Receta de Amor

Capítulo extra: La reina del Cacao

RAFAEL

Cinco años después de descubrir que volvería a ser padre, había aprendido una verdad que nadie se molestó en advertirme durante el embarazo de Margarita: una hija podía ser perfectamente dulce mientras destruía cualquier posibilidad de mantener una vida tranquila.

Eloise había llegado al mundo con la sonrisa de su madre, mis ojos y una personalidad que, según mi esposa, era enteramente culpa mía, yo seguía negándolo.

A sus cinco años, mi hija sabía exactamente qué trabajador guardaba caramelos en los bolsillos, en qué parte de la cocina Cleo escondía los chocolates de la merienda y cuáles árboles producían el cacao que ella consideraba más bonito.

Tenía tres pares de botas y ninguno conseguía permanecer limpio durante más de una hora, porque cualquier charco, corral o sendero parecía llamarla personalmente.

También estaba convencida de que Rancho Montoya le pertenecía, no sabía cuándo había comenzado esa idea, aunque sospechaba que Raúl tenía bastante responsabilidad.

Meses atrás la encontró caminando entre las plantas de cacao con una pequeña cesta y decidió llamarla, «la reina del cacao». Eloise no entendió que se trataba de una broma y desde entonces asumió el título con una seriedad preocupante.

Llevaba casi quince minutos sin verla, no era demasiado tiempo para cualquier otro niño, para Eloise era suficiente para encontrar una gallina, ensuciar un vestido, abrir una puerta que no debía o convencer a algún adulto demasiado blando de que su padre le permitía hacer algo que jamás habría autorizado.

Salí y encontré a Tomás sentado en uno de los escalones, con el teléfono entre las manos y una tranquilidad que inmediatamente despertó mis sospechas.

—Tomás, ¿dónde está tu hermana? —pregunté mientras me detenía frente a él. Mi hijo levantó la mirada con lentitud y guardó el teléfono en el bolsillo, gesto suficiente para confirmar que la respuesta no iba a gustarme.

—Depende de qué quieras decir exactamente con «dónde está» —respondió, y tuve que contener el impulso de preguntarme en qué momento había aprendido a negociar de esa manera.

Crucé los brazos. —Quiero decir que hace quince minutos estaba desayunando y ahora no está en la casa, en la cocina, ni en el patio. Así que intentaré nuevamente la respuesta antes de que tenga que ir a buscarla sin información.

Tomás apretó los labios para contener una sonrisa. —Si preguntas oficialmente, no sé dónde está. Pero extraoficialmente... —desvió la mirada hacia los cultivos y terminó rindiéndose ante mi expresión. —está inspeccionando su reino.

Cerré los ojos durante un instante.

—¿Está sola? —quise saber mientras bajaba los escalones. Tomás se levantó inmediatamente y negó con la cabeza, aunque la respuesta que siguió consiguió tranquilizarme durante menos de un segundo.

—Se llevó a Blitz.

Me detuve y lo miré. —Blitz es un perro viejo, duerme más de la mitad del día y ayer se quedó dormido al lado de su plato mientras todavía estaba comiendo.

—Se lo expliqué —aseguró Tomás mientras caminaba a mi lado. —pero Eloise dijo que él nunca había renunciado oficialmente a ser compañero de aventuras y que no podíamos decidir por él.

—Eso suena sospechosamente parecido a tu madre.

—También se lo dije.

—¿Y qué respondió?

Tomás soltó una pequeña risa. —Que era su mayor talento.

No pude discutir con esa lógica sin poner en riesgo varios años de matrimonio. Atravesamos el sendero que llevaba hacia las primeras parcelas de cacao y miré de reojo a mi hijo.

Tomás había crecido demasiado rápido para mi gusto; algunas mañanas todavía esperaba encontrar al pequeño de ocho años con su sombrero nuevo y terminaba frente a un adolescente que casi alcanzaba mi altura.

Había imaginado que con los años se cansaría de tener a su hermana siguiéndolo por todas partes. Ocurrió exactamente lo contrario, Tomás podía protestar porque Eloise entraba en su habitación, escondía dibujos entre sus cuadernos o aparecía junto a su cama cuando tenía una pesadilla, pero bastaba con que ella pronunciara «Tomi» para que mi hijo prestara atención.

—¿Desde cuándo sabes que salió? —pregunté mientras apartaba una rama del sendero. Tomás hizo una pequeña mueca y durante unos segundos pareció calcular qué respuesta podía darle sin empeorar demasiado su situación.

—No hace mucho.

—Eso no es una medida de tiempo.

—Quince minutos, quizá veinte. —Me miró y, al notar que no estaba convencido, levantó ambas manos. —Veinticinco como máximo, pero la estaba vigilando desde donde estaba, sabía que buscaría al tío Raúl.

—Una vigilancia excelente, considerando que terminaste sentado mirando el teléfono.

—Ella estaba con Blitz.

—Eso empeora tu defensa.

Tomás soltó una carcajada y siguió caminando a mi lado. —La encontramos.

Seguimos las voces hasta una de las parcelas y terminé deteniéndome a varios metros de la escena. Eloise tenía puesto un sombrero y llevaba una pequeña cesta colgada del brazo con tres mazorcas de cacao dentro.




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