Todos despertaron a su lobo a los diecisiete años.
Yo fui la única que se quedó en silencio. Recuerdo aquella noche como si aún pudiera oler la luna en el aire. Mis compañeros temblaban, gritaban, caían de rodillas mientras sus huesos se quebraban y su piel se desgarraba para dar paso a la bestia.
Era un momento doloroso, pero también glorioso. Era el momento que definía quién eras dentro de la manada.
Yo esperé.
Esperé bajo la misma luna. Esperé el mismo dolor. Esperé el mismo rugido dentro de mi pecho. Pero nada ocurrió.
No hubo fuego en mis venas.
No hubo garras rompiendo mi piel.
No hubo lobo respondiendo a mi llamado.
Solo silencio.
Y después… los susurros de todos.
“Defectuosa.”
“Débil.”
“Es una loba inútil para la manada.”
Aprendí a caminar con la cabeza alta mientras las miradas me atravesaban como lanzas. Aprendí a fingir que no dolía. Que no me importaba ser la hija del jardinero que ni siquiera podía transformarse.
Mi lobo nunca apareció.
Y aun así… la Diosa fue cruel conmigo.
Me dio un mate.
Daren, el heredero de la dinastía Carmecí.
El hombre que todas miraban, el futuro Alfa. El orgullo de la manada.
Cuando nuestros ojos se cruzaron y el vínculo ardió bajo mi piel, creí que por fin la luna me había bendecido. Creí que mi debilidad tenía un propósito. Que, aunque no tuviera lobo, el destino me había elegido.
Qué ingenua fui.
Creí que su mirada significaba eternidad, que su tacto era una promesa.
Creí que el vínculo era sagrado para él… pero yo solo fui una apuesta.
Una distracción. Una burla disfrazada de destino.
Me rechazó en la misma habitación donde juré que le pertenecería para siempre.
Me llamó indigna. Me llamó error.
Me recordó que era hija de un simple jardinero. Que no tenía lobo y que jamás podría darle herederos fuertes.
Sentí cómo el vínculo intentó romperse dentro de mí.
No fue un sonido, fue un desgarro.
Como si alguien hubiera hundido la mano en mi pecho y arrancado algo vivo.
Me humilló. Me rompió el corazón. Y después… vino lo peor. Descubrí que estaba embarazada, su familia me encerró en una catacumba , me acusaron de un crimen que yo no había cometido. Daren jamás supo que le daría un cachorro.
Morí en esa catacumba, mis ojos miraron mi panza, mi cachorro a punto de nacer mientras exhalaba mi último aliento.
En la oscuridad absoluta entendí que no había sido débil. Había sido ingenua.
La muerte me abrazó, por días no abrí los ojos, me enterraron en el bosque, allí quedó la loba débil que fuí. Hasta que algo más fuerte despertó conmigo.
Un rugido.
Profundo. Antiguo. Hambriento.
Desperté bajo la tierra con huesos que crujían y sangre que ardía como fuego líquido. Desperté con un lobo que no era débil.
Era feroz, dominante. Era mío.
La montaña tembló cuando aullé por primera vez. Y en ese aullido no había inocencia. No había amor ni había esperanza.
.
Pero mi cachorro no estaba, lo habían arrancado de mi vientre. La madrastra de Daren le entregó un pequeño cadáver a mis padres, ellos lo enterraron en otra parte, lejos de mí.
Ahora soy Luna Meyer. Por años estuve fuera de la manada Luna Carmesí, pero he regresado, con otra identidad.
No por amor, he regresado por justicia. Y porque… descubrí que mi cachorro está con vida.
Editado: 27.02.2026