La diosa me unió a mi mate cuando cumplí diecinueve años. Jamás imaginé que mi compañero sería Daren, el heredero del Alfa de la manada Luna Carmesí. Nadie lo esperaba. Nadie espera que una loba que jamás ha cambiado de forma, tenga el privilegio de que la diosa, la una al heredero más fuerte de todos.
Pero lo que parecía un privilegio, rápidamente se convirtió en la tragedia de mi vida… Jamás debí conocer a Daren.
Me entregué a él, lo hice porque ya éramos compañeros. En la manada Roca Carmesí, es legal tener relaciones con tu compañero antes del matrimonio, sólo si existe el vínculo creado por la diosa.
Pero entregarme a Daren fue mi más grande error, confíe en él, creí que era obediente a los designios de la diosa, le dí todo sin saber qué él había hecho una apuesta con sus amigos. Fue el inicio del infierno que destruyó mi vida, porque después de que me hizo suya, me descartó como a una lata de refresco.
Han pasado seis años, seis largos años y, aunque no soy la misma muchacha tonta e indefensa, aún recuerdo todo con cada poro de mí cuerpo.
Las cortinas se movían suavemente con el viento nocturno. Él me llevó a su cabaña privada, arriba en la montaña. Un lugar que creí, sería nuestro nido de amor.
Yo, Aurora estaba de pie junto a la cama. La sábana blanca cubría apenas mi pecho. Mis manos temblaban, pero no de frío, sino de lo que acababa de escuchar.
Mi corazón latía acelerado.
Creí que aquella noche marcaba el comienzo de algo sagrado. Que el vínculo que había sentido arder bajo mi piel significaba destino, promesa, hogar.
Frente a mí, Daren Carmecí se ajustaba el cinturón con movimientos tranquilos. Despreocupados. Demasiado tranquilos.
No me miraba como se mira a una compañera. Me miraba como se mira algo que ya se usó.
Parpadeé, segura de haber escuchado mal lo que acababa de decir.
—¿…Qué?
Pregunté con la voz quebrada.
—Dije que te rechazo. —respondió con frialdad.
La frase sonó como un rugido dentro de mí. Su voz fue seca, fría, despreocupada.
En sus ojos no había calor. No había duda. Solo una frialdad calculada que me atravesó. El chico dulce que me cortejó por varias semanas ya no estaba, se había transformado en un lobo frío.
—¿Hablas en serio?
—Te rechazo, Aurora Braum, hija del jardinero Mur Braum.
El apellido de mi padre sonó como una burla. Como si mi sangre fuera un defecto.
Di un paso hacia él, la sábana arrastrándose tras mis piernas, intentando cubrir la vergüenza que comenzaba a arderme en la piel.
—¿Qué estás diciendo? Acabo de entregarme a ti —mi voz se quebró—. Se supone que somos mates. Lo sentimos, los dos vimos el vínculo.
Daren soltó una risa breve y cruel.
—¿De verdad creíste que me quedaría contigo?
Agarró el celular con el que acabamos de tomarme fotos con él en la cama.
—Soy el heredero de la dinastía Carmesí. Mi futura Luna debe estar a la altura de mi linaje.
Sus ojos descendieron un segundo, recorriéndome. Evaluándome.
—Ni siquiera tienes lobo.
Esa palabra me cortó más que cualquier cuchilla.
—Jamás podrías darme cachorros fuertes.
El silencio se volvió pesado. Irrespirable. Sentí algo dentro de mi pecho empezar a resquebrajarse.
—Pero… tú dijiste que el vínculo…
—El vínculo no cambia la realidad.
Me dio la espalda y se dirigió a la puerta.
—Eres hija de un jardinero. No puedes transformarte. ¿Qué clase de Alfa sería si eligiera a alguien como tú?
Apreté la sábana contra mi cuerpo, como si pudiera sostener mi dignidad con ella.
—¿Qué necesidad tenías de engañarme?
Se detuvo antes de abrir la puerta.
Giró apenas el rostro.
—Te dejaste engañar. Debiste usar la lógica. El hijo del Alfa jamás se fijaría seriamente en una loba que no puede cambiar de forma.
Me miró por última vez, sin amor, sin culpa. Se había quitado la máscara con la que fingió amarme.
—Cuando gobierne esta manada, necesito herederos fuertes. No errores sentimentales.
Errores.
Yo era un error.
La puerta se abrió.
—Vístete. Y sal de mi cabaña.
El golpe al cerrarse resonó en mis oídos como una sentencia.
Me quedé sola. El silencio me envolvió. Y entonces lo sentí.
El vínculo intentó romperse, pero de nuevo tomó fuerza, seguí atada a él, aún después de su rechazo.
Mis rodillas cedieron, me tiré al piso, con mi cuerpo descubierto y me puse a llorar, sentí como algo invisible me arrancaba el corazón desde dentro, como si las fibras de mi alma se partieran una a una.
Editado: 27.02.2026