Receta de Amor

Capítulo 43: Espacio para crecer

RAFAEL

Hubo un tiempo en que aprendí a no imaginar demasiado el futuro, después de perder a Silvia, descubrí que algunas imágenes podían convertirse en una forma cruel de tortura, dejé de pensar en cómo se vería Tomás cuando fuera mayor, en los cumpleaños que celebraríamos juntos o en las cosas que todavía podían llegar a nuestra casa.

Me concentré en lo inmediato porque lo inmediato era suficiente para sobrevivir, durante mucho tiempo creí que eso sería mi vida. No era una vida triste, al menos, no siempre.

Entonces llegó Margarita.

Mi hijo volvió a reír, después volvió a hablar, el rancho se levantó poco a poco y aprendimos a pronunciar el nombre de su madre sin sentir que cada recuerdo nos arrancaba algo del pecho y todos mis planes de mantener mi existencia perfectamente ordenada se fueron al infierno.

Ahora había una taza suya junto a la mía cada mañana, zapatos que aparecían en lugares donde no deberían estar, anotaciones en mis documentos, productos extraños ocupando estantes de la cocina y una mujer que todavía conseguía discutir conmigo por asuntos que cualquier persona razonable habría considerado insignificantes.

También había fotografías, demasiadas, gracias a Tomás: Nuestra boda, el lanzamiento de Receta de Amor, Margarita dormida con un libro abierto sobre el pecho, mi hijo y ella cubiertos de harina después de intentar preparar algo que Cleo terminó salvando.

Era una vida entera había empezado a crecer dentro de la que yo creía terminada, por eso debí comprender antes que algo estaba ocurriendo.

Margarita llevaba tres días diferente; la primera mañana dejó la mitad de su café, la segunda ni siquiera se lo sirvió, la tercera rechazó un trozo de chocolate que Tomás le ofreció durante el desayuno y mi hijo la miró con la misma sospecha que yo.

Margarita Ferrer podía enfadarse conmigo, podía ignorarme, e incluso podía decir que no tenía hambre, pero rechazar café y chocolate dentro de la misma semana era una señal suficientemente alarmante.

Al entrar la encontré en nuestra habitación, de pie frente a la ventana, el sol comenzaba a desaparecer detrás de los cultivos y una luz anaranjada entraba entre las cortinas. Margarita no me había escuchado entrar, tenía una mano apoyada sobre su vientre y miraba hacia los campos con una expresión que no conseguí reconocer.

Me quedé quieto, algo dentro de mí cambió, no sabía por qué, tal vez fue su mano, quizá la sonrisa diminuta que apareció en sus labios cuando bajó la mirada o simplemente la forma en que parecía guardar un secreto demasiado grande para mantenerlo dentro.

—Marga —la llamé finalmente.

Se sobresaltó, giró con tanta rapidez que apartó inmediatamente la mano de su vientre, y ese movimiento consiguió que una sospecha imposible apareciera en mi cabeza.

—No te escuché entrar —murmuró mientras se acomodaba un mechón detrás de la oreja.

Cerré la puerta, intentó sonreír y caminar hacia mí, pero sus ojos evitaban los míos. Definitivamente escondía algo.

—¿Estás bien? —pregunté.

La pregunta consiguió detenerla. —Sí.

—¿Segura?

Esta vez me miró. —Sí, Rafael. —La conocía lo suficiente para saber cuándo estaba siendo sincera, estaba bien.

Me acerqué despacio hasta quedar frente a ella. —Llevas tres días sin tomar café.

Sus labios se curvaron. —No sabía que llevabas un registro.

—Me preocupa.

Margarita soltó una pequeña risa, pero desapareció demasiado rápido. Mis ojos bajaron sin querer hacia su vientre y durante unos segundos ninguno habló. Mi corazón comenzó a golpear con una fuerza absurda.

—Margarita...

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Fue suficiente para hacerme olvidar cualquier sospecha y acercarme inmediatamente.

—¿Qué pasa? —Tomé su rostro entre mis manos. —¿Te sientes mal?

Negó y tomó mi mano, la bajó lentamente y la apoyó sobre su vientre, dejé de respirar. Margarita no dijo nada al principio, mi palma descansaba sobre la tela de su vestido y sabía perfectamente que era imposible sentir nada todavía, pero de pronto todo mi cuerpo pareció concentrarse en ese único punto.

—Estoy embarazada.

La palabra se quedó suspendida entre nosotros mientras mi cabeza intentaba comprender algo que mi corazón ya había entendido.

—¿Vamos a tener un bebé? —pregunté, aunque acababa de decírmelo.

Margarita asintió.

—Sí. —Su voz se quebró un poco. —Vamos a tener un bebé.

Sentí una alegría inmensa, pero debajo de ella apareció otra cosa, un recuerdo; Tomás recién nacido entre mis brazos.

Tuve que respirar varias veces, estaba demasiado feliz, la abracé, con cuidado. Demasiado cuidado probablemente, porque Margarita soltó una risa contra mi cuello.

—No voy a romperme.

—Déjame acostumbrarme.

Sus brazos me rodearon, hundí el rostro entre su cabello y cerré los ojos.

—Un bebé —murmuré.




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