proyecto. Ahora que podía escuchar las voces al otro lado, la valentía parecía haberse quedado en algún rincón del rancho.
—No sabía que vendrían tantos —admitió mientras jugueteaba con el borde de su sombrero.
Mamá no se rio ni intentó decirle que no tenía motivos para sentir miedo. Se inclinó un poco hasta quedar a su altura y le acomodó nuevamente el cabello que sobresalía.