Receta para conquistar al chef

Capítulo 70:Química

Orlando resopló, furioso. Sujetó su plato y se levantó de mala gana bajo la mirada perpleja de Rebeca.

¿Realmente lo haría?

Ella jamás podría tomar asiento en la mesa donde él se encontraba al tratarse de tantos ejecutivos que apenas conocía, así que era evidente que debía ser él quien se moviera, pero nunca creyó que cedería tan fácilmente.

El conde tomó asiento justo al lado de ella y le sonrió—. Ahora que somos pareja de competencia deberíamos comer juntos.

—No seas ridículo —espetó, sin poder evitarlo.

—Oiga, chef Gamal, si sigue actuando así comenzaremos a creer que entre ustedes dos si se está cocinando algo —bromeó la presentadora. Aunque se notaba que le desagradaba la idea, tenía la clase de personalidad que quería encajar con el resto para no ponerse en evidencia—. Tienen una muy buena química. Siempre lo he dicho.

—Tener buena química no implica sentir atracción por el otro —comentó Orlando—. El público ama a los enemigos feroces enfrentándose entre sí, es todo. Además, nunca me he molestado en ocultar mi debilidad por las italianas y las rubias —comentó, coqueto. La presentadora colocó uno de sus cabellos dorados detrás de su oreja, coqueta.

Rebeca volvió a atravesar otro cherri con su tenedor y esbozó una sonrisa ligera—. Tiene razón, siempre tuvo una debilidad por las italianas rubias. De hecho, el chef y yo nos casamos en secreto y rompimos por una de esas italianas. —El conde se atragantó con su propia saliva al escucharla. Todos, a excepción de Rudy y él, se carcajearon al saber que se trataba de una broma—. La química no siempre es suficiente para mantener un matrimonio, ¿no es así, Gamal?

Orlando quería ahorcarla. En cambio, sonrió.

—Tiene un humor retorcido, chef Catalano.

—Es porque no ha conocido a mi esposo.

—¡Es cierto! —exclamó Rudy, viéndose nervioso—. Recordemos que la señorita Catalano está casada. No deberíamos bromear sobre una relación con el chef Gamal.

A los esposos secretos no les pasó desapercibido la forma en la que tartamudeaba. Se miraron entre sí, coincidiendo en el pensamiento y notándolo de inmediato.

—Ni siquiera sonrió cuando dije que estábamos casados —comentó ella en un susurro.

Orlando asintió, dándole un sorbo al zumo de naranja que acaban de traerle—. Estaba en el teléfono cuando recibí el mensaje y fue el último en vernos ese día, cuando le pediste que nos dejara solos.

—Evidentemente, no lo hizo.

Orlando volvió a asentir, con la mirada afilada.

Habían encontrado a su chantajista.

—¿Cómo se siente con todo lo que hay en las redes sobre ustedes dos? —inquirió el director del programa—. Están por todos lados, así que es inevitable que no lo note.

—No está muy contento —respondió Rebeca, despreocupada—. Es muy celoso.

—¿De otros hombres?

—Para nada. Más bien, es celoso de nuestra privacidad —respondió—. Desde mi participación en las olimpiadas y el rechazo constante de los medios británicos hacia mí por mis raíces, siempre sintió rencor por ellos. Por eso la idea de participar en este programa nunca le agradó, pero le aseguré que, al estar rodeada de tantas celebridades, pasaría desapercibida. Detesta que esté bajo la mirada de todos y admito que no es muy amable con las personas que buscan perjudicar de algún modo nuestra paz.

—Vaya —exclamó el director—. Chef Gamal, debería permanecer unos cuantos metros de distancia del esposo de la chef Catalano.

—De hecho, conozco al esposo de la chef Catalano —aseguró Orlando.

—¡¿De verdad?! —inquirió el director, estupefacto. Todos en la mesa deliraron con la revelación. Rebeca asintió, corroborando sus palabras con el gesto.

—Por esa razón no le preocupan los comentarios, pero sí la privacidad de la chef Catalano —expuso él.

—Disculpen, voy al baño —se excusó Rebeca—. Por favor, ya no hablemos más de mi esposo o de mí. Me pone un poco incómoda —dijo, avergonzada.

—Por supuesto, por supuesto —accedió el director. Ella les sonrió en agradecimiento y les dio la espalda para irse al baño. Ninguno notó su mirada maliciosa.

Apenas se fue, todos se aproximaron al chef Gamal, en busca de más información. Todos menos Rudy, cuya frente se había perlado de sudor.

—Ya escucharon a la chef Gamal —comentó Orlando, haciéndose el difícil.

—Vamos, chef. No se haga el difícil —suplicó el director—. ¿Cómo es el esposo de la chef Catalano? Tengo mucha curiosidad. Incluso he pensado que puede tratarse de un atleta famoso.

—De hecho, cuando fui al restaurante de Rebeca, había rumores de que tenía un esposo rico, pues su hija siempre recibía regalos costosos y un auto muy lujoso siempre iba a buscarla en sus vacaciones —comentó Lucien—. Así que su teoría no sería tan descabellada. Ahora tengo mucha curiosidad. —Orlando volvió a darle un sorbo a su zumo. Sabía que Lucien se estaba refiriendo a Diji y no a él y eso, además de la suposición de que podía estar casada con un atleta famoso, le agotó la paciencia—. ¿Cómo lo conociste?

El conde dejó el vaso sobre la mesa y recostó su espalda en la silla, indiferente.

—Cociné para él.

—¡Entonces sí es famoso! —exclamó el director.

— Y no es como lo describe la chef Catalano. Es mucho peor —miró hacia todos lados, como si estuviera a punto de decir un secreto de Estado, les hizo un ademán para que se acercaran. Rudy se mantuvo pegado al asiento, luciendo como si acabara de salir de una sauna—. Creo que ya he hablado de más. Me costó mantener este secreto desde que la vi como participante. Su excelencia se enterará y… —calló, espantado, como si acabara de cometer un error.

—¿Su excelencia? —inquirió la chef Dubois—. Acaso él es…

Orlando suspiró, como si se encontrara en un callejón sin salida.

—Es un noble.

Todos los que se encontraban en la mesa jadearon, sorprendidos. Milena, la presentadora, se quedó de piedra.

—Con noble te refieres a…—balbuceó el director.




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